domingo, 12 de abril de 2009

Filosofía política. Platón - La República .Libro VI, Libro VII,

Libro VI

I. -Así pues -dije yo-, tras un largo discurso [459] se nos ha mostrado al fin, ¡oh, Glaucón!, quiénes son filósofos y quiénes no.
-En efecto -dijo-, quizá no fue posible conseguirlo por más breve camino.
-No parece -dije-; de todos modos, creo que se nos habría mostrado mejor si no hubiéramos tenido que hablar más que de ello ni nos fuera preciso el discurrir ahora sobre todo lo demás al tratar de examinar en qué difiere la vida justa de la injusta.
-¿Y a qué -preguntó- debemos atender después de ello?
-¿A qué va a ser -respondí- sino a lo que se sigue? Puesto que son filósofos aquellos que pueden alcanzar lo que siempre se mantiene igual a sí mismo y no lo son los que andan errando por multitud de cosas diferentes, ¿cuáles de ellos conviene que sean jefes en la ciudad?
-¿Qué deberíamos sentar -preguntó- para acertar en ello?
-Que hay que poner de guardianes -dije yo- a aquellos que se muestren capaces de guardar las leyes y usos de las ciudades.
-Bien -dijo.
-¿Y no es cuestión clara -proseguí- la de si conviene que el que ha de guardar algo sea ciego o tenga buena vista?
-¿Cómo no ha de ser clara? -replicó.
-¿Y se muestran en algo diferentes de los ciegos [460] los que de hecho están privados del conocimiento de todo ser y no tienen en su alma ningún modelo claro ni pueden, como los pintores, volviendo su mirada a lo puramente verdadero y tornando constantemente a ello y contemplándolo con la mayor agudeza, poner allí, cuando haya que ponerlas, las normas de lo hermoso, lo justo y lo bueno y conservarlas con su vigilancia una vez establecidas?
-No, ¡por Zeus! -contestó-. No difieren en mucho.
-¿Pondremos, pues, a éstos como guardianes o a los que tienen el conocimiento de cada ser sin ceder en experiencia a aquéllos ni quedarse atrás en ninguna otra parte de la virtud?
-Absurdo sería -dijo- elegir a otros cualesquiera si es que éstos no les son inferiores en lo demás; pues con lo dicho sólo cabe afirmar que les aventajan en lo principal.
-¿Y no explicaremos de qué manera podrían tener los tales una y otra ventaja?
-Perfectamente.
-Pues bien, como dijimos [461] al principio de esta discusión, hay que conocer primeramente su índole; y, si quedamos de acuerdo sobre ella, pienso que convendremos también en que tienen esas cualidades y en que a éstos, y no a otros, hay que poner como guardianes de la ciudad.
-¿Cómo?

II. -Convengamos, con respecto a las naturalezas filosóficas, en que éstas se apasionan siempre por aprender aquello que puede mostrarles algo de la esencia siempre existente y no sometida a los extravíos de generación y corrupción.
-Convengamos.
-Y además -dije yo-, en que no se dejan perder por su voluntad ninguna parte de ella, pequeña o grande, valiosa o de menor valer, igual que referíamos antes de los ambiciosos y enamorados.
-Bien dices -observó.
-Examina ahora esto otro, a ver si es forzoso que se halle, además de lo dicho, en la naturaleza de los que han de ser como queda enunciado.
-¿Qué es ello?
-La veracidad y el no admitir la mentira [462] en modo alguno, sino odiarla y amar la verdad.
-Es probable -dijo.
-No sólo es probable, mi querido amigo, sino de toda necesidad que el que por naturaleza es enamorado, ame lo que es connatural y propio del objeto amado.
-Exacto -dijo.
-¡Y encontrarás cosa más propia de la ciencia que la verdad?
-¿Cómo habría de encontrarla? -dijo.
-¡Será, pues, posible que tengan la misma naturaleza el filósofo y el que ama la falsedad?
-De ninguna manera.
-Es, pues, menester que elverdadero amante del saber tienda, desde su juventud, a la verdad sobre toda otra cosa.
-Bien de cierto.
-Por otra parte, sabemos que, cuanto más fuertemente arrastran los deseos a una cosa, tanto más débiles son para lo demás, como si toda la corriente se escapase hacia aquel lado.
-¡Cómo no?
-Y aquel para quien corren hacia el saber y todo lo semejante, ése creo que se entregará enteramente al placer del alma en sí misma y dará de lado a los del cuerpo si es filósofo verdadero y no fingido.
-Sin ninguna duda.
-Así, pues, será temperante y en ningún modo avaro de riquezas, pues menos que a nadie se acomodan a él los motivos por los que se buscan esas riquezas con su cortejo de dispendios.
-Cierto.
-También hay que examinar otra cosa cuando hayas de distinguir la índole filosófica de la que no lo es.
-¡Cuál?
-Que no se te pase por alto en ella ninguna vileza, por-que la mezquindad de pensamiento es lo más opuesto al alma que ha de tender constantemente a la totalidad y universalidad de lo divino y de lo humano [463] .
-Muy de cierto -dijo.
-Y a aquel entendimiento que en su alteza alcanza la contemplación de todo tiempo y de toda esencia, ¿crees tú que le puede parecer gran cosa la vida humana?
-No es posible -dijo.
-¿Así, pues, tampoco el tal tendrá a la muerte por cosa temible [464] ?
-En ningún modo.
-Por lo tanto, la naturaleza cobarde y vil no podrá, según parece, tener parte en la filosofia.
-No creo.
-¿Y qué? El hombre ordenado que no es avaro ni vil, ni vanidoso ni cobarde, ¿puede llegar a ser en algún modo intratable o injusto?
-No es posible.
-De modo que, al tratar de ver el alma que es filosófica y la que no, examinarás desde la juventud del sujeto si esa alma es justa y mansa o insociable y agreste.
-Bien de cierto.
Pero hay otra cosa que tampoco creo que pasarás por alto.
-¿Cuál es ella?
-Si es expedita o torpe para aprender: ¿podrás confiar en que alguien tome afición a aquello que practica con pesadumbre y en que adelanta poco y a duras penas?
-No puede ser.
-¿Y si, siendo en todo olvidadizo, no pudiera retener nada de lo aprendido? ¿Sería capaz de salir de su inanidad de conocimientos?
-¿Cómo?
-Y trabajando sin fruto, ¿no te parece que acabaría forzosamente por odiarse a sí mismo y al ejercicio que practica?
-¿Cómo no
-Por lo tanto, al alma olvidadiza no la incluyamos entre las propiamente filosóficas, sino procuremos que tenga buena memoria.
-En un todo.
-Pues por lo que toca a la naturaleza inarmónica e informe, no diremos, creo yo, que conduzca a otro lugar sino ala desmesura.
-¿Qué otra cosa cabe?
-¿Y crees que la verdad es connatural con la desmesura o con la moderación?
-Con la moderación.
-Busquemos, pues, una mente que, a más de las otras cualidades, sea por naturaleza mesurada ybien dispuesta y que por sí misma se deje llevar fácilmente a la contemplación del ser en cada cosa.
-¿Cómo no?
-¿Y qué? ¿No creerás acaso que estas cualidades, que hemos expuesto como propias del alma que ha de alcanzar recta y totalmente el conocimiento del ser, no son necesarias ni vienen traídas las unas por las otras?
-Absolutamente necesarias -dijo.
-¿Podrás, pues, censurar un tenor de vida que nadie sería capaz de practicar sino siendo por naturaleza memorioso, expedito en el estudio, elevado de mente, bien dispuesto, amigo y allegado de la verdad, de la justicia, del valor y de la templanza?
-Ni el propio Momo [465] -dijo- podría censurar a una tal persona.
-Y cuando estos hombres -dije yo- llegasen a madurez por su educación y sus años, ¿no sería a ellos a quienes únicamente confiarías la ciudad?

III. Entonces Adimanto dijo: -¡Oh, Sócrates! Con respecto a todo eso que has dicho, nadie sería capaz de contradecirte, pero he aquí lo que les pasa una y otra vez [466] a los que oyen lo que ahora estás diciendo: piensan que es por su inexperiencia en preguntar y responder por lo que son arrastrados en cada pregunta un tanto fuera de camino por la fuerza del discurso, y que, sumados todos estos tantos al final de la discusión, el error resulta grande, con lo que se les muestra todo lo contrario de lo que se les mostraba al Principio; y que, así como en los juegos de tablas los que no son prácticos quedan al fin bloqueados por los más hábiles y no saben adónde moverse, así también ellos acaban por verse cercados y no encuentran nada que decir en este otro juego que no es de fichas, sino de palabras, bien que la verdad nada aventaje con ello [467] . Digo esto mirando al caso presente: podría alguien decir que no hay nada que oponer de palabra a cada una de tus cuestiones, pero en la realidad se ve que cuantos, una vez entregados a la filosofía, no la dejan después, por no haberla abrazado simplemente para educarse en su juventud, sino que siguen ejercitándola más largamente, éstos resultan en su mayoría unos seres extraños,por no decir perversos, ylos que parecen más razonables, al pasar por ese ejercicio que tú tanto alabas se hacen inútiles para el servicio de las ciudades [468] .
Y yo al oírle dije:
-¿Y piensas que los que eso afirman no dicen verdad?
-No lo sé -contestó-; pero oiría con gusto lo que tú opinas.
-Oirás, pues, queme parece que dicen verdad.
-¿Y cómo se puede decir -preguntó- que las ciudades no saldrán de sus males hasta que manden en ellas los filósofos, a los que reconocemos inútiles para aquéllas?
-Has hecho una pregunta -dije- ala que hay que contestar con una comparación.
-¡Pues sí que tú no acostumbras, creo yo, a hablar por comparaciones! -exclamó [469] .

IV -Bien -dije-, ¿te burlas de mí, después de haberme lanzado a una cuestión tan difícil de exponer? Escucha, pues, la comparación y verás aún mejor cuán torpe soy en ellas. Es tan malo el trato que sufren los hombres más juiciosos de parte de las ciudades, que no hay ser alguno que tal haya sufrido; y así, al representarlo y hacer la defensa de aquéllos, se hace preciso recomponerlo de muchos elementos, como hacen los pintores que pintan los ciervos-bucos [470] y otros seres semejantes. Figúrate que en una nave o en varias ocurre algo así como lo que voy a decirte [471] : hay un patrón más corpulento y fuerte que todos los demás de la nave, pero un poco sordo, otro tanto corto de vista y con conocimientos náuticos parejos de su vista y de su oído; los marineros están en reyerta unos con otros por llevar el timón, creyendo cada uno de ellos que debe regirlo sin haber aprendido jamás el arte del timonel ni poder señalar quién fue su maestro ni el tiempo en que lo estudió, antes bien, aseguran que no es cosa de estudio [472] y, lo que es más, se muestran dispuestos a hacer pedazos al que diga que lo es. Estos tales rodean al patrón instándole y empeñándose por todos los medios en que les entregue el timón; y sucede que, si no le persuaden, sino más bien hace caso de otros, dan muerte a éstos o les echan por la borda, dejan impedido al honrado patrón con mandrágora [473] , con vino o por cualquier otro medio y se ponen a mandar en la nave apoderándose de lo que en ella hay. Y así, bebiendo y banqueteando, navegan como es natural que lo hagan tales gentes [474] y, sobre ello, llaman hombre de mar y buen piloto y entendido en la náutica a todo aquel que se da arte a ayudarles en tomar el mando [475] por medio de la persuasión o fuerza hecha al patrón y censuran como inútil al que no lo hace; y no entienden tampoco que el buen piloto tiene necesidad de preocuparse del tiempo, de las estaciones, del cielo, de los astros, de los vientos y de todo aquello que atañe al arte si ha de ser en realidad jefe de la nave. Y en cuanto al modo de regirla, quieran los otros o no [476] , no piensan que sea posible aprenderlo ni como ciencia ni como práctica, ni por lo tanto el arte del pilotaje. Al suceder semejantes cosas en la nave, ¿no piensas que el verdadero piloto será llamado un miracielos [477] , un charlatán, un inútil por los que navegan en naves dispuestas de ese modo?
-Bien seguro -dijo Adimanto.
-Y creo -dije yo- que no necesitas examinar por menudo la comparación para ver que representa la actitud de las ciudades respecto de los verdaderos filósofos, sino que entiendes lo que digo.
-Bien de cierto -repuso.
-Así, pues, instruye en primer lugar con esta imagen a aquel que se admiraba de que los filósofos no reciban honra en las ciudades y trata de persuadirle de que sería mucho más extraño que la recibieran.
-Sí que le instruiré -dijo.
-E instrúyele también de que dice verdad [478] en lo de que los más discretos filósofos son inútiles para la multitud, pero hazle que culpe de su inutilidad a los que no se sirven de ellos y no a ellos mismos. Porque no es natural que el piloto suplique a los marineros que se dejen gobernar por él ni que los sabios vayan a pedir a las puertas de los ricos [479] , sino que miente el que dice tales gracias y la verdad es, naturalmente, que el que está enfermo sea , rico o pobre, tiene que ir a la puerta del médico, y todo el que necesita ser gobernado, a la de aquel que puede gobernarlo; no que el gobernante pida a los gobernados que se dejen gobernar si es que de cierto hay alguna utilidad en su gobierno. No errarás, en cambio, si comparas a los políticos que ahora gobiernan con los marineros de que hablábamos hace un momento, y a los que éstos llamaban inútiles y papanatas, con los verdaderos pilotos.
-Exactamente -observó.
-Por lo tanto, y en tales condiciones, no es fácil que el mejor tenor de vida sea habido en consideración por los que viven de manera contraria, y la más grande, con mucho, y más fuerte de las inculpaciones le viene a la filosofía de aquellos que dicen que la practican; a ellos se refiere el acusador de la filosofía de que tú hablabas al afirmar que la mayor parte de los que se dirigen a aquélla son unos perversos, y los más discretos, unos inútiles, cosa en que yo convine contigo. ¿No es así?
-Sí.

