sábado, 10 de abril de 2010

El colegio como una experiencia fraterna

No hay ninguna posibilidad de auténticos procesos educativos sin esta experiencia fundante de humanidad como lo es la comunión, la fraternidad, “el cruce de caminos”.





“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que
también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me
enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno,
como nosotros somos uno –yo en ellos y tú en mí– para que sean
perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que los
has amado a ellos como me amaste a mí” (Jn 17,21-23).

Con la profundidad del humanismo cristiano, que ha preñado nuestro
cancionero popular, el gran cantautor santiagueño Peteco Carabajal nos
recuerda que “hay caminos que se cruzan como los hay paralelos, por si
alguien me necesita los que se cruzan prefiero, porque cuando se
cruzaron los nuestros pudimos forjar un sueño”.


Traemos a colación estas expresiones ya que en medio de tantas
consideraciones, propuestas, sugerencias en torno a modificaciones en
los diversos niveles del sistema educativo, nos da la sensación que
estas se pueden volver una auténtica telaraña que entrampe a nuestras
escuelas en el “sueño de educar”, si olvidamos que no hay ninguna
posibilidad de auténticos procesos educativos sin esta experiencia
fundante de humanidad como lo es la comunión, la fraternidad, “el
cruce de caminos”.


Con su proverbial sabiduría Mons. Vicente Zazpe supo decir en un
encuentro de escuelas que si estas no se constituían en ámbitos de
experiencia fraterna se convertirían en “laboratorios de futuros
fracasados” que destruirían la vida social.


“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el
gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si
queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las
profundas esperanzas del mundo.” Esto nos proponía nuestro querido
Juan Pablo II como desafío para la Iglesia al comienzo de tercer
milenio de la era cristiana.


La escuela católica, auténtico sujeto eclesial, no puede ni debe
quedar al margen de este desafío y ninguna transformación puede
quitarnos este objetivo fundamental: “La realización de una verdadera
comunidad educativa, construida sobre la base de valores de proyectos
compartidos, representa para la escuela católica una ardua tarea a
realizar… La elaboración de un proyecto compartido se convierte en un
llamamiento imprescindible que ha de impulsar a la escuela católica a
definirse como lugar de experiencia eclesial. “(Educar juntos en la
Escuela Católica).


Ahora bien, la comunidad como tal, es un nuevo ser distinto de la
sumatoria de sus componentes. Este es su peculiar carácter y, por lo
tanto, desde un punto de vista pedagógico, no basta tener en cuenta el
proyecto personal de vida de cada uno de sus integrantes, es necesario
enfocar la educación de la comunidad en cuanto comunidad.


Estas consideraciones son fundamentales ya que a veces olvidamos el
agendar en la diversidad de proyectos y actividades escolares la
necesidad de “trabajar” la dimensión comunitaria. Gabriel Marcel,
aquel gran filósofo existencialista sabía decir, cuando se refería al
matrimonio, que éste era “la síntesis amorosa del yo y el tú, de
manera tal que ya no somos yo y tú sino nosotros, sin dejar de ser yo
y tú”.


Lo que está diciendo es que para “ser nosotros” no basta con un
excelente yo y un excelente tú”. Es mas, estos “dos excelentes” pueden
hacer un desastroso “nosotros” si éste no es educado como tal.


El mismo Juan Pablo II nos propone claros caminos para “ser nosotros”
cuando nos habla de la necesidad de cultivar una “espiritualidad de la
comunión” como principio educativo en todos los ámbitos en donde se
forme el cristiano:


“Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una
espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo
en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se
educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes
pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.
Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del
corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en
nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los
hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión
significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad
profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece»,
para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus
deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y
profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad
de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y
valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don
para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin,
espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano,
llevando mutuamente la carga de los otros (Gal 6,2) y rechazando las
tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran
competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No
nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían
los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios
sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y
crecimiento” (Novo millennio ineunte).


La comunidad es “un nosotros” que deber ser cultivado, cuidado,
amasado, como nuestro pan criollo, con fermentos de paciencia,
mansedumbre y dulzura.


(P. Alberto Bustamante, presidente de Consejo Superior de Educación
Católica, en su editorial del Periódico de CONSUDEC Marzo de 2010)



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