miércoles, 24 de junio de 2009

LA EDUCACIÓN EN EL PLANTEAMIENTO DE THOMAS HOBBES




LA EDUCACIÓN EN EL PLANTEAMIENTO DE THOMAS HOBBES Y ALGUNAS DE SUS IMPLICACIONES DESDE LA PERSPECTIVA DE LA TEORÍA CRÍTICA

Dom, 06/15/2008 - 20:03 — Revista

En el planteamiento filósofico de Thomas Hobbes, la educación desempeña una función ético-política fundamental, puesto que se convierte en uno de los pilares sobre los cuales se constituye y se mantiene el Estado. Función doble (ética y política) y simultánea, que consiste básicamente en lograr una legitimación del Estado a través de la enseñanza, transmisión y adoctrinamiento en el corpus de las leyes civiles promulgadas. Algo que muestra, de suyo, la conciencia tan grande que tenía Hobbes de la importancia de las convicciones personales en el mantenimiento del orden social y político. Él sabía que la enseñanza tenía que ser una prioridad en el conjunto de las tareas estatales, si se quería intentar de una forma efectiva llegar a la conciencia de cada ciudadano y evitar así un desmoronamiento del Estado, causado por la incredulidad proveniente del núcleo subjetivo mismo de cada individuo. Por ello es que en el capítulo doce de El ciudadano (1993) y en el capítulo veintinueve del Leviatán (1979), considera como una de las causas de la disolución del Estado la enseñanza de falsas doctrinas.

En este punto es donde hay que preguntarse críticamente por el fin antropológico de la educación en el contexto de la teoría que nos ocupa, esto es, el modelo de hombre que se pretende obtener con ella.

Así y siendo esta última cuestión, junto con la de la pregunta por el papel de la educación en la teoría de Thomas Hobbes, los asuntos centrales de esta reflexión, se procederá a plantear la discusión a través de cuatro numerales. En el primero se precisará el sentido general de la educación en esta teoría; en el segundo se planteará el vínculo entre la educación y el principio de autoconservación, que se desprende de este sentido hobbesiano de lo educativo; en el tercero se formulará el problema de la consecuencia directa de esta forma de entender la educación, a saber: la negación del desarrollo de la capacidad crítica en el proceso formativo; y en el cuarto y último se concluirá con el asunto del límite, inherente a toda educación, tanto de la propuesta de Hobbes como de su antítesis, la Teoría crítica.

1. EL SENTIDO GENERAL DE LA EDUCACIÓN EN LA TEORÍA DE THOMAS HOBBES

En el planteamiento de Hobbes, la educación -como todo lo demás- está subsumida en la concepción absolutista del Estado defendida por él y en este sentido la educación debe ser entendida como una cuestión supeditada y vigilada por el control gubernamental, que pretende mantenerla siempre a su servicio como perpetuadora del status quo.

Pero, a diferencia de ese otro pilar sostenedor del Estado denominado “la espada”, es decir, el monopolio de la fuerza ejecutora de los castigos, la educación no realizaría directamente y por la fuerza un papel sancionador o punitivo. La educación sería, más bien, un intento de coacción racional y legitimatoria en el fuero interno de cada ser humano, devenido ciudadano, con el asentimiento pleno y conciente de éste, a diferencia del control externo, que realizaría el poder y el temor provenientes de la espada.

De este modo la educación se movería en el orden de lo preventivo, lo cual haría que otra de sus funciones principales fuese el introyectar la ley en los ciudadanos, promulgándola y haciéndola conocer. Y esto también por una exigencia lógico-jurídica: la ley tiene que ser promulgada y conocida para poder obligar (338-368). Pero, en su afán legitimatorio, la educación busca incluso el reconocimiento y la aceptación racional de esas leyes por parte de los ciudadanos como reglas necesarias, no sólo como leyes a las cuales hay que obedecer de manera ciega. Esto muestra el nivel que debe alcanzar dicha introyección educativa: no sólo hacer razonable la obediencia, sino también entrar ésta en el orden de la convicción del individuo, como algo absolutamente necesario y hasta deseable. Esto es, hacer ver de manera razonable la necesidad y el sentido del paso del estado de naturaleza al estado civil. He aquí el sentido, en la teoría hobbesiana, de la enseñanza de la sistematización de la convivencia humana por medio de leyes: legitimar la conformación del Estado, lo cual constituye el primer intento occidental de realizar una legitimación totalmente racional de éste.

Ahora bien, en todo asunto educativo hay un problema antropológico inherente, a saber: el tipo de hombre que se quiere lograr a través del proceso formativo, modelo que según la doctrina hobbesiana, debe tener como principales rasgos la capacidad para vivir en sociedad y la capacidad para obedecer a los mandatos del soberano. Recuérdese que este ideal a lograr es puesto contundentemente como una tarea ineludible en la nota uno del primer capítulo de El ciudadano:

[...] las sociedades civiles no son meras agrupaciones, sino alianzas, y para conseguirlas son necesarios la lealtad y los pactos. Los niños y los ignorantes desconocen la fuerza de éstos, y los que nunca han experimentado los daños de la falta de sociedad, su utilidad. De donde se deduce que aquéllos no pueden formar parte de la sociedad porque no comprenden lo que es, y éstos porque, al no saber su provecho, no se preocupan de ella. Está claro, por lo tanto, que todos los hombres, al haber nacido niños, han nacido ineptos para la sociedad, y que muchos, tal vez la mayor parte, permanecen ineptos toda su vida, bien por enfermedad del alma, o bien por falta de educación. Y sin embargo, tanto los niños como los adultos tienen naturaleza humana. Por consiguiente, el hombre se hace apto para la sociedad no por naturaleza sino por educación. Más aún, aunque el hombre hubiera nacido con tal condición que desease la sociedad, no se sigue de ahí que habría nacido apto para formar parte de ella. Ya que una cosa es desear y otra ser capaz (1993, 15).