V -¿Hemos, pues, explicado la causa de que los buenos sean inútiles?
-En efecto.
-¿Quieres que a continuación expongamos cuán forzoso es que la mayor parte de ellos sean malos y que, si podemos, intentemos mostrar que tampoco de esto es culpable la filosofía?
-Ciertamente que sí.
-Sigamos, pues, hablando y escuchando por turno, pero recordando antes el lugar en que describíamos las cualidades innatas que había de reunir forzosamente quien hubiera de ser hombre de bien [480] . Y su principal y primera cualidad era, si lo recuerdas [481] , la verdad, la cual debía él perseguir en todo asunto y por todas partes si no era un embustero que nada tuviese que ver con la verdadera filosofía.
-En efecto, así se dijo.
-¿Y no era ese un punto absolutamente opuesto a la opinión general acerca del filósofo?
-Efectivamente -dijo.
-Pero ¿no nos defenderemos cumplidamente alegando que el verdadero amante del conocimiento está naturalmente dotado para luchar en persecución del ser y no se detiene en cada una de las muchas cosas que pasan por existir, sino que sigue adelante, sin flaquear ni renunciar a su amor hasta que alcanza la naturaleza misma de cada una de las cosas que existen, y la alcanza con aquella parte de su alma a que corresponde, en virtud de su afinidad, el llegarse a semejantes especies, por medio de la cual se acerca y une a lo que realmente existe y engendra inteligencia y verdad, librándose entonces, pero no antes, de los dolores de su parto, y obtiene conocimiento y verdadera vida y alimento verdadero [482] ?
-No hay mejor defensa -dijo.
-¿Y qué? ¿Será propio de ese hombre el amar la mentira o todo lo contrario, el odiarla?
-El odiarla -dijo.
-Ahora bien, si la verdad es quien dirige, no diremos, creo yo, que vaya seguida de un coro de vicios.
-¿Cómo ha de ir?
-Sino de un carácter sano y justo, al cual acompañe también la templanza.
-Exacto -dijo.
-Pero ¿qué falta hace volver a poner en fila, demostrando que es forzoso que existan, el coro de las restantes cualidades filosóficas? En efecto, recuerdas, creo yo, que resultaron propios de estos seres el valor, la magnanimidad, la facilidad para aprender, la memoria. Y, como tú objetaras que toda persona se verá obligada a convenir en lo que decimos, pero, si prescindiera de los argumentos y pusiera su atención en los seres de quienes se habla, dirá que ve cómo los unos de entre ellos son inútiles y la mayor parte perversos de toda perversidad, hemos llegado ahora, investigando el fundamento de esta interpretación malévola, a la cuestión de por qué son malos la mayor parte de ellos; ésa es la razón por la cual nos ha sido forzoso volver a estudiar y definir el carácter de los auténticos filósofos.
-Así es -dijo.

VI. -Siendo ésta -seguí- su naturaleza, precisa examinar las causas de que se corrompa en muchos y de que sólo escapen a esa corrupción unos pocos a quienes, como tú decías, no se les llama malos, pero sí inútiles. Y pasaremos después [483] a aquellos caracteres que imitan a esa naturaleza y la suplantan en sus menesteres y veremos qué clase de almas son las que, emprendiendo una ocupación de la cual no son dignas ni están a la altura, se propasan en muchas cosas y con ello cuelgan a la filosofía esa reputación común y universal de que hablas.
-¿Y cuáles son -dijo- las causas de corrupción a que te refieres?
-Intentaré exponértelas -dije- si soy capaz de ello. He aquí un punto en que todos, creo yo, me darán la razón: una naturaleza semejante a la descrita y dotada de todo cuanto hace poco exigimos para quien hubiera de hacer se un filósofo completo, es algo que se da rara vez y en muy pocos hombres. ¿No crees?
-En efecto.
-Pues bien, mira cuántas y cuán grandes causas pueden corromper a esos pocos.
-¿Cuáles son, pues?
-Lo que más sorprende al oírlo es que, de aquellas cualidades que ensalzábamos en el carácter, todas y cada una de ellas pervierten el alma que las posee y la arrancan de la filosofía. Quiero decir el valor, la templanza y todo lo que enumerábamos.
-Sí que suena raro al oírlo -dijo.
-Y además -continué- también la pervierten y apartan todas las cosas a las que se llama bienes: la hermosura, la riqueza, la fuerza corporal, los parentescos, que hacen poderoso en política, y otras circunstancias semejantes. Ya tienes idea de a qué me refiero.
-La tengo -asintió-. Pero me gustaría conocer más pormenores de lo que dices.
-Pues bien -seguí-, toma la cuestión rectamente, en sentido general, y se te mostrará perspicua y no te parecerá ya extraño lo que se ha dicho acerca de ella.
-¿Qué quieres, pues, que haga? -dijo.
-De todo germen o ser vivo vegetal o animal sabemos -dije- que, cuanto más fuerte sea, tanto mayor será la falta de condiciones adecuadas en el caso de que no obtenga la alimentación o bien el clima o el suelo que a cada cual convenga [484] . Porque, según creo, lo malo es más contrario de lo bueno que de lo que no lo es.
-¿Cómo no va a serlo?
-Es, pues, natural, pienso yo, que la naturaleza más perfecta, sometida a un género de vida ajeno a ella, salga peor librada que la de baja calidad.
-Lo es.
-¿Diremos, pues, Adimanto -pregunté-, que del mismo modo las almas mejor dotadas se vuelven particularmente malas cuando reciben mala educación? ¿O crees que los grandes delitos y la maldad refinada nacen de naturalezas inferiores y no de almas nobles viciadas por la educación, mientras que las naturalezas débiles jamás serán capaces de realizar ni grandes bienes ni tampoco grandes males [485] ?
-No opino así -dijo-, sino como tú.
-Pues bien, es forzoso, creo yo, que, si la naturaleza filosófica que definíamos obtiene una educación adecuada, se desarrolle hasta alcanzar todo género de virtudes; pero, si es sembrada, arraiga y crece en lugar no adecuado, llegará a todo lo contrario si no ocurre que alguno de los dioses le ayude. ¿O crees tú también, lo mismo que el vulgo, que hay algunos jóvenes que son corrompidos por los sofistas, y sofistas que, actuando particularmente, les corrompen en grado digno de consideración [486] y no que los mayores sofistas son quienes tal dicen, los cuales saben perfectamente cómo educar y hacer que jóvenes y viejos, hombres y mujeres, sean como ellos quieren?
-¿Cuándo lo hacen? -dijo.
-Cuando, hallándose congregados en gran número -dije-, sentados todos juntos en asambleas, tribunales, teatros, campamentos u otras reuniones públicas, censuran con gran alboroto algunas de las cosas que se dicen o hacen y otras las alaban del mismo modo, exageradamente en uno y otro caso, y chillan y aplauden; y retumban las piedras y el lugar todo en que se hallan, redoblando así el estruendo de sus censuras o alabanzas [487] . Pues bien, al verse un joven en tal situación, ¿cuál vendrá a ser, como suele decirse, su estado de ánimo [488] ? ¿O qué educación privada resistirá a ello sin dejarse arrastrar, anegada por la corriente de semejantes censuras y encomios, adondequiera que ésta la lleve, o llamar buenas y malas a las mismas cosas que aquéllos o comportarse igual que ellos o ser como son?
-Es muy forzoso, ¡oh, Sócrates! -dijo.

VII. -Sin embargo -dije-, aún no hemos hablado de la mayor fuerza.
-¿Cuál? -dijo.
-La coacción material de que usan esos educadores y sofistas cuando no persuaden con sus palabras. ¿O no sabes que a quien no obedece le castigan con privaciones de derechos, multas y penas de muerte [489] ?
-Lo sé muy bien -dijo.
-Pues bien, ¿qué otro sofista, qué otra instrucción privada crees que podrá prevalecer si resiste contra ellos?
-Pienso que nadie -dijo.
-No, en efecto; sólo el intentarlo -dije- sería gran locura. Pues no existe ni ha existido ni ciertamente existirá jamás ningún carácter distinto en lo que toca a virtud ni formado por una educación opuesta a la de ellos [490] ; hablo de caracteres humanos, mi querido amigo, pues los divinos hay que dejarlos a un lado de acuerdo con el proverbio. En efecto, debes saber muy bien que, si hay algo que en una organización política como ésta se salve y sea como es debido, no carecerás de razón al afirmar que es una providencia divina la que lo ha salvado.
-No opino yo de otro modo -dijo.
-Pues bien -dije-, he aquí otra cosa que debes creer también.
-¿Cuál?
-Que cada uno de los particulares asalariados [491] o los que esos llaman sofistas y consideran como competidores no enseña otra cosa sino los mismos principios que el vulgo expresa en sus reuniones, y a esto es a lo que llaman ciencia. Es lo mismo que si el guardián de una criatura grande y poderosa [492] se aprendiera bien sus instintos y humores y supiera por dónde hay que acercársele y por dónde tocarlo y cuándo está más fiero o más manso y por qué causas y en qué ocasiones suele emitir tal o cual voz y cuáles son, en cambio, las que le apaciguan o irritan cuando las oye a otro; y, una vez enterado de todo ello por la experiencia de una larga familiaridad, considerase esto como una ciencia y, habiendo compuesto una especie de sistema, se dedicara a la enseñanza ignorando qué hay realmente en esas tendencias y apetitos de hermoso o de feo, de bueno o de malo, de justo o de injusto, y emplease todos estos términos con arreglo al criterio de la gran bestia, llamando bueno a aquello con que ella goza y malo a lo que a ella le molesta, sin poder, por lo demás, dar ninguna otra explicación acerca de estas calificaciones, y llamando también justo y hermoso a lo inevitable cuando ni ha comprendido ni es capaz de enseñar a otro cuánto es lo que realmente difieren los conceptos de lo inevitable y lo bueno. ¿No te parece, por Zeus, que una tal persona sería un singular educador?
-En efecto -dijo.
-Ahora bien, ¿te parece que difiere en algo de éste el que, tanto en lo relativo a la pintura o música como a la política, llama ciencia al haberse aprendido el temperamento y los gustos de una heterogénea multitud congregada [493] ? Porque, si una persona se presenta a ellos para someter a su juicio una poesía [494] o cualquier otra obra de arte o algo útil para la ciudad, haciéndose así dependiente del vulgo en grado mayor que el estrictamente indispensable, la llamada necesidad diomedea [495] le forzará a hacer lo que ellos hayan de alabar. ¿Y has oído alguna vez a alguno que dé alguna razón que no sea ridícula para demostrar que realmente son buenas y bellas esas cosas?
-Ni espero oírlo nunca -dijo.

VIII. -Pues bien, después de haberte fijado en todo esto, acuérdate de aquello [496] . ¿existe medio de que el vulgo admita o reconozca que existe lo bello en sí, pero no la multiplicidad de cosas bellas, y cada cosa en sí, pero no la multiplicidad de cosas particulares?
-De ningún modo -dijo.
-Entonces -dije-, es imposible que el vulgo sea filósofo [497] .
-Imposible.
-Y por tanto, es forzoso que los filósofos sean vituperados por él.
-Forzoso.
-Y también por esos particulares que conviven con la plebe y desean agradarle.
-Evidente.
-Según esto, ¿qué medio de salvación descubres para que una naturaleza filosófica persevere hasta el fin en su menester? Piensa en ello basándote en lo de antes. En efecto, dejamos sentado que la facilidad para aprender, la memoria, el valor yla magnanimidad eran propios de esa naturaleza.
-Sí.
-Pues bien, el que sea así, ¿descollará ya desde niño entre todos los demás, sobre todo si su cuerpo se desarrolla de modo semejante a su alma?
-¿Por qué no va a descollar? -dijo.
-Y, cuando llegue a mayor, me figuro que sus parientes y conciudadanos querrán servirse de él para sus propios fines [498] .
-¿Cómo no?
-Se postrarán, pues, ante él y le suplicarán y agasajarán anticipándose así a adular de antemano su futuro poder.
-Al menos así suele ocurrir -dijo.
-¿Y qué piensas -dije- que hará una persona así en tal situación, sobre todo si se da el caso de que sea de una gran ciudad y goce en ella de riquezas y noble abolengo teniendo además belleza y alta estatura? ¿No se henchirá de irrealizables esperanzas creyendo que va a ser capaz de gobernar a helenos y bárbaros y remontándose por ello "a las alturas", lleno de "presunción" e insensata "vanagloria [499] "?
-Efectivamente -dijo.
-Y si al que está en esas condiciones se le acerca alguien [500] y le dice tranquilamente la verdad, esto es, que no hay en él razón alguna, que está privado de ella y que la razón es algo que no se puede adquirir sin entregarse completamente a la tarea de conseguirla, ¿crees que es fácil que haga caso quien está sometido a tantas malas influencias?
-Ni mucho menos -dijo.
-Ahora bien -dije yo-, si, movido por su buena índole y por la afinidad que siente en aquellas palabras, atiende algo a ellas y se deja influir y arrastrar hacia la filosofía, ¿qué pensamos que harán aquellos que ven que están perdiendo sus servicios y amistad? ¿Habrá acción que no realicen, palabras que no le digan a él, para que no se deje persuadir, y a quien le intenta convencer, para que no pueda hacerlo, y no les atacarán con asechanzas privadas yprocesos públicos [501] ?
-Es muy forzoso -dijo.
-¿Hay, pues, posibilidad de que la tal persona llegue a ser filósofo?
-En absoluto.

