sábado, 5 de diciembre de 2009

La conciencia moral

La conciencia moral punto de unión entre lo humano y lo divino, se convierte en el camino en donde el hombre aprende a desarrollar lo mejor de sí mismo

En lo más profundo de sí, el hombre encuentra un lugar tranquilo para escuchar su reflexión y sin darse cuenta, un día que está atento escucha otra voz. Al principio se le entremezclan y debe muchas veces caminar hacia su interior para poder a cada una reconocerlas. La propia y la divina que parecen una, se distinguen cuando se escucha y se apaga la razón. A lo largo del tiempo, nuevamente se unirán en la ley del amor y parecerá que uno vive guiado por el mismo Espíritu que también habita en el corazón. Ese Espíritu no tiene boca ni palabras pronuncia con sonido demoledor. Su voz es energía suave al estilo del bien y del amor, que reposa, equilibra y proyecta siempre con esperanza en un mundo mejor.. Esa voz interior que viene como pensamiento, como idea, como emoción o como dictado de ejecución de lo que es mejor, te invita a un diálogo eterno en tu perecedera vida. Años viviendo tranquilo en ese hogar interior puedes descansar y reposar cuando fuera de ti mismo
el mundo pareciera estar en guerra. Donde todo te parece que te destroza puedes acudir a salvarte en tu interior si has formado el hábito de escuchar el silencio de tu voz interior, que te apacigua y hace lento el transcurrir para sanarte de las heridas del exterior. Cuando con los años este diálogo se convierte en unión, lo que cada uno piensa se convierte en una acción porque el amor la funde ya no en la reflexión sino en la intuición que práctica, se convierte en la actitud que engendra un mundo mejor.. La conciencia atraviesa las etapas de la oración y crece con ellas como si juntas jugaran a ser Dios pero con la humildad del hombre que aprende y prueba como ser mejor..
La conciencia humana puede estar herida por los sucesos acaecidos que son como saetas que astillan y sangran los huesos del alma y muchas veces atormentan cada reflexión. Son experiencias dolorosas que en el cuerpo dejan huella y en el alma la aprisionan para siempre volver al mismo dolor y mirar la luz de la vida desde el prisma de la muerte que apacienta para vivir sin vigor y con desaliento que tiende a la destrucción. La conciencia humana debe permitir que en su conciencia moral la voz divina acaricie con su ternura la herida, y que luego de tantas visitas con el hisopo de la bondad cure las estrías que surcan en el interior. A este camino humano y divino se lo llama sanidad interior. Psicología divina que a veces se apoya en la ciencia, en la comunidad y en la oración porque el hombre no puede solo ni interpreta con claridad desde el dolor.
Otra voz que lo aleja es la maligna que como tentación y opresión intenta quitar vida y amor.. Si el hombre no la reconoce como distinta a sí, en grave peligro se haya porque no sabe distinguir que todo lo que siente no es el mismo sino la voz del enemigo que intenta confundir. Las voces que al mal tienden no hay que seguirlas y se distinguen claramente por los frutos que dejan o que se prevee que se tendrán  si uno obra así. En los momentos claves de la vida esa voz maligna intentará desviar  el sentido de la existencia hacia otro rumbo que no es el debido ni el que te hará pleno. Es allí que si no discierno mi camino tomará otro rumbo y me alejaré de mi destino que fue pensado por mi amigo divino. Es de sabio apearse del caballo del tumulto vital y en la encrucijada existencial, reflexionar descansando en la conciencia moral. Eso me asegurará la claridad para ver el horizonte lejano en donde el Bien me invita a alcanzarlo. La razón ennoblecida se convierte en prudencia cuando escucha la sugerencia de la voz divina en la moral conciencia. Si todos los actos se viven en esta dimensión me voy convirtiendo en más humano en cada puesta y salida del sol. Vivir se podría como Adán y Eva antes de que el original pecado mancillara su sencilla inocencia, si siempre esta voz siguiéramos. Que es la que teníamos, aunque ahora por Cristo nos hemos merecido la asistencia santificadora del Espíritu que Santo nos humaniza a la manera del Jesús que en Belén inició su camino. Esa vida en el Espíritu es la perfección del Evangelio vivido a la cual la conciencia moral nos lleva. Yo me cobijo en tus alas amigo Espíritu y en ellas quiero volar eternamente hacia tu corazón dulce y habitar en Él para palpitar al unísono. Allí el vuelo se convierte en el nuestro y te pido que subas a todos los amigos para que juntos seamos felices en un amor eterno que no se desgasta porque es mutuo. La conciencia moral se convierte en comunitaria cuando se comparte en una fraterna y habitual reunión en donde se aprende a ser Pueblo de Dios, que es la Iglesia. Con los amigos esa conciencia se transforma en confidencia y adquiere una plenitud del amor, que tiene por base la conciencia familiar que es ética y se convierte en fundamento de la humana vida en familia.
Cuando escucho a los pájaros y a otros animales, y percibo a las plantas y a todo otro existente ser, y decido aprender sus lenguas gracias al Pentecostés divino, aprendo a descubrir un mundo distinto donde las leyes naturales que nos inspiran se convierten en esa Ley Eterna que me habla en la conciencia. Lenguaje nuevo que se debe aprender y del que San Francisco de Asís es un gran maestro.
 La Palabra de Dios complementa y fundamenta todos los otros caminos y si quiero confrontar la voz que oigo en la conciencia, la puedo comparar con el Evangelio leído y vivido que es una carta de amor divino que me habla desde afuera y que se interioriza por acción del Espíritu divino.
En el camino de la vida, el hombre y la mujer sensatos no confían sólo en su propio criterio y pensamiento por eso deben consultar a las personas sabias que nos rodean y que han sido puestas a la vera de nuestro destino.