Esta importancia dada a la formación cívica o ciudadana también es manifestada en “los deberes del soberano”, planteados en el capítulo trece de El ciudadano y en el capítulo treinta del Leviatán. En el primero de éstos, Hobbes, en el parágrafo nueve, hablando de las doctrinas perversas como algo que dispone los ánimos a la sedición y con ésta la disposición a la perturbación de la paz interna del Estado, dice lo siguiente:

Es deber de los soberanos erradicarlas del ánimo de los ciudadanos e introducir las contrarias. Y como las opiniones se introducen en el ánimo de los hombres no mandándolas sino enseñándolas, no por miedo a castigos sino por la claridad de las razones, las leyes por las que ha de obviarse este mal no han de darse contra los que yerran sino contra el error mismo. Esos errores, de los que afirmamos en el capítulo precedente que eran incompatibles con la tranquilidad del Estado, se han deslizado en el ánimo de los incultos en parte por los predicadores, en parte por las conversaciones cotidianas de los que se dedicaban a los estudios al no tener preocupaciones familiares, y en los ánimos de estos últimos por los maestros de su adolescencia en las escuelas públicas. Es allí donde se deben poner los cimientos de la doctrina civil verdadera y demostrada, con la que los adolescentes, después de haberla asimilado, puedan más adelante instruir a la plebe en público y en privado. Cosa que harán con tanta mayor fuerza y entusiasmo cuanto más seguros estén de la verdad de lo que enseñan y predican. [...] Pienso por lo tanto que pertenece al deber de los soberanos hacer redactar los elementos de la doctrina civil y ordenar que se enseñen en todas las escuelas del Estado (1993, 116).

Incluso el castigo en este marco es pensado como un medio fundamentalmente formativo:

Porque el fin del castigo no es obligar la voluntad del hombre sino formarla, y hacerla tal como la quiso el que instituyó el castigo (120).

Una formación que debe ser constantemente supervisada en todos los ámbitos de la sociedad, no solamente en las escuelas y universidades, puesto que son muchos los que «[...] reciben las nociones de su deber, fundamentalmente de la predicación desde el púlpito, y parcialmente de aquellos de sus vecinos o familiares que poseyendo una facultad discursiva más preparada y plausible, parecen más sabios y más instruidos en casos de ley y conciencia que [ellos]» (1979, 414).

Esto configura una educación cívica que tiene la gran ventaja de introducir al individuo “egoísta” en la consideración de la alteridad, como conditio sine qua non de su propia realización personal, obteniéndose así un tipo de hombre básicamente supeditado a las leyes del soberano en aras de la convivencia y la paz. Justamente la educación debe apuntar, como lo plantea Hobbes en su Leviatán, a introyectar en el individuo una sumisión tal a su soberano que no haya lugar para el deseo del cambio, ni para la admiración con respecto a cualquiera de sus conciudadanos mayor que la que siente por su soberano, ni para el hablar mal de su monarca (410-411).

Pero, ¿dónde fundamenta Hobbes toda esta justificación de una educación absolutamente subordinada a la reglamentación y fiscalización del Estado? Esa fundamentación la hace a partir del mismo principio de autoconservación, que le da origen al pacto y a la conformación del Estado, puesto que si el papel principal de la educación es introyectar racional y legitimatoriamente la necesidad de éste, debe empezar por enseñar el origen mismo de su constitución, que no es otro que el deseo que todos sus integrantes tienen de conservar su vida y sus bienes.

Se introduce así un presupuesto antropológico vital para la existencia del Estado: el hombre, siendo fundamentalmente un ser egoísta y ambicioso –como aparece descrito en los primeros capítulos del Leviatán–, reconoce por su deseo de autoconservación (que también es un deseo fundamentalmente y en principio meramente egoísta) la necesidad de acceder a la realización, con otros, del pacto primigenio y fundador para la constitución de un soberano y, con éste, del Estado, so pena de perder la vida por esa guerra de todos contra todos que reina en el estado de naturaleza. Deseo que, como contraparte, implica el miedo a la muerte.

Racionalidad autoconservadora ésta que tiene que seguir actuando en el estado civil ya constituido para que la educación misma tenga sentido. En esta línea, la educación en la concepción hobbesiana se convierte en el mecanismo masificador por excelencia de los hombres, alrededor de un único objetivo: conservar la sociedad civil y mantener unos parámetros posibilitadores de la convivencia pacífica y, con la ayuda de ésta, preservar la vida. Incluso Hobbes considera que si el soberano y sus derechos no existiesen, esto sería un mal mayor, comparado con el mal que pudiese hacer la presión soberana (1979, 268-277), quedando así «la educación como gestora de oposición crítica», deslegitimada y colocada en la categoría de elemento irregular y enemigo del Estado. A partir de ello podrían ser planteadas dos posibles implicaciones criticables de esta concepción hobbesiana de lo educativo. Veamos.
* Licenciado en Filosofía. Universidad de Antioquia.
Cfr. el capítulo doce del Leviatán (1979, 208-221), donde los doce derechos del soberano por institución planteados allí hacen que este poder sea, propiamente, un poder absoluto
específicamente descrito y analizado en los capítulos trece y uno del Leviatán y El ciudadano, resp Estado ectivamente.

John Fredy Lenis Castaño*


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