IX. -¿Ves -dije- cómo no nos faltaba razón cuando decimos [502] que son los mismos elementos de la naturaleza del filósofo los que, cuando están sometidos a una mala educación, contribuyen en cierto modo a apartarle de su ejercicio, como igualmente las riquezas y todas las cosas semejantes que pasan por ser bienes?
-No se dijo sin razón -contestó-, sino con ella.
-He aquí, ¡oh, admirable amigo! -dije-, cuántas y cuán grandes son las causas que pervierten e inhabilitan para el más excelente menester a las mejores naturalezas, que ya de por sí son pocas como nosotros decimos [503] . Y esa es la clase de hombres de que proceden tanto los que causan los mayores males a las ciudades y a los particulares [504] como los que, si el azar de la corriente los lleva por ahí, producen los mayores bienes. En cambio los espíritus mezquinos no hacen jamás nada grande ni a ningún particular ni a ningún Estado.
-Gran verdad -dijo.
-De modo que éstos, aquellos a los que más afín les es, se apartan de la filosofía y la dejan solitaria y célibe; y así, mientras ellos llevan una vida no adecuada ni verdadera, ella es asaltada, como una huérfana privada de parientes [505] , por otros hombres indignos que la deshonran y le atraen reproches como aquellos con los que dices tú que la censuran quienes afirman que entre los que tratan con ella hay algunos que no son dignos de nada y otros, los más, que merecen los peores males.
-En efecto -asintió-, eso es lo que se dice.
-Y con razón -contesté yo-. Porque, al ver otros hombrecillos que aquella plaza está abandonada y repleta de hermosas frases y apariencias, se ponen contentos, como prisioneros que, escapados de su encierro, hallasen refugio en un templo; y se abalanzan desde sus oficios [506] a la filosofía los que resulten ser más habilidosos en lo relativo a su modesta ocupación. Pues, aun hallándose en tal condición la filosofía, le queda un prestigio más brillante que a ninguna de las demás artes, atraídas por el cual muchas personas de condición imperfecta, que tienen tan deteriorados los cuerpos por sus oficios manuales [507] omo truncas y embotadas las almas a causa de su ocupación artesana... ¿No es esto forzoso?
-Muy forzoso -dijo.
-¿Y crees que su aspecto difiere en algo -dije- del de un calderero calvo y rechoncho [508] que ha ganado algún dinero y que, de sus grilletes recién liberado y en los baños recién lavado, se ha compuesto como un novio, con su vestido nuevo, y va a casarse con la hija del dueño porque ella es pobre y está sola?
-No difiere en nada -dijo.
-Pues bien, ¿qué prole es natural que engendre una semejante pareja? ¿No será degenerada yvil?
-Es muy forzoso.
-¿Y qué? Cuando las gentes indignas de educación se acercan a ella y la frecuentan indebidamente, ¿qué pensamientos y opiniones diremos que engendrarán? ¿No serán tales que realmente merezcan ser llamados sofismas sin que haya entre ellos ninguno que sea noble ni tenga que ver con la verdadera inteligencia?
-Desde luego -dijo.

X. -No queda, pues, ¡oh, Adimanto! -dije-, más que un pequeñísimo número de personas dignas de tratar con la filosofía; tal vez algún carácter noble y bien educado que, aislado por el destierro [509] , haya permanecido fiel a su naturaleza filosófica por no tener quien le pervierta; a veces en una comunidad pequeña nace un alma grande [510] que desprecia los asuntos de su ciudad por considerarlos indignos de su atención; y también puede haber unos pocos seres bien dotados que acudan a la filosofía movidos de un justificado desdén por sus oficios [511] . A otros los puede detener quizá el freno de nuestro compañero Téages [512] , que, teniendo todas las demás condiciones necesarias para abandonar la filosofía, es detenido y apartado de la política por el cuidado de su cuerpo enfermo. Y no vale la pena de hablar de mi caso, pues son muy pocos o ninguno aquellos otros a quienes se les ha aparecido antes que a mí la señal demónica [513] . Pues bien, quien pertenece a este pequeño grupo y ha gustado la dulzura y felicidad de un bien semejante y ve, en cambio, con suficiente claridad que la multitud está toca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en política y que no hay ningún aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a morir antes de haber prestado ningún servicio a la ciudad ni a sus amigos, con muerte inútil para sí mismo y para los demás, como la de un hombre que, caído entre bestias feroces [514] , se negara a participar en sus fechorías siwser capaz tampoco de defenderse contra los furores de todas ellas... Y, como se da cuenta de todo esto, permanece quieto y no se dedica más que a sus cosas, como quien, sorprendido por un temporal, se arrima a un paredón para resguardarse de la lluvia y polvareda arrastradas por el viento; y, contemplando la iniquidad que a todos contamina, se da por satisfecho si puede él pasar limpio de injusticia e impiedad por esta vida de aquí abajo y salir de ella tranquilo y alegre, lleno de bellas esperanzas [515] .
-Pues bien -dijo-, no serán los menores resultados los que habrá conseguido al final.
-Pero tampoco los mayores -dije- por no haber encontrado un sistema político conveniente; pues en un régimen adecuado se hará más grande y, al salvarse él, salvará a la comunidad.

XI. -Mas de porqué ha sido atacada la filosofía y de que lo ha sido injustamente, de eso me parece a mí que, a no ser que tú tengas algo más que decir, ya hemos hablado bastante.
-Nada tengo ya que añadir acerca de ello -contestó-. Pero ¿cuál de los gobiernos actuales consideras adecuado a ella?
-Ninguno en absoluto -dije-. De eso precisamente me quejo: de que no hay entre los de ahora ningún sistema político que convenga a las naturalezas filosóficas y por eso se tuercen éstas y se alteran. Como suele ocurrir con una simiente exótica que, sembrada en suelo extraño, degenera, vencida por él, y se adapta a la variedad indígena [516] , del mismo modo un carácter de esta clase no conserva, en las condiciones actuales, su fuerza peculiar, sino que se transforma en otro distinto. Pero, si encuentra un sistema político tan excelente como él mismo, entonces es cuando demostrará que su naturaleza es realmente divina, mientras en los caracteres y maneras de vivir de los demás no hay nada que no sea simplemente humano. Ahora bien, después de esto es evidente que me vas a preguntar qué sistema político es ése.
-No acertaste -dijo-; no te iba a preguntar eso, sino si es el mismo que nosotros describimos al fundar la ciudad o bien otro distinto.
-Es el mismo -dije yo- excepto en una cosa, con relación a la cual dijimos entonces que sería necesario que hubiese siempre en el Estado alguna autoridad cuyo criterio acerca del gobierno fuese el mismo con que tú, el legislador, estableciste las leyes [517] .
-Así se dijo, en efecto -asintió.
-Pero no quedó lo suficientemente claro -dije-, porque me asustaron las objeciones con que me mostrasteis cuán larga y dificil era la demostración de este punto; además lo que queda no es en modo alguno fácil de explicar.
-¿Qué es ello?
-La cuestión de cómo debe practicar la filosofía una ciudad que no quiera perecer; porque todas las grandes empresas son peligrosas yverdaderamente lo hermoso es dificil, como suele decirse.
-Sin embargo -dijo-, hay que completar la demostración dejando aclarado este punto.
-Si algo lo impide -dije- no será la falta de voluntad, sino de poder. Pero tú, que estás aquí, verás cuánto es mi celo [518] . Mira, pues, de qué modo tan vehemente y ternerarío voy ahora a decir que la ciudad debe adoptar con respecto a este estudio una conducta enteramente opuesta a la de ahora.
-¿Cómo?
-Los que ahora se dedican a ella -dije- son mozalbetes, recién salidos de la niñez, que, después de haberse asomado a la parte más difícil de la filosofía -quiero decir lo relativo a la dialéctica-, la dejan para poner casa y ocuparse en negocios [519] y con ello pasan ya por ser consumados filósofos. Y en lo sucesivo creen hacer una gran cosa si, cuando se les invita, acceden a ser oyentes de otros que se dediquen a ello, porque lo consideran como algo de que no hay que ocuparse sino de manera accesoria. Y al llegar la vejez, todos, excepto unos pocos, se apagan mucho más completamente que el sol heracliteo [520] , porque no vuelven a encenderse de nuevo.
-¿Y qué hay que hacer? -dijo.
-Todo lo contrario. Cuando son niños y mozalbetes deben recibir una educación y una filosofia apropiadas a su edad; y en esa época en que crecen y se desarrollan sus cuerpos tienen que cuidarse muy bien de ellos preparándolos así como auxiliares de la filosofia. Llegada la edad en que el alma entra en la madurez, hay que redoblar los ejercicios propios de ella; y, cuando, por faltar las fuerzas, los individuos se vean apartados de la política y milicia, entonces hay que dejarlos ya que pazcan en libertad [521] y no se dediquen a ninguna otra cosa sino de manera accesoria; eso si se quiere que vivan felices y que, una vez terminada su vida, gocen allá de un destino acorde con su existencia terrena.

XII. -Verdaderamente -dijo- me parece que hablas con vehemencia, ¡oh, Sócrates! Sin embargo, creo que la mayor parte de los que escuchan, empezando por Trasímaco [522] , te contradirán con mayor vehemencia todavía y no se convencerán en manera alguna.
-No intentes -dije- enemistarme con Trasímaco, de quien hace poco me he hecho amigo sin que, por lo demás, hayamos sido nunca enemigos. Y no escatimare mos esfuerzos hasta que convenzamos tanto a éste como a los demás o al menos les seamos útiles en algo para el caso de que, nuevamente nacidos a otra vida, se encuentren allí en conversaciones como ésta.
-¡Pues sí que es corto el plazo de que hablas! -dijo [523] .
-No es nada -contesté-, al menos comparado con la eternidad. Por lo demás no me sorprende en absoluto que el vulgo no crea lo que se ha dicho, porque jamás han visto realizado lo que ahora se ha presentado ni han oído sino frases como la que acabo de decir, pero en las cuales no se han reunido fortuitamente, como en ésta, las palabras consonantes [524] , sino que han sido igualadas de intento las unas con las otras. Pero hombres cuyos hechos y palabras estén, dentro de lo posible, en la más perfecta consonancia y correspondencia con la virtud y que gobiernen en otras ciudades semejantes a ellos, de esos jamás han visto muchos, ni uno tan siquiera. ¿No crees?
-De ningún modo.
-Ni tampoco, mi buen amigo, han sido oyentes lo suficientemente asiduos de discusiones hermosas y nobles en que, sin más miras que el conocimiento en sí, se busque, denodadamente y por todos los medios, la verdad; discusiones en las cuales se saluden desde muy lejos [525] esas sutilezas y triquiñuelas que no tienden más que a causar efecto y promover discordia en los tribunales y reuniones privadas.
-Tampoco las han oído -dijo.
-Esto era lo que considerábamos -dije-, y esto lo que preveíamos nosotros cuando, aunque con miedo, dijimos antes, obligados por la verdad, que no habrá jamás ninguna ciudad ni gobierno perfectos, ni tampoco ningún hombre que lo sea, hasta que, por alguna necesidad impuesta por el destino, estos pocos filósofos, a los que ahora no llaman malos, pero sí inútiles, tengan que ocuparse, quieran que no, en las cosas de la ciudad y ésta tenga que someterse a ellos; o bien hasta que, por obra de alguna inspiración divina, se apodere de los hijos de los que ahora reinan y gobiernan [526] o de los mismos gobernantes un verdadero amor de la verdadera filosofia. Que una de estas dos posibilidades o ambas sean irrealizables, eso yo afirmo que no hay razón alguna para sostenerlo. Pues, si así fuera, se reirían de nosotros muy justificadamente como de quien se extiende en vanas quimeras [527] ¿No es así?
-Así es.
-Pero, si ha existido alguna vez en la infinita extensión del tiempo pasado [528] o existe actualmente, en algún lugar bárbaro y lejano a que nuestra vista no alcance [529] o ha de existir en el futuro alguna necesidad por la cual se vean obligados a ocuparse de política los filósofos más eminentes, en tal caso nos hallamos dispuestos a sostener con palabras que ha existido, existe o existirá un sistema de gobierno como el descrito siempre que la musa filosófica llegue a ser dueña del Estado. Porque no es imposible que exista; y cuanto decimos es ciertamente difícil -eso lo hemos reconocido nosotros mismos-, pero no irrealizable.
-También yo opino igual -dijo.
-Pero ¿me vas a decir que no es esa, en cambio, la opinión del vulgo? -pregunté.
-Tal vez -dijo.
-¡Oh mi bendito amigo! -dije-. No censures de tal modo a las multitudes. Pues cambiarán de opinión si, en vez de buscarles querella, se les aconseja y se intenta deshacer sus prejuicios contra el amor de la ciencia indicándoles de qué filósofos hablas y definiendo, como hace un instante, su naturaleza y profesión para que no crean que te refieres a los que ellos se imaginan. ¿O dirás que no han de cambiar de opinión o a responder de distinto modo ni aun cuando los vean a esa luz? ¿Piensas tal vez que quien no es envidioso y es manso por naturaleza va a ser violento contra el que no lo sea o a envidiar a quien no envidie? Por mi parte diré, anticipándome a tus objeciones, que un carácter tan dificil puede darse en unas pocas personas [530] , pero no en una multitud.
-También yo estoy enteramente de acuerdo -dijo.
-¿Entonces estarás también de acuerdo en que la culpa de que el vulgo esté mal dispuesto para con la filosofía la tienen aquellos intrusos que, tras haber irrumpido [531] indebidamente en ella, se insultan y enemistan mutuamente [532] y no tratan en sus discursos más que cuestiones personales comportándose así de la manera menos propia de un filósofo?
-Sí -dijo.