                                                               Julio Daniel Nardini

Para consultar y confrontar fuentes
Catecismo de la Iglesia Católica


Artículo 6.- LA CONCIENCIA MORAL

1776. “En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal... El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón... La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS 16).


I.- El dictamen de la conciencia
1777. Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral (cf Rm 2, 14-16) le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal. Juzga también las opciones concretas aprobando las que son buenas y denunciando las que son malas (cf Rm 1, 32). Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge. El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla.

1778. La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina:

La conciencia es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza... La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo (Newman, carta al duque de Norfolk 5).

1779. Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización:

Retorna a tu conciencia, interrógala... retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios (S. Agustín, ep. Jo. 8, 9).

1780. La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud de la conciencia moral. La conciencia moral comprende la percepción de los principios de la moralidad (‘sindéresis’), su aplicación a las circunstancias concretas mediante un discernimiento práctico de las razones y de los bienes, y en definitiva el juicio formado sobre los actos concretos que se van a realizar o se han realizado. La verdad sobre el bien moral, declarada en la ley de la razón, es reconocida práctica y concretamente por el dictamen prudente de la conciencia. Se llama prudente al hombre que elige conforme a este dictamen o juicio.

1781. La conciencia hace posible asumir la responsabilidad de los actos realizados. Si el hombre comete el mal, el justo juicio de la conciencia puede ser en él el testigo de la verdad universal del bien, al mismo tiempo que de la malicia de su elección concreta. El veredicto del dictamen de conciencia constituye una garantía de esperanza y de misericordia. Al hacer patente la falta cometida recuerda el perdón que se ha de pedir, el bien que se ha de practicar todavía y la virtud que se ha de cultivar sin cesar con la gracia de Dios:

Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo (1 Jn 3, 19-20).

1782. “El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales. ‘No debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa’ (DH 3)

II.- La formación de la conciencia
1783. Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas.

1784. La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón.

1785. En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es necesario también examinar nuestra conciencia en relación con la Cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia (cf DH 14).

III.- Decidir en conciencia
1786. Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.

1787. El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.

1788. Para esto, el hombre se esfuerza por interpretar los datos de la experiencia y los signos de los tiempos gracias a la virtud de la prudencia, los consejos de las personas entendidas y la ayuda del Espíritu Santo y de sus dones.

1789. En todos los casos son aplicables algunas reglas:

Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.
La ‘regla de oro’: ‘Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros’ (Mt 7,12; cf Lc 6, 31; Tb 4, 15).
La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y hacia su conciencia: ‘Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia..., pecáis contra Cristo’ (1 Co 8,12). ‘Lo bueno es... no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad’ (Rm 14, 21).
IV.- El juicio erróneo
1790. La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos.

1791. Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así sucede ‘cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega’ (GS 16). En estos casos, la persona es culpable del mal que comete.

1792. El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral.

1793. Si por el contrario, la ignorancia es invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores.

1794. La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera. Porque la caridad procede al mismo tiempo ‘de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera’ (1 Tm 1,5; 3, 9; 2 Tm 1, 3; 1 P 3, 21; Hch 24, 16).

Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan Lapor adaptarse a las normas objetivas de moralidad (GS 16).

RESUMEN
1795. “La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS 16).

1796. La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto.

1797. Para el hombre que ha cometido el mal, el veredicto de su conciencia constituye una garantía de conversión y de esperanza.

1798. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. Cada cual debe poner los medios para formar su conciencia.

1799. Ante una decisión moral, la conciencia puede formar un juicio recto de acuerdo con la razón y la ley divina o, al contrario, un juicio erróneo que se aleja de ellas.

1800. El ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia.

1801. La conciencia moral puede permanecer en la ignorancia o formar juicios erróneos.Estas ignorancias y estos errores no están siempre exentos de culpabilidad.

1802. La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos.Es preciso que la asimilemos en la fe y en la oración, y la pongamos en práctica. Así se forma la conciencia moral.


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