XIII. -En efecto, ¡oh, Adimanto!, a aquel cuyo espíritu está ocupado con el verdadero ser no le queda tiempo para bajar su mirada hacia las acciones de los hombres ni para ponerse, lleno de envidia y malquerencia, a luchar con ellos; antes bien, como los objetos de su atenta contemplación son ordenados, están siempre del mismo modo, no se hacen daño ni lo reciben los unos de los otros y responden en toda su disposición a un orden racional, por eso ellos imitan a estos objetos y se les asimilan en todo lo posible. ¿O crees que hay alguna posibilidad de que no imite cada cual a aquello con lo que convive y a lo cual admira?
-Es imposible -dijo.
-De modo que, por convivir con lo divino y ordenado, el filósofo se hace todo lo ordenado y divino que puede serlo un hombre; aunque en todo haypretexto para levantar calumnias.
-En efecto.
-Pues bien -dije-, si alguna necesidad le impulsa a intentar implantar en la vida pública y privada de los demás hombres aquello que él ve allí arriba en vez de limitarse a moldear su propia alma, ¿crees acaso que será un mal creador de templanza y de justicia y de toda clase de virtudes colectivas?
-En modo alguno -dijo.
-Y si se da cuenta el vulgo de que decíamos verdad con respecto a él, ¿se irritarán contra los filósofos y desconfiarán de nosotros cuando digamos que la ciudad no tiene otra posibilidad de ser jamás feliz sino en el caso de que sus líneas generales sean trazadas por los dibujantes que copian de un modelo divino?
-No se irritarán -dijo- si se dan cuenta de ello. Pero ¿qué clase de dibujo es ese de que hablas?
-Tendrán -dije- que coger, como se coge una tablilla, la ciudad y los caracteres de los hombres y ante todo habrán de limpiarla, lo cual no es enteramente fácil. Pero ya sabes que este es un punto en que desde un principio diferirán de los demás, pues no accederán ni a tocar siquiera a la ciudad o a cualquier particular, ni menos a trazar sus leyes, mientras no la hayan recibido limpia o limpiado ellos mismos.
-Y harán bien -dijo.
-Y después de esto, ¿no crees que esbozarán el plan general de gobierno?
-¿Cómo no?
-Y luego trabajarán, creo yo, dirigiendo frecuentes miradas a uno y a otro lado, es decir, por una parte a lo naturalmente justo ybello y temperante y a todas las virtudes similares y por otra a aquellas [533] que irán implantando en los hombres mediante una mezcla y combinación de instituciones de la que, tomando como modelo lo que, cuando se halla en los hombres, define Homero como divino y semejante a los dioses, extraerán la verdadera carnación humana.
-Muy bien -dijo.
-Y pienso yo que irán borrando y volviendo a pintar este o aquel detalle hasta que hayan hecho todo lo posible por trazar caracteres que sean agradables a los dioses en el mayor grado en que cabe serlo.
-No habrá pintura más hermosa que esa -dijo.
-¿No lograremos, pues -dije-, persuadir en algún modo a aquellos de quienes decías [534] que avanzaban con todas sus fuerzas contra nosotros, demostrándoles que ese consumado pintor de gobiernos no es otro que aquel cuyo elogio les hacíamos antes y por causa del cual se indignaban viendo que queríamos entregarle las ciudades, y no se quedarán algo más tranquilos al oírnoslo decir ahora?
-Mucho más -dijo-, si es que son sensatos.
-Porque ¿qué podrán discutir? ¿Negarán que los filósofos son amantes del ser y de la verdad?
-Sería absurdo -dijo.
-¿Dirán que la naturaleza de ellos, tal como la hemos descrito, no es afín a todo lo más excelente?
-Tampoco eso.
-¿Pues qué? ¿Que una naturaleza así no será buena y filosófica en grado más perfecto que ninguna otra, con tal de que obtenga condiciones adecuadas? ¿O dirá que lo son más aquellos a quienes excluimos?
-No por cierto.
-¿Se irritarán, pues, todavía cuando digamos nosotros que no cesarán los males de la ciudad y de los ciudadanos ni se verá realizado de hecho el sistema que hemos forjado en nuestra imaginación mientras no llegue a ser dueña de las ciudades la clase de los filósofos?
-Quizá se irritarán menos -dijo.
-¿Y no prefieres -pregunté- que, en vez de decir "menos", los declaremos por perfectamente convencidos y amansados para que, si no otra razón, al menos la vergüenza les impulse a convenir en ello?
-Desde luego -dijo.

XIV -Pues bien -dije-, helos ya persuadidos de esto. ¿Y puede alguien negar la posibilidad de que algunos descendientes de reyes o gobernantes resulten acaso ser filósofos por naturaleza?
-Nadie -dijo.
-¿O hay quien pueda decir que es absolutamente fatal que se perviertan quienes reúnen tales condiciones? Que es dificil que se salven, eso nosotros mismos lo hemos admitido. Pero que jamás, en el curso entero de los tiempos, pueda salvarse ni uno tan sólo de entre todos ellos, ¿puede alguien afirmarlo?
-¿Cómo lo va a afirmar?
-Ahora bien -dije-, bastaría con que hubiese uno solo y con que a éste le obedeciera la ciudad para que fuese capaz de realizar todo cuanto ahora se pone en duda.
-Sí que bastaría -dijo.
-Y, si hay un gobernante -dije- que establezca las leyes e instituciones antes descritas, no creo yo imposible que los ciudadanos accedan a obrar en consonancia.
-En modo alguno.
-Ahora bien, lo que nosotros opinamos, ¿será acaso sorprendente o imposible que lo opinen también otros?
-No creo yo que lo sea -dijo.
-Y en la parte anterior dejamos suficientemente demostrado, según yo creo, que nuestro plan era el mejor, siempre que fuese realizable.
-En efecto, suficientemente.
-Pues bien, ahora hallamos, según parece, que, si es realizable, lo que decimos acerca de la legislación es lo mejor, y, si bien es dificil que llegue a ser realidad, no resulta en modo alguno imposible [535] .
-Así es -dijo.

XV -Ya, pues, que, aunque a duras penas, hemos terminado con esto, ahora nos queda por estudiar la manera de que tengamos personas que salvaguarden el Estado, las enseñanzas y ejercicios con los cuales se formarán y las distintas edades en que se aplicarán a cada uno de ellos.
-Hay que estudiarlo, sí -dijo.
-Entonces -dije- de nada me sirvió la habilidad con que antes pasé por alto las espinosas cuestiones de la posesión de mujeres y procreación de hijos y designación de gobernantes, porque sabía cuán criticable y difícil de realizar era el sistema enteramente conforme a la verdad; pero no por ello ha dejado de venir ahora el momento en que hay que tratarlo. Lo relativo a las mujeres e hijos está ya totalmente expuesto; pero con la cuestión de los gobernantes hay que comenzar otra vez como si estuviésemos en un principio. Decíamos [536] , si lo recuerdas, que era preciso que, sometidos a las pruebas del placer y del dolor, resultasen ser amantes de la ciudad y que no hubiese trabajo ni peligro ni ninguna otra vicisitud capaz de hacerles aparecer como desertores de este principio; al que fracasara había que excluirlo y al que saliera de todas estas pruebas tan puro como el oro acrisolado al fuego, a ése había que nombrarle gobernante y concederle honores y recompensas tanto en vida como después de su muerte. Tales eran, poco más o menos, los términos evasivos y encubiertos de que usó la argumentación, porque temía removerlo que ahora se nos presenta [537] .
-Muy cierto es lo que dices -repuso-. Sí que lo recuerdo.
-En efecto -dije yo-, no me atrevía, mi querido amigo, a hablar con tanto valor como hace un momento; pero ahora arrojémonos ya a afirmar también que es necesario designar filósofos para que sean los más perfectos guardianes.
-Quede afirmado -dijo.
-Observa ahora cuán probable es que tengas pocos de éstos, pues dijimos que era necesario que estuviesen dotados de un carácter cuyas distintas partes rara vez suelen desarrollarse en un mismo individuo, antes bien, generalmente la tal naturaleza aparece así como desmembrada.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Ya sabes que quienes reúnen facilidad para aprender, memoria, sagacidad, vivacidad y otras cualidades semejantes, no suelen poseer al mismo tiempo una tal nobleza y magnanimidad que les permita resignarse a vivir una vida ordenada, tranquila y segura; antes bien, tales personas se dejan arrastrar adonde quiera llevarlos su espíritu vivaz y no hay en ellos ninguna fijeza.
-Tienes razón -dijo.
-En cambio, a los caracteres firmes y constantes, en los cuales puede uno más confiar y que se mantienen inconmovibles en medio de los peligros guerreros, les ocurre lo mismo con los estudios; les cuesta moverse y aprender, están como amodorrados y se adormecen y bostezan constantemente en cuanto han de trabajar en alguna de estas cosas [538] .
-Así es -dijo.
-Pues bien, nosotros afirmábamos [539] que han de participar justa y proporcionadamente de ambos grupos de cualidades y, si no, no se les debe dotar de la más completa educación ni concederles honores o magistraturas. -Bien -dijo.
-¿Y no crees que esta combinación será rara?
-¿Cómo no?
-Hay que probarlos, pues, por medio de todos los trabajos, peligros y placeres de que antes hablábamos [540] ; y diremos también ahora algo que entonces omitimos: que hay que hacerles ejercitarse en muchas disciplinas y así veremos si cada naturaleza es capaz de soportar las más grandes enseñanzas o bien flaqueará como los que flaquean en otras cosas.
-Conviene, en efecto -dijo él-, verificar este examen. Pero ¿a qué llamas las más grandes enseñanzas?

XVI. -Tú recordarás, supongo yo -dije-, que colegimos [541] , con respecto a la justicia, templanza, valor y sabiduría, cuál era la naturaleza de cada uno de ellos, pero no sin distinguir antes tres especies en el alma.
-Si no lo recordara -dijo-, no merecería seguir escuchando.
-¿Y lo que se dijo antes de eso?
-¿Qué?
-Decíamos [542] , creo yo, que para conocer con la mayor exactitud posible estas cualidades había que dar un largo rodeo al término del cual serían vistas con toda claridad; pero existía una demostración, afín a lo que se había dicho anteriormente, que podía ser enlazada con ello. Vosotros dijisteis que os bastaba y entonces se expuso algo que, en mi opinión, carecía de exactitud; pero, si os agradó, eso sois vosotros quienes lo habéis de decir.
-Para mí -dijo- llenaste la medida y así se lo pareció también a los otros.
-Pero, amigo mío -dije-, en materia tan importante no hay ninguna medida que si se aparta en algo, por poco que sea, de la verdad, pueda en modo alguno ser tenida por tal, pues nada imperfecto puede ser medida de ninguna cosa [543] . Sin embargo, a veces hay quien cree que ya basta y que no hace ninguna falta seguir investigando [544] .
-En efecto -dijo-, hay muchos a quienes les ocurre eso por su indolencia.
-Pues he ahí -dije- algo que le debe ocurrir menos que a nadie al guardián de la ciudad y de las leyes.
-Es natural -dijo.
-De modo, compañero, que una persona así debe rodear por lo más largo -dije- y no afanarse menos en su instrucción que en los demás ejercicios. En caso contrario ocurrirá lo que hace poco decíamos: que no llegará a dominar jamás aquel conocimiento que, siendo el más sublime, es el que mejor le cuadra.
-Pero ¿no son aquellas virtudes las más sublimes -dijo-, sino que existe algo más grande todavía que la justicia y las demás que hemos enumerado?
-No sólo lo hay-dije yo-, sino que, en cuanto a estas mismas virtudes, no basta con contemplar, como ahora, un simple bosquejo de ellas; antes bien, no se debe renunciar a ver la obra en su mayor perfección. ¿O no es absurdo que, mientras se hace toda clase de esfuerzos para dar a otras cosas de poco momento toda la limpieza y precisión posibles, no se considere dignas de un grado máximo de exactitud a las más elevadas cuestiones?
-En efecto. ¿Pero crees -dijo- que habrá quien te deje seguir sin preguntarte cuál es ese conocimiento el más sublime y sobre qué dices que versa?
-En modo alguno -dije-; pregúntamelo tú mismo. Por lo demás, ya lo has oído no pocas veces [545] ; pero ahora o no te acuerdas de ello o es que te propones ponerme en un brete con tus objeciones. Más bien creo esto último, pues me has oído decir muchas veces que el más sublime objeto de conocimiento es la idea del bien, que es la que, asociada a la justicia y alas demás virtudes, las hace útiles y beneficiosas. Y ahora sabes muy bien que voy a hablar de ello y a decir además que no lo conocemos suficientemente. Y, si no lo conocemos, sabes también que, aunque conociéramos con toda la perfección posible todo lo demás excepto esto, no nos serviría para nada, como tampoco todo aquello que poseemos sin poseer a un tiempo el bien. ¿O crees que sirve de algo el poseer todas las cosas salvo las buenas? ¿O el conocerlo todo excepto el bien y no conocer nada hermoso ni bueno?
-No lo creo, ¡por Zeus! -dijo.

XVII. -Ahora bien, también sabes que para las más de las gentes el bien es el placer [546] y para los más ilustrados el conocimiento.
-¿Cómo no?
-Y también, mi querido amigo, que quienes tal opinan no pueden indicar qué clase de conocimiento, sino que al fin se ven obligados a decir que el del bien.
-Lo cual es muy gracioso -dijo.
-¿Cómo no va a serlo -dije- si, después de echarnos en cara que no conocemos el bien, nos hablan luego como a quien lo conoce? En efecto, dicen que es el conocimiento del bien, como si comprendiéramos nosotros lo que quieren decir cuando pronuncian el nombre del bien.
-Tienes mucha razón -dijo.
-¿Y los que definen el bien como el placer? ¿Acaso no incurren en un extravío no menor que el de los otros? ¿No se ven también éstos obligados a convenir en que existen placeres malos [547] ?
-En efecto.
-Les acontece, pues, creo yo, el convenir en que las mismas cosas son buenas y malas. ¿No es eso?
-¿Qué otra cosa va a ser?
-¿Es, pues, evidente, que hay muchas y grandes dudas sobre esto?
-¿Cómo no?
-¿Y qué? ¿No es evidente también que, mientras con respecto a lo justo y lo bello hay muchos que, optando por la apariencia, prefieren hacer y tener lo que lo parezca aunque no lo sea, en cambio, con respecto a lo bueno, a nadie le basta con poseer lo que parezca serlo, sino que buscan todos la realidad desdeñando en ese caso la apariencia?
-Efectivamente -dijo.
-Pues bien, esto que persigue y con miras a lo cual obra siempre toda alma, que, aun presintiendo que ello es algo, no puede, en su perplejidad, darse suficiente cuenta de lo que es ni guiarse por un criterio tan seguro como en lo relativo a otras cosas, por lo cual pierde también las ventajas que pudiera haber obtenido de ellas... ¿Consideraremos, pues, necesario que los más excelentes ciudadanos, a quienes vamos a confiar todas las cosas, permanezcan en semejante oscuridad con respecto a un bien tan preciado y grande?
-En modo alguno -dijo.
-En efecto, creo yo -dije- que las cosas justas y hermosas de las que no se sabe en qué respecto son buenas no tendrán un guardián que valga gran cosa en aquel que ignore este extremo; y auguro que nadie las conocerá suficientemente mientras no lo sepa.
-Bien auguras -dijo.
-¿No tendremos, pues, una comunidad perfectamente organizada cuando la guarde un guardián conocedor de estas cosas?

XVIII. -Es forzoso -dijo-. Pero tú, Sócrates, ¿dices que el bien es el conocimiento o que es el placer o que es alguna otra cosa distinta de éstas?
-¡Vaya con el hombre! -exclamé [548] -. Bien se veía desde hace rato que no te ibas a contentar con lo que opinaran los demás acerca de ello.
-Porque no me parece bien, ¡oh, Sócrates! -dijo-, que quien durante tanto tiempo se ha ocupado de estos asuntos pueda exponerlas opiniones de los demás, pero no las suyas.
-¿Pues qué? -dije yo-. ¿Te parece bien que hable uno de las cosas que no sabe como si las supiese?
-No como si las supiese -dijo-, pero sí que acceda a exponer, en calidad de opinión, lo que él opina.
-¿Y qué? ¿No te has dado cuenta -dije- de que las opiniones sin conocimiento son todas defectuosas? Pues las mejores de entre ellas son ciegas. ¿O crees que difieren en algo de unos ciegos que van por buen camino aquellos que profesan una opinión recta, pero sin conocimiento?
-En nada -dijo.
-¿Quieres, entonces, ver cosas feas, ciegas y tuertas cuando podrías oírlas claras y hermosas de labios de otros?
-¡Por Zeus! -dijo Glaucón-. No te detengas, ¡oh, Sócrates!, como si hubieses llegado ya al final. A nosotros nos basta que, como nos explicaste lo que eran la justicia, templanza y demás virtudes, del mismo modo nos expliques igualmente lo que es el bien.
-También yo, compañero -dije-, me daría por plenamente satisfecho. Pero no sea que resulte incapaz de hacerlo y provoque vuestras risas con mis torpes esfuerzos. En fin, dejemos por ahora, mis bienaventurados amigos, lo que pueda ser lo bueno en sí, pues me parece un tema demasiado elevado para que, con el impulso que llevamos ahora, podamos llegar en este momento [549] a mi concepción acerca de ello. En cambio estoy dispuesto a hablaros de algo que parece ser hijo del bien y asemejarse sumamente a él; eso si a vosotros os agrada, y si no lo dejamos.
-Háblanos, pues -dijo-. Otra vez nos pagarás tu deuda con la descripción del padre.
-¡Ojalá -dije- pudiera yo pagarla y vosotros percibirla entera en vez de contentaros, como ahora, con los intereses! En fin, llevaos, pues, este hijo del bien en sí, este interés producido por él; mas cuidad de que yo no os engañe involuntariamente pagándoos los réditos en moneda falsa [550] .
-Tendremos todo el cuidado posible -dijo-. Pero habla ya.
-Sí -contesté-, pero después de haberme puesto de acuerdo con vosotros y de haberos recordado lo que se ha dicho antes y se había dicho ya muchas otras veces [551] .
-¿Qué? -dijo.
-Afirmamos y definimos en nuestra argumentación -dije- la existencia [552] de muchas cosas buenas y muchas cosas hermosas y muchas también de cada una de las demás clases.
-En efecto, así lo afirmamos.
-Y que existe, por otra parte, lo bello en sí y lo bueno en sí; y del mismo modo, con respecto a todas las cosas que antes definíamos como múltiples, consideramos, por el contrario, cada una de ellas como correspondiente a una sola idea, cuya unidad suponemos, y llamamos a cada cosa "aquello que es".
-Tal sucede.
-Y de lo múltiple decimos que es visto, pero no concebido, y de las ideas, en cambio, que son concebidas, pero no vistas.
-En absoluto.
-Ahora bien, ¿con qué parte de nosotros vemos lo que es visto?
-Con la vista -dijo.
-¿Y no percibimos -dije- por el oído lo que se oye y por medio de los demás sentidos todo lo que se percibe?
-¿Cómo no?
-¿No has observado -dije- de cuánta mayor generosidad usó el artífice de los sentidos para con la facultad de ver y ser visto?
-No, en modo alguno -dijo.
-Pues considera lo siguiente: ¿existe alguna cosa de especie distinta que les sea necesaria al oído para oír o a la voz para ser oída; algún tercer elemento en ausencia del cual no podrá oír el uno ni ser oída la otra?
-Ninguna -dijo [553] .
-Y creo también -dije yo- que hay muchas otras facultades,por nodecirtodas, que no necesitan de nada semejante. ¿O puedes tú citarme alguna?
-No, por cierto -dijo.
-Y en cuanto a la facultad de ver y ser visto, ¿no te has dado cuenta de que ésta sí que necesita?
-¿Cómo?
-Porque aunque, habiendo vista en los ojos, quiera su poseedor usar de ella y esté presente el color en las cosas, sabes muy bien que, si no se añade la tercera especie particularmente constituida para este mismo objeto, ni la vista verá nada ni los colores serán visibles.
-¿Y qué es eso -dijo- a que te refieres?
-Aquello -contesté- a lo que tú llamas luz.
-Tienes razón -dijo.
-No es pequeña, pues, la medida en que, por lo que toca a excelencia, supera el lazo de unión entre el sentido de la vista y la facultad de ser visto a los que forman las demás uniones; a no ser que la luz sea algo despreciable.
-No -dijo-; está muy lejos de serlo.
Platón - La República





VII

I. -Y a continuación -seguí- compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza [568] . Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea [569] provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y a lo largo del camino suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público [570] , por encima de las cuales exhiben aquéllos sus maravillas.
-Ya lo veo -dijo.
-Púes bien, contempla ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.
-Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños pioneros!
-Iguales que nosotros -dije-, porque, en primer lugar ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?
-¡Cómo -dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?
-¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo?
-¿Qué otra cosa van a ver?
-Y, si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos?
Forzosamente.
-¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar?
-No, ¡por Zeus! -dijo.
-Entonces no hay duda -dije yo- de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados.
-Es enteramente forzoso -dijo.
-Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia y si, conforme a naturaleza [571] , les ocurriera lo siguiente. Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales, goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?
-Mucho más -dijo.

II. -Y, sise le obligara a fijar su vista en la luz misma, ¿no crees que le dolerían los ojos y que se escaparía volviéndose hacia aquellos objetos que puede contemplar, y que consideraría que éstos son realmente más claros que los que le muestran?
-Así es -dijo.
-Y, si se lo llevaran de allí a la fuerza -dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado y, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
-No, no sería capaz -dijo-, al menos por el momento.
-Necesitaría acostumbrarse, creo yo, para poder llegar a ver las cosas de arriba. Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras, luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos. Y después de esto le sería más fácil el contemplar de noche las cosas del cielo y el cielo mismo, fijando su vista en la luz de las estrellas y la luna, que el ver de día el sol y lo que le es propio.
-¿Cómo no?
-Y por último, creo yo, sería el sol, pero no sus imágenes reflejadas en las aguas ni en otro lugar ajeno a él, sino el propio sol en su propio dominio y tal cual es en sí mismo, lo que él estaría en condiciones de mirar y contemplar.
-Necesariamente -dijo.
-Y, después de esto, colegiría ya con respecto al sol que es él quien produce las estaciones y los años y gobierna todo lo de la región visible y es, en cierto modo, el autor de todas aquellas cosas que ellos veían [572] .
-Es evidente -dijo- que después de aquello vendría a pensar en eso otro.
-¿Y qué? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos?
Efectivamente.
-Y, si hubiese habido entre ellos algunos honores o alabanzas o recompensas que concedieran los unos a aquellos otros que, por discernir con mayor penetración las sombras que pasaban y acordarse mejor de cuáles de entre ellas eran las que solían pasar delante o detrás o junto con otras, fuesen más capaces que nadie de profetizar, basados en ello, lo que iba a suceder, ¿crees que sentiría aquél nostalgia de estas cosas o que envidiaría a quienes gozaran de honores y poderes entre aquéllos, o bien que le ocurriría lo de Homero, es decir, que preferiría decididamente "ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal [573] " o sufrir cualquier otro destino antes que vivir en aquel mundo de lo opinable?
-Eso es lo que creo yo -dijo-: que preferiría cualquier otro destino antes que aquella vida.
-Ahora fíjate en esto -dije-: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas como a quien deja súbitamente la luz del sol?
-Ciertamente -dijo.
-Y, si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad -y no sería muy corto el tiempo que necesitara para acostumbrarse-, ¿no daría que reír [574] y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían, si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir [575] ?
-Claro que sí-dijo.

III. -Pues bien -dije-, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh, amigo Glaucón!, a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, si las comparas con la ascensión del alma hasta la región inteligible no errarás con respecto a mi vislumbre, que es lo que tú deseas conocer y que sólo la divinidad sabe si por acaso está en lo cierto. En fin, he aquí lo que a mí me parece: en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien, pero, una vez percibida, hay que colegir que ella es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas, que, mientras en el mundo visible ha engendrado [576] la luz y al soberano de ésta, en el inteligible es ella la soberana y productora de verdad y conocimiento, y que tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.
-También yo estoy de acuerdo -dijo-, en el grado en que puedo estarlo [577] .
-Pues bien -dije-, dame también la razón en esto otro: no te extrañes de que los que han llegado a ese punto no quieran ocuparse en asuntos humanos; antes bien, sus almas tienden siempre a permanecer en las alturas, y es natural, creo yo, que así ocurra, al menos si también esto concuerda con la imagen de que se ha hablado.
-Es natural, desde luego -dijo.
-¿Y qué? ¿Crees -dije yo- que haya que extrañarse de que, al pasar un hombre de las contemplaciones divinas a las miserias humanas, se muestre torpe y sumamente ridículo cuando, viendo todavía mal y no hallándose aún suficientemente acostumbrado a las tinieblas que le rodean, se ve obligado a discutir, en los tribunales o en otro lugar cualquiera, acerca de las sombras de lo justo o de las imágenes de que son ellas reflejo y a contender acerca del modo en que interpretan estas cosas los que jamás han visto la justicia en sí [578] ?
-No es nada extraño -dijo.
-Antes bien -dije-, toda persona razonable debe recordar que son dos las maneras y dos las causas por las cuales se ofuscan los ojos: al pasar de la luz a la tiniebla y al pasar de la tiniebla a la luz. Y, una vez haya pensado que también le ocurre lo mismo al alma, no se reirá insensatamente cuando vea a alguna que, por estar ofuscada, no es capaz de discernir los objetos, sino que averiguará si es que, viniendo de una vida más luminosa, está cegada por falta de costumbre o si, al pasar de una mayor ignorancia a una mayor luz, se ha deslumbrado por el exceso de ésta; y así considerará dichosa a la primera alma, que de tal manera se conduce y vive, y compadecerá a la otra, o bien, si quiere reírse de ella, esa su risa será menos ridícula que si se burlara del alma que desciende de la luz.
-Es muy razonable -asintió- lo que dices.

IV -Es necesario, por tanto -dije-, que, si esto es verdad, nosotros consideremos lo siguiente acerca de ello: que la educación no es tal como proclaman [579] algunos que es. En efecto, dicen, según creo, que ellos proporcionan ciencia al alma que no la tiene del mismo modo que si infundieran vista a unos ojos ciegos [580] .
-En efecto, así lo dicen -convino.
-Ahora bien, la discusión de ahora -dije- muestra que esta facultad, existente en el alma de cada uno, y el órgano con que cada cual aprende deben volverse, apartándose [581] de lo que nace, con el alma entera -del mismo modo que el ojo no es capaz de volverse hacia la luz, dejando la tiniebla, sino en compañía del cuerpo entero- hasta que se hallen en condiciones de afrontar la contemplación del ser e incluso de la parte más brillante del ser, que es aquello a lo que llamamos bien. ¿No es eso?
-Eso es.
-Por consiguiente -dije- puede haber un arte de descubrir cuál será la manera más fácil y eficaz para que este órgano se vuelva; pero no de infundirle visión, sino de procurar que se corrija lo que, teniéndola ya, no está vuelto adonde debe ni mira adonde es menester.
-Tal parece -dijo.
-Y así, mientras las demás virtudes, las llamadas virtudes del alma, es posible que sean bastante parecidas a las del cuerpo -pues, aunque no existan en un principio, pueden realmente ser más tarde producidas por medio de la costumbre y el ejercicio-, en la del conocimiento se da el caso de que parece pertenecer a algo ciertamente más divino que jamás pierde su poder y que, según el lugar a que se vuelva, resulta útil y ventajoso o, por el contrario, inútil y nocivo. ¿O es que no has observado con cuánta agudeza percibe el alma miserable de aquellos de quienes se dice que son malos, pero inteligentes, y con qué penetración discierne aquello hacia lo cual se vuelve, porque no tiene mala vista y está obligada a servir a la maldad, de manera que, cuanto mayor sea la agudeza de su mirada, tantos más serán los males que cometa el alma?
-En efecto -dijo.
-Pues bien -dije yo-, si el ser de tal naturaleza hubiese sido, ya desde niño, sometido a una poda y extirpación de esa especie de excrecencias plúmbeas, emparentadas con la generación, que, adheridas por medio de la gula y de otros placeres y apetitos semejantes, mantienen vuelta hacia abajo [582] la visión del alma; si, libre ésta de ellas, se volviera de cara a lo verdadero, aquella misma alma de aquellos mismos hombres lo vería también con la mayor penetración de igual modo que ve ahora aquello hacia lo cual está vuelta [583] .
-Es natural -dijo.
-¿Y qué? -dije yo-. ¿No es natural y no se sigue forzosamente de lo dicho que ni los ineducados y apartados de la verdad son jamás aptos para gobernar una ciudad ni tampoco aquellos a los que se permita seguir estudiando hasta el fin; los unos, porque no tienen en la vida ningún objetivo particular apuntando al cual deberían obrar en todo cuanto hiciesen durante su vida pública y privada y los otros porque, teniéndose por transportados en vida a las islas de los bienaventurados, no consentirán en actuar?
-Es cierto -dijo.
-Es, pues, labor nuestra -dije yo-, labor de los fundadores, el obligar a las mejores naturalezas a que lleguen al conocimiento del cual decíamos antes que era el más excelso y vean el bien y verifiquen la ascensión aquella; y, una vez que, después de haber subido, hayan gozado de una visión suficiente, no permitirles lo que ahora les está permitido.
-¿Y qué es ello?
-Que se queden allí -dije- y no accedan a bajar de nuevo junto a aquellos prisioneros ni a participar en sus trabajos ni tampoco en sus honores, sea mucho o poco lo que éstos valgan.
-Pero entonces -dijo-, ¿les perjudicaremos y haremos que vivan peor siéndoles posible el vivir mejor?

V -Te has vuelto a olvidar [584] , querido amigo -dije-, de que a la ley no le interesa nada que haya en la ciudad una clase que goce de particular felicidad, sino que se esfuerza por que ello le suceda a la ciudad entera y por eso introduce armonía entre los ciudadanos por medio de la persuasión o de la fuerza, hace que unos hagan a otros partícipes de los beneficios con que cada cual pueda ser útil a la comunidad y ella misma forma en la ciudad hombres de esa clase, pero no para dejarles que cada uno se vuelva hacia donde quiera, sino para usar ella misma de ellos con miras a la unificación del Estado.
-Es verdad -dijo-. Me olvidé de ello.
-Pues ahora -dije- observa, ¡oh, Glaucón!, que tampoco vamos a perjudicar a los filósofos que haya entre nosotros, sino a obligarles, con palabras razonables, a que se cuiden de los demás y les protejan. Les diremos que es natural que las gentes tales que haya en las demás ciudades no participen de los trabajos de ellas, porque se forman solos, contra la voluntad de sus respectivos gobiernos, y, cuando alguien se forma solo y no debe a nadie su crianza, es justo que tampoco se preocupe de reintegrar a nadie el importe de ella. Pero a vosotros [585] os hemos engendrado nosotros, para vosotros mismos y para el resto de la ciudad, en calidad de jefes y reyes, como los de las colmenas [586] , mejor y más completamente educados que aquéllos y más capaces, por tanto, de participar de ambos aspectos [587] . Tenéis, pues, que ir bajando uno tras otro a la vivienda de los demás y acostumbraros a ver en la oscuridad. Una vez acostumbrados, veréis infinitamente mejor que los de allí y conoceréis lo que es cada imagen [588] y de qué lo es, porque habréis visto ya la verdad con respecto a lo bello y a lo justo y a lo bueno. Y así la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día [589] y no entre sueños, como viven ahora la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras o se disputan el mando como si éste fuera algún gran bien. Mas la verdad es, creo yo, lo siguiente: la ciudad en que estén menos ansiosos por ser gobernantes quienes hayan de serlo, ésa ha de ser forzosamente la que viva mejor y con menos disensiones que ninguna; y la que tenga otra clase de gobernantes, de modo distinto.
-Efectivamente -dijo.
-¿Crees, pues, que nos desobedecerán los pupilos cuando oigan esto y se negarán a compartir por turno los trabajos de la comunidad viviendo el mucho tiempo restante todos juntos y en el mundo de lo puro?
-Imposible -dijo-. Pues son hombres justos a quienes ordenaremos cosas justas. Pero no hay duda de que cada uno de ellos irá al gobierno como a algo inevitable al revés que quienes ahora gobiernan en las distintas ciudades.
-Así es, compañero -dije yo-. Si encuentras modo de proporcionar a los que han de mandar una vida mejor que la del gobernante, es posible que llegues a tener una ciudad bien gobernada, pues ésta será la única en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que poseer en abundancia para ser feliz: una vida buena y juiciosa. Pero donde son mendigos y hambrientos de bienes personales los que van a la política creyendo que es de ahí de donde hay que sacar las riquezas, allí no ocurrirá así. Porque, cuando el mando se convierte en objeto de luchas, esa misma guerra doméstica e intestina los pierde tanto a ellos como al resto de la ciudad.
-Nada más cierto -dijo.
-Pero ¿conoces -dije- otra vida que desprecie los cargos políticos excepto la del verdadero filósofo?
-No, ¡por Zeus! -dijo.
-Ahora bien, no conviene que se dirijan al poder en calidad de amantes de él, pues, si lo hacen, lucharán con ellos otros pretendientes rivales.
-¿Cómo no?
-Entonces, ¿a qué otros obligarás a dedicarse a la guarda de la ciudad sino a quienes, además de ser los más entendidos acerca de aquello por medio de lo cual se rige mejor el Estado, posean otros honores y lleven una vida mejor que la del político?
-A ningún otro -dijo.

VI. -¿Quieres, pues, que a continuación examinemos de qué manera se formarán tales personas y cómo se les podrá sacar a la luz, del mismo modo que, según se cuenta, ascendieron algunos [590] desde el Hades hasta los dioses?
-¿Cómo no he de querer? -dijo.
-Pero esto no es, según parece, un simple lance de tejuelo [591] , sino un volverse el alma desde el día nocturno hacia el verdadero; una ascensión hacia el ser de la cual diremos que es la auténtica filosofía.
-Efectivamente.
-¿No hay, pues, que investigar cuál de las enseñanzas tiene un tal poder?
-¿Cómo no?
-Pues bien, ¿cuál podrá ser, oh, Glaucón, la enseñanza que atraiga el alma desde lo que nace hacia lo que existe? Mas al decir esto se me ocurre lo siguiente. ¿No afirmamos [592] que era forzoso que éstos fuesen en su juventud atletas de guerra?
-Tal dijimos, en efecto.
-Por consiguiente es necesario que la enseñanza que buscamos tenga, además de aquello, esto otro.
¿Qué?
-El no ser inútil para los guerreros.
-Desde luego -dijo-; así debe ser si es posible.
-Ahora bien, antes [593] les educamos por medio de la gimnástica yla música.
-Así es -dijo.
-En cuanto a la gimnástica, ésta se afana [594] en torno a lo que nace y muere, pues es el crecimiento y decadencia del cuerpo lo que ella preside.
-Tal parece.
-Entonces no será esta la enseñanza que buscamos.
-No, no lo es.
-¿Acaso lo será la música tal como en un principio la describimos?
-Pero aquélla -dijo- no era, si lo recuerdas [595] , más que una contrapartida de la gimnástica: educaba a los guardianes por las costumbres; les procuraba, por medio de la armonía, cierta proporción armónica, pero no conocimiento, y por medio del ritmo, la eurritmia; y en lo relativo a las narraciones, ya fueran fabulosas o verídicas, presentaba algunos otros rasgos -siguió diciendo- semejantes a éstos. Pero no había en ella ninguna enseñanza que condujera a nada tal como lo que tú investigas ahora.
-Me lo recuerdas con gran precisión -dije-. En efecto, no ofrecía nada semejante. Pues entonces, ¿cuál podrá ser, oh, bendito Glaucón, esa enseñanza? Porque como nos ha parecido, según creo [596] , que las artes eran todas ellas innobles...
-¿Cómo no? ¿Pues qué otra enseñanza nos queda ya, aparte de la música y de la gimnástica y de las artes?
-Si no podemos dar con ninguna -dije yo- que no esté incluída entre éstas, tomemos, pues, una de las que se aplican a todas ellas.
-¿Cuál?
-Por ejemplo, aquello tan general de que usan todas las artes y razonamientos [597] y ciencias; lo que es forzoso que todos aprendan en primer lugar.
-¿Qué es ello? -dijo.
-Eso tan vulgar -dije- de conocer el uno y el dos y el tres. En una palabra, yo le llamo número y cálculo. ¿O no ocurre con esto que toda arte y conocimiento se ven obligados a participar de ello?
-Muy cierto -dijo.
-¿No lo hace también -dije- la ciencia militar?
-Le es absolutamente forzoso -dijo.
-En efecto -dije-, es un general enteramente ridículo el Agamenón que Palamedes [598] nos presenta una y otra vez en las tragedias. ¿No has observado que Palamedes dice haber sido él quien, por haber inventado los números, asignó los puestos al ejército que acampaba ante Ilión y contó las naves y todo lo demás, y parece como si antes de él nada hubiese sido contado y como si Agamenón no pudiese decir, por no saber tampoco contar, ni siquiera cuántos pies tenía [599] . Pues entonces, ¿qué clase de general piensas que fue?
-Extraño ciertamente -dijo- si eso fuera verdad.

VII. -¿No consideraremos, pues -dije-, como otro conocimiento indispensable para un hombre de guerra el hallarse en condiciones de calcular y contar?
-Más que ningún otro -dijo- para quien quiera entender algo, por poco que sea, de organización o, mejor dicho, para quien quiera ser un hombre.
-Pues bien -dije-, ¿observas lo mismo que yo con respecto a este conocimiento?
-¿Qué es ello?
-Podría bien ser uno de los que buscamos y que conducen naturalmente a la comprensión; pero nadie se sirve debidamente de él a pesar de que es absolutamente apto para atraer hacia la esencia.
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
-Intentaré enseñarte -dije- lo que a mí al menos me parece. Ve contemplando junto conmigo las cosas que yo voy a ir clasificando entre mí como aptas o no aptas para conducir adonde decimos y afirma o niega a fin de que veamos con mayor evidencia si esto es como yo lo imagino.
-Enséñame -dijo.
-Pues bien -dije-, te enseño, si quieres contemplarlas, que, entre los objetos de la sensación, los hay que no invitan a la inteligencia a examinarlos, por ser ya suficientemente juzgados por los sentidos; y otros, en cambio, que la invitan insistentemente a examinarlos, porque los sentidos no dan nada aceptable.
-Es evidente -dijo- que te refieres a las cosas que se ven de lejos y a las pinturas con sombras [600] .
-No has entendido bien -contesté- lo que digo. -¿Pues a qué te refieres? -dijo.
-Los que no la invitan -dije- son cuantos no desembocan al mismo tiempo en dos sensaciones contradictorias. Y los que desembocan los coloco entre los que la invitan, puesto que, tanto si son impresionados de cerca como de lejos, los sentidos no indican que el objeto sea más bien esto que lo contrario. Pero comprenderás más claramente lo que digo del siguiente modo. He aquí lo que podríamos llamar tres dedos: el más pequeño, el segundo y el medio [601] .
-Desde luego -dijo.
-Fíjate en que hablo de ellos como de algo visto de cerca. Ahora bien, obsérvamelo siguiente con respecto a ellos.
-¿Qué?
-Cada uno se nos muestra igualmente como un dedo y en esto nada importa que se le vea en medio o en un extremo, blanco o negro, grueso o delgado, o bien de cualquier otro modo semejante. Porque en todo ello no se ve obligada el alma de los más [602] a preguntar a la inteligencia qué cosa sea un dedo, ya que en ningún caso le ha indicado la vista que el dedo sea al mismo tiempo lo contrario de un dedo.
-No, en efecto -dijo.
-De modo que es natural -dije- que una cosa así no llame ni despierte al entendimiento.
-Es natural.
-¿Y qué? Por lo que toca a su grandeza o pequeñez, ¿las distingue acaso suficientemente la vista y no le importa a ésta nada el que uno de ellos esté en medio o en un éxtremo? ¿Y le ocurre lo mismo al tacto con el grosor yladelgadez o la blandura y la dureza? Y los demás sentidos, ¿no proceden acaso de manera deficiente al revelar estas cosas? ¿O bien es del siguiente modo como actúa cada uno de ellos, viéndose ante todo obligado a encargarse también de lo blando el sentido que ha sido encargado de lo duro y comunicando éste al alma que percibe cómo la misma cosa es a la vez dura y blanda?
-De ese modo -dijo.
-Pues bien -dije-, ¿no es forzoso que, en tales casos, el alma se pregunte por su parte con perplejidad qué entiende esta sensación por duro, ya que de lo mismo dice también que es blando, y qué entiende la de lo ligero y pesado por ligero y pesado, puesto que llama ligero a lo pesado ypesado a lo ligero?
-Efectivamente -dijo-, he ahí unas comunicaciones extrañas para el alma y que reclaman consideración.
-Es, pues, natural -dije yo- que en caso semejante comience el alma por llamar al cálculo y la inteligencia e intente investigar con ellos si son una o dos las cosas anunciadas en cada caso.
-¿Cómo no?
-Mas, si resultan ser dos, ¿no aparecerá cada una de ellas como una y distinta de la otra?
-Sí.
-Ahora bien, si cada una de ellas es una y ambas juntas son dos, las concebirá a las dos como separadas, pues si no estuvieran separadas no las concebiría como dos, sino como una.
-Bien.
-Así, pues, la vista también veía, según decimos, lo grande y lo pequeño, pero no separado, sino confundido. ¿No es eso?
-Sí.
-Y para aclarar esta confusión, la mente se ha visto obligada a ver lo grande y lo pequeño no confundido, sino separado, al contrario que aquélla.
-Cierto.
-Pues bien, ¿no es de aquí de donde comienza a venirnos el preguntar qué es lo grande y qué lo pequeño?
-En un todo.
-Y de la misma manera llamamos a lo uno inteligible y a lo otro visible.
-Muy exacto -dijo.

VIII. -Pues bien, eso es lo que yo quería decir cuando afirmaba hace un momento que hay cosas provocadoras de la inteligencia y otras no provocadoras y cuando a las que penetran en los sentidos en compañía de las opuestas a ellas las definía como provocadoras y a las que no como no despertadoras de la inteligencia.
-Ya me doy cuenta -dijo- y así opino también.
-¿Y qué? El número y la unidad, ¿de cuáles te parece queson?
-No tengo idea -dijo.
-Pues juzga -dije- por lo expuesto. Si la unidad es contemplada -o percibida por cualquier otro sentido- de manera suficiente y en sí misma, no será de las cosas que atraen hacia la esencia, como decíamos del dedo; pero, si hay siempre algo contrario que sea visto al mismo tiempo que ella, de modo que no parezca más la unidad que lo opuesto a ésta, entonces hará falta ya quien decida y el alma se verá en tal caso forzada a dudar y a investigar, poniendo en acción dentro de ella el pensamiento, y a preguntar qué cosa es la unidad en sí, y con ello la aprehensión de la unidad será de las que conducen y hacen volverse hacia la contemplación del ser.
-Pero esto -dijo- ocurre en no pequeño grado con la visión de ella, pues vemos la misma cosa como una y como infinita multitud.
-Pues si tal ocurre a la unidad -dije yo-, ¿no les ocurrirá también lo mismo a todos los demás números?
-¿Cómo no?
-Ahora bien, toda la logística [603] y aritmética tienen por objeto el número.
-En efecto.
-Y así resultan aptas para conducir ala verdad.
-Sí, extraordinariamente aptas.
-Entonces parece que son de las enseñanzas que buscamos. En efecto, el conocimiento de estas cosas le es indispensable al guerrero a causa de la táctica y al filósofo por la necesidad de tocar la esencia emergiendo del mar de la generación [604] , sin lo cual no llegará jamás a ser un calculador [605] .
-Así es -dijo.
-Ahora bien, se da el caso de que nuestro guardián es guerrero y filósofo.
-¿Cómo no?
-Entonces, ¡oh, Glaucón!, convendría implantar por ley esta enseñanza e intentar persuadir a quienes vayan a participar en las más altas funciones de la ciudad para que se acerquen a la logística y se apliquen a ella no de una manera superficial, sino hasta que lleguen a contemplar la naturaleza de los números con la sola ayuda de la inteligencia y no ejercitándola con miras a las ventas o compras, como los comerciantes y mercachifles, sino a la guerra y a la mayor facilidad con que el alma misma pueda volverse de la generación a la verdad y la esencia.
-Muy bien dicho -contestó.
-Y he aquí -dije yo- que, al haberse hablado ahora de la ciencia relativa a los números, observo también cuán sutil es ésta y cuán beneficiosa en muchos aspectos para nosotros con relación a lo que perseguimos; eso siempre que uno la practique con miras al conocimiento, no al trapicheo.
-¿Por qué? -dijo.
-Por lo que ahora decíamos: porque eleva el alma muy arriba y la obliga a discurrir sobre los números en sí no tolerando en ningún caso que nadie discuta con ella aduciendo números dotados de cuerpos visibles o palpables: Ya sabes, creo yo, que quienes entienden de estas cosas se ríen del que en una discusión intenta dividir la unidad en sí y no lo admiten; antes bien, si tú la divides, ellos la multiplican, porque temen que vaya a aparecer la unidad no como unidad, sino como reunión de varias partes.
-Gran verdad -asintió- la que dices.
-¿Qué crees, pues, oh, Glaucón? Si alguien les preguntara: "¡Oh, hombres singulares! ¿Qué números son esos sobre que discurrís, en los que las unidades son tales como vosotros las suponéis, es decir, son iguales todas ellas entre sí, no difieren en lo más mínimo las unas de las otras y no contienen en sí ninguna parte?" ¿Qué crees que responderían?
-Yo creo que dirían que hablan de cosas en las cuales no cabe más que pensar sin que sea posible manejarlas de ningún otro modo.
-¿Ves, pues, oh, mi querido amigo -dije yo-, cómo este conocimiento parece sernos realmente necesario, puesto que resulta que obliga al alma a usar de la inteligencia para alcanzar la verdad en sí?
-Efectivamente -dijo-, sí que lo hace.
-¿Y qué? ¿Has observado que a aquellos a los que la naturaleza ha hecho calculadores les ha dotado también de prontitud para comprender todas o casi todas las ciencias [606] , y que, cuando los espíritus tardos son educados y ejercitados en esta disciplina, sacan de ella, si no otro provecho, al menos el hacerse todos más vivaces de lo que antes eran?
-Así es -dijo.
-Y verdaderamente creo yo que no te sería fácil encontrar muchas enseñanzas que cuesten más trabajo que ésta a quien la aprende y se ejercita en ella.
-No, en efecto.
-Razones todas por las cuales no hay que dejarla; antes bien, los mejor dotados deben ser educados en ella.
-De acuerdo -dijo.

IX. -Pues bien -dije-, dejemos ya sentada esta primera cosa. Pero hay una segunda que sigue a ella de la que debemos considerar si tal vez nos interesa [607] .
-¿Qué es ello? ¿Te refieres acaso -dijo- a la geometría [608] ?
-A eso mismo -dije yo.
-Pues en cuanto de ella se relaciona con las cosas de la guerra -dijo-, es evidente que sí que nos interesa. Porque en lo que toca a los campamentos y tomas de posiciones y concentraciones y despliegues de tropas y a todas las demás maniobras que, tanto en las batallas mismas como en las marchas, ejecutan los ejércitos, una misma persona procederá de manera diferente si es geómetra que si no lo es [609] .
-Sin embargo -dije-, para tales cosas sería suficiente una pequeña parte de la geometría y del cálculo. Pero es precisamente la mayor y más avanzada parte de ella la que debemos examinar para ver si tiende a aquello que decíamos, a hacer que se contemple más fácilmente la idea del bien. Y tienden a ese fin, decimos, todas las cosas que obligan al alma a volverse hacia aquel lugar en que está lo más dichoso de cuanto es [610] , lo que a todo trance tiene ella que ver.
-Dices bien -asintió.
-De modo que si obliga a contemplar la esencia, conviene; y si la generación, no conviene.
-Tal decimos, en efecto.
-Pues bien -dije yo-, he aquí una cosa que cuantos sepan algo, por poco que sea, de geometría no nos irán a discutir: que con esta ciencia ocurre todo lo contrario de lo que dicen de ella cuantos la practican.
-¿Cómo? -dijo.
-En efecto, su lenguaje es sumamente ridículo y forzado, pues hablan como si estuvieran obrando y como si todas sus explicaciones las hicieran con miras a la práctica, y emplean toda clase de términos tan pomposos como "cuadrar", "aplicar" y "adicionar [611] "; sin embargo, toda esta disciplina es, según yo creo, de las que se cultivan con miras al conocimiento.
-Desde luego -dijo.
-¿Y no hay que convenir también en lo siguiente?
-¿En qué?
-En que es cultivada con miras al conocimiento de lo que siempre existe, pero no de lo que en algún momento nace o muere.
-Nada cuesta convenir en ello -dijo-; en efecto, la geometría es conocimiento de lo que siempre existe.
-Entonces, ¡oh, mi noble amigo!, atraerá el alma hacia la verdad y formará mentes filosóficas que dirijan hacia arriba aquello que ahora dirigimos indebidamente hacia abajo.
-Sí, y en gran manera -dijo.
-Pues bien -repliqué-, en gran manera también hay que ordenar a los de tu Calípolis [612] que no se aparten en absoluto de la geometría. Porque tampoco son exiguas sus ventajas accesorias.
-¿Cuáles? -dijo.
-No sólo -dije- las que tú mismo citaste con respecto a la guerra, sino que también sabemos que, por lo que toca a comprender más fácilmente en cualquier otro estudio, existe una diferencia total y absoluta entre quien se ha acercado a la geometría y quien no.
-Sí, ¡por Zeus!, una diferencia absoluta -dijo. -¿Establecemos, pues, ésta como segunda enseñanza paralos jóvenes?
-Establezcámosla -dijo.

X. -¿Y qué? ¿Establecemos como tercera la astronomía? ¿O no estás de acuerdo?
-Sí por cierto -dijo-. Pues el hallarse en condiciones de reconocer bien los tiempos del mes o del año no sólo es útil para la labranza y el pilotaje, sino también no menos para el arte estratégico [613] .
-Me haces gracia -dije-, porque pareces temer al vulgo, no crean que prescribes enseñanzas inútiles. Sin embargo, no es en modo alguno despreciable, aunque resulte difícil de creer, el hecho de que por estas enseñanzas es purificado y reavivado, cuando está corrompido y cegado por causa de las demás ocupaciones, el órgano del alma de cada uno que, por ser el único con que es contemplada la verdad, resulta más digno de ser conservado que diez mil ojos. Ahora bien, los que profesan esta misma opinión juzgarán que es imponderable la justeza con que hablas; pero quienes no hayan reparado en ninguna de estas cosas pensarán, como es natural, que no vale nada lo que dices, porque no ven que estos estudios produzcan ningún otro beneficio digno de mención. Considera, pues, desde ahora mismo con quiénes estás hablando; o si tal vez no hablas ni con unos ni con otros, sino que eres tú mismo a quien principalmente diriges tus argumentos, sin llevar a mal, no obstante, que haya algún otro que pueda acaso obtener algún beneficio de ellos.
-Eso es lo que prefiero -dijo-: hablar, preguntar y responder sobre todo para provecho mío.
-Entonces -dije yo- vuelve hacia atrás, pues nos hemos equivocado cuando, hace un momento, tomamos lo que sigue ala geometría [614] .
-¿Pues cómo lo tomamos? -dijo.
-Después de las superficies -dije yo- tomamos el sólido que está ya en movimiento sin haberlo considerado antes en sí mismo. Pero lo correcto es tomar, inmediatamente después del segundo desarrollo, el tercero. Y esto versa, según creo, sobre el desarrollo de los cubos y sobre lo`que participa de profundidad [615] .
-Así es -dijo-. Mas esa es una cuestión, ¡oh, Sócrates!, que me parece no estar todavía resuelta [616] .
-Y ello, por dos razones -dije yo-: porque, al no haber ninguna ciudad que los estime debidamente, estos conocimientos, ya de por sí difíciles, son objeto de una investigación poco intensa; y porque los investigadores necesitan de un director, sin el cual no serán capaces de descubrir nada, y este director, en primer lugar, es dificil que exista, y en segundo, aun suponiendo que existiera, en las condiciones actuales [617] no le obedecerían, movidos de su presunción, los que están dotados para investigar sobre estas cosas. Pero, si fuese la ciudad entera quien, honrando debidamente estas cuestiones, ayudase en su tarea al director, aquéllos obedecerían y, al ser investigadas de manera constante y enérgica, las cuestiones serían elucidadas en cuanto a su naturaleza, puesto que aun ahora, cuando son menospreciadas y entorpecidas por el vulgo e incluso por los que las investigan sin darse cuenta de cuál es el aspecto en que son útiles, a pesar de todos estos obstáculos, medran, gracias a su encanto, y no sería nada sorprendente que salieran a la luz.
-En efecto -dijo-, su encanto es extraordinario. Pero repíteme con más claridad lo que decías hace un momento. Ponías ante todo, si mal no recuerdo, el estudio de las superficies, es decir, la geometría.
-Sí -dije yo.
-Y después -dijo-, al principio pusiste detrás de ella la astronomía; pero luego te volviste atrás.
-Es que -dije- el querer exponerlo todo con demasiada rapidez me hace ir más despacio [618] . Pues a continuación viene el estudio del desarrollo en profundidad; pero como no ha originado sino investigaciones ridículas, lo pasé por alto y, después de la geometría, hablé de la astronomía, es decir, del movimiento en profundidad [619] .
-Bien dices -asintió.
-Pues bien -dije-, pongamos la astronomía como cuarta enseñanza dando por supuesto que la ciudad contará con la disciplina que ahora hemos omitido tan pronto como quiera ocuparse de ella.
-Es natural -dijo él-. Pero como hace poco me reprendías, ¡oh, Sócrates!, por alabar la astronomía en forma demasiado cargante, ahora lo voy a hacer desde el punto de vista en que tú la tratas. En efecto, me parece evidente para todos que ella obliga al alma a mirar hacia arriba y la lleva de las cosas de aquí a las de allá [620] .
-Quizá -contesté- sea evidente para todos, pero no para mí. Porque yo no creo lo mismo.
-¿Pues qué crees? -dijo.
-Que, tal como la tratan hoy los que quieren elevarnos hasta su filosofia, lo que hace es obligar a mirar muy hacia abajo.
-¿Cómo dices? -preguntó.
-Que no es de mezquina de lo que peca, según yo creo -dije-, la idea que te formas sobre lo que es la disciplina referente a lo de arriba. Supongamos que una persona observara algo al contemplar, mirando hacia arriba, la decoración de un techo; tú pareces creer que este hombre contempla con la inteligencia y no con los ojos. Quizá seas tú el que juzgues rectamente y estúpidamente yo; pero, por mi parte, no puedo creer que exista otra ciencia que haga al alma mirar hacia arriba sino aquella que versa sobre lo existente e invisible; pero, cuando es una de las cosas sensibles la que intenta conocer una persona, yo afirmo que, tanto si mira hacia arriba con la boca abierta como hacia abajo con ella cerrada, jamás la conocerá, porque ninguna de esas cosas es objeto de conocimiento, y su alma no mirará hacia lo alto, sino hacia abajo ni aun en el caso de que intente aprenderlas nadando boca arriba por la tierra o por el mar.

XI. -Lo tengo bien merecido -dijo-; con razón me reprendes. Pero ¿de qué manera, distinta de la usual, decías que era menester aprender la astronomía para que su conocimiento fuera útil con respecto a lo que decimos?
-Del modo siguiente -dije yo-: de estas tracerías con que está bordado el cielo hay que pensar que son, es verdad, lo más bello y perfecto que en su género existe; pero también que, por estar labradas en materia visible, desmerecen en mucho de sus contrapartidas verdaderas, es decir, de los movimientos con que, en relación la una con la otra y según el verdadero número y todas las verdaderas figuras, se mueven, moviendo a su vez lo que hay en ellas, la rapidez en sí y la lentitud en sí, movimientos que son perceptibles para la razón y el pensamiento, pero no para la vista. ¿O es que crees otra cosa [621] ?
-En modo alguno -dijo.
-Pues bien -dije-, debemos servirnos de ese cielo recamado como de un ejemplo que nos facilite la comprensión de aquellas cosas, del mismo modo que si nos hubiésemos encontrado con unos dibujos exquisitamente trazados y trabajados por mano de Dédalo o de algún otro artista o pintor. En efecto, me figuro yo que cualquiera que entendiese de geometría reconocería, al ver una tal obra, que no la había mejor en cuanto a ejecución; pero consideraría absurdo el ponerse a estudiarla en serio con idea de encontrar en ella la verdad acerca de lo igual o de lo doble o de cualquier otra proporción.
-¿Cómo no va a ser absurdo? -dijo.
-Pues bien, al que sea realmente astrónomo -dije yo-, ¿no crees que le ocurrirá lo mismo cuando mire a los movimientos de los astros? Considerará, en efecto, que el artífice del cielo ha reunido, en él y en lo que hay en él, la mayor belleza que es posible reunir en semejantes obras; pero, en cuanto a la proporción de la noche con respecto al día y de éstos con respecto al mes y del mes con respecto_al año y de los demás astros relacionados entre sí y con aquéllos [622] , ¿no crees que tendrá por un ser extraño a quien opine que estas cosas ocurren siempre del mismo modo y que, aun teniendo cuerpos y siendo visibles, no varían jamás en lo más mínimo, e intente por todos los medios buscar la verdad sobre ello?
-Tal es mi opinión -contestó- ahora que te lo oigo decir.
-Entonces -dije yo- practicaremos la astronomía del mismo modo que la geometría, valiéndonos de problemas, y dejaremos las cosas del cielo si es que queremos tornar de inútil en útil, por medio de un verdadero trato con la astronomía, aquello que de inteligente hay por naturaleza en el alma.
-Verdaderamente -dijo- impones una tarea muchas veces mayor que la que ahora realizan los astrónomos.
-Y creo también -dije yo- que si para algo servimos en calidad de legisladores, nuestras prescripciones serán similares en otros aspectos.

XII. -Pero ¿puedes recordarme alguna otra de las enseñanzas adecuadas?
-No puedo -dijo-, al menos así, de momento.
-Pues no es una sola -contesté-, sino muchas las formas que, en mi opinión, presenta el movimiento. Todas ellas las podría tal vez nombrar el que sea sabio; pero las que nos saltan a la vista incluso a nosotros son dos.
-¿Cuáles?
-Además de la citada -dije yo-, la que responde a ella.
-¿Cuál es ésa?
-Parece -dije- que, así como los ojos han sido constituidos para la astronomía, del mismo modo los oídos lo han sido con miras al movimiento armónico y estas ciencias son como hermanas entre sí, según dicen los pitagóricos, con los cuales, ¡oh, Glaucón!, estamos de acuerdo también nosotros. ¿O de qué otro modo opinamos [623] ?
-Así -dijo.
-Pues bien -dije yo-, como la labor es mucha, les preguntaremos a ellos qué opinan sobre esas cosas y quizá sobre otras; pero sin dejar nosotros de mantener constantemente nuestro principio [624] .
-¿Cuál?
-Que aquellos a los que hemos de educar no vayan a emprender un estudio de estas cosas que resulte imperfecto o que no llegue infaliblemente al lugar a que es preciso que todo llegue, como decíamos hace poco de la astronomía. ¿O no sabes que también hacen otro tanto con la armonía? En efecto, se dedican a medir uno con otro los acordes y sonidos escuchados y así se toman, como los astrónomos, un trabajo inútil.
-Sí, porlos dioses -dijo-, y también ridículo, pues hablan de no se qué espesuras [625] y aguzan los oídos como para cazar los ruidos del vecino, y, mientras los unos dicen que todavía oyen entremedias un sonido y que éste es el más pequeño intervalo que pueda darse, con arreglo al cual hay que medir, los otros sostienen, en cambio, que del mismo modo han sonado ya antes las cuerdas, y tanto unos como otros prefieren los oídos a la inteligencia [626] .
-Pero tú te refieres -dije yo- a esas buenas gentes que dan guerra a las cuerdas y las torturan, retorciéndolas con las clavijas; en fin, dejaré esta imagen, que se alargaría demasiado si hablase de cómo golpean a las cuerdas con el plectro y las acusan y ellas niegan y desafían a su verdugo [627] y diré que no hablaba de ésos, sino de aquellos a los que hace poco decíamos que íbamos a consultar acerca de la armonía. Pues éstos hacen lo mismo que los que se ocupan de astronomía. En efecto, buscan números en los acordes percibidos por el oído; pero no se remontan a los problemas ni investigan qué números son concordes y cuáles no y por qué lo son los unos y no los otros.
-Es propia de un genio -dijo- la tarea de que hablas. -Pero es un estudio útil -dije yo- para la investigación de lo bello y lo bueno, aunque inútil para quien lo practique con otras miras.
-Es natural -dijo.

XIII. -Y yo creo -dije-, con respecto al estudio de todas estas cosas que hemos enumerado, que, si se llega por medio de él a descubrir la comunidad y afinidad existentes entre una y otras y a colegir el aspecto en que son mutuamente afines, nos aportará alguno de los fines que perseguimos y nuestra labor no será inútil; pero en caso contrario lo será.
-Eso auguro yo también -dijo-. Pero es un enorme ~ajo el que tú dices, ¡oh, Sócrates!
-¿Te refieres al preludio -dije yo- o a qué otra cosa? ¿O es no sabemos que todas estas cosas no son más que el preludio de la melodía que hay que aprender? Pues no creo que te parezca que los entendidos en estas cosas son dialécticos [628] .
-No, ¡por Zeus! -dijo-, excepto un pequeñísimo número de aquellos con los que me he encontrado.
-Pero entonces -dije-, quienes no son capaces de dar o pedir cuenta de nada, ¿crees que sabrán jamás algo de lo que decimos que es necesario saber?
-Tampoco eso lo creo -dijo.
-Entonces, ¡oh, Glaucón! -dije-, ¿no tenemos ya aquí la melodía misma que el arte dialéctico ejecuta? La cual, aun siendo inteligible, es imitada por la facultad de la vista, de la que decíamos [629] que intentaba ya mirar a los propios animales y luego a los propios astros y por fin, al mismo sol. E igualmente, cuando uno se vale de la dialéctica para intentar dirigirse, con ayuda de la razón y sin intervención de ningún sentido, hacia lo que es cada cosa en sí y cuando no desiste hasta alcanzar, con el solo auxilio de la inteligencia, lo que es el bien en sí, entonces llega ya al término mismo de la inteligible del mismo modo que aquél llegó entonces al de lo visible.
Exactamente -dijo.
-¿Y qué? ¿No es este viaje lo que llamas dialéctica?
-¿Cómo no?
-Y el liberarse de las cadenas -dije yo- y volverse de las sombras hacia las imágenes y el fuego y ascender desde la caverna hasta el lugar iluminado por el sol y no poder allí mirar todavía a los animales ni a las plantas ni a la luz solar, sino únicamente a los reflejos divinos [630] que se ven en las aguas y a las sombras de seres reales, aunque no ya a las sombras de imágenes proyectadas por otra luz que, comparada con el sol, es semejante a ellas; he aquí los efectos que produce todo ese estudio de las ciencias que hemos enumerado, el cual eleva a la mejor parte del alma hacia la contemplación del mejor de los seres del mismo modo que antes elevaba a la parte más perspicaz del cuerpo hacia la contemplación de lo más luminoso que existe en la región material y visible.
-Por mi parte -dijo- así lo admito. Sin embargo me parece algo sumamente difícil de admitir, aunque es también dificil por otra parte el rechazarlo. De todos modos, como no son cosas que haya de ser oídas solamente en este momento, sino que habrá de volver a ellas otras muchas veces [631] , supongamos que esto es tal como ahora se ha dicho y vayamos a la melodía en sí y estudiémosla del mismo modo que lo hemos hecho con el proemio. Dinos, pues, cuál es la naturaleza de la facultad dialéctica y en cuántas especies se divide y cuáles son sus caminos, porque éstos parece que van por fin a ser los que conduzcan a aquel lugar una vez llegados al cual podamos descansar de nuestro viaje ya terminado.
-Pero no serás ya capaz de seguirme [632] , querido Glaucón -dije-, aunque no por falta de buena voluntad por mi parte; y entonces contemplarlas, no ya la imagen de lo que decimos, sino la verdad en sí o al menos lo que yo entiendo por tal. Será así o no lo será, que sobre eso no vale la pena de discutir; pero lo que sí se puede mantener es que hay algo semejante que es necesario ver. ¿No es eso?
-¿Cómo no?
¿No es verdad que la facultad dialéctica es la única que puede mostrarlo a quien sea conocedor de lo que ha poco enumerábamos [633] y no es posible llegar a ello por ningún otro medio?
-También esto merece ser mantenido -dijo.
-He aquí una cosa al menos -dije yo- que nadie podrá firmar contra lo que decimos, y es que exista otro método que intente, en todo caso y con respecto a cada cosa en sí, aprehender de manera sistemática lo que es cada una de ellas. Pues casi todas las demás artes versan o sobre las opiniones y deseos de los hombres o sobre los nacimientos y fabricaciones, o bien están dedicadas por entero al cuidado de las cosas nacidas y fabricadas. Y las restantes, de las que decíamos que aprehendían algo de lo que existe, es decir, la geometría y las que le siguen, ya vemos que no hacen más que soñar con lo que existe, pero que serán incapaces de contemplarlo en vigilia mientras, valiéndose de hipótesis, dejen éstas intactas por no poder dar cuenta de ellas. En efecto, cuando el principio es lo que uno sabe y la conclusión y parte intermedia están entretejidas con lo que uno no conoce, ¿qué posibilidad existe de que una semejante concatenación llegue jamás a ser conocimiento [634] ?
-Ninguna -dijo.

XIV -Entonces -dije yo- el método dialéctico es el único que, echando abajo las hipótesis, se encamina hacia el principio mismo para pisar allí terreno firme; y al ojo del alma, que está verdaderamente sumido en un bárbaro lodazal [635] lo atrae con suavidad v lo eleva alas alturas, utilizando como auxiliares en esta labor de atracción a las artes hace poco enumeradas, que, aunque por rutina las hemos llamado muchas veces conocimientos, necesitan otro nombre que se pueda aplicar a algo más claro que la opinión, pero más oscuro que el conocimiento. En algún momento anterior empleamos la palabra "pensamiento"; pero no me parece a mí que deban discutir por los nombres quienes tienen ante sí una investigación sobre cosas tan importantes como ahora nosotros [636] .
-No, en efecto -dijo.
-Pero ¿bastará con que el alma emplee solamente aquel nombre que en algún modo haga ver con claridad la condición de la cosa?
-Bastará.
-Bastará, pues -dije yo-, con llamar, lo mismo que antes, a la primera parte, conocimiento; a la segunda, pensamiento; a la tercera, creencia, e imaginación a la cuarta. Y a estas dos últimas juntas, opinión; y a aquellas dos primeras juntas, inteligencia. La opinión se refiere a la generación, y la inteligencia, a la esencia; y lo que es la esencia con relación a la generación, lo es la inteligencia con relación a la opinión, y lo que la inteligencia con respecto a la opinión, el conocimiento con respecto a la creencia y el pensamiento con respecto a la imaginación [637] . En cuanto a la correspondencia de aquello a que estas cosas se refieren y a la división en dos partes de cada una de las dos regiones, la sujeta a opinión y la inteligible, dejémoslo, ¡oh, Glaucón!, para que no nos envuelvan en una discusión muchas veces más larga que la anterior.
-Por mi parte -dijo- estoy también de acuerdo con estas otras cosas en el grado en que puedo seguirte.
-¿Y llamas dialéctico al que adquiere noción de la esencia de cada cosa? Y el que no la tenga, ¿no dirás que tiene tanto menos conocimiento de algo cuanto más incapaz sea de darse cuenta de ello a sí mismo o darla a los demás?
-¿Cómo no voy a decirlo? -replicó.
-Pues con el bien sucede lo mismo. Si hay alguien que no pueda definir con el razonamiento la idea del bien separándola de todas las demás ni abrirse paso, como en una batalla, a través de todas las críticas, esforzándose por fundar sus pruebas no en la apariencia, sino en la esencia, ni llegar al término de todos estos obstáculos con su argumentación invicta, ¿no dirás, de quien es de ese modo, que no conoce el bien en sí ni ninguna otra cosa buena, sino que, aun en el caso de que tal vez alcance alguna imagen del bien, la alcanzará por medio de la opinión, pero no del conocimiento; y que en su paso por esta vida no hace más que soñar, sumido en un sopor de que no despertará en este mundo, pues antes ha de marchar al Hades para dormir allí un sueño absoluto?
-Sí, ¡por Zeus! -exclamó-; todo eso lo diré, y con todas mis fuerzas.
-Entonces, si algún día hubieras de educar en realidad a esos tus hijos imaginarios a quienes ahora educas e instruyes, no les permitirás, creo yo, que sean gobernantes de la ciudad ni dueños de lo más grande que haya en ella mientras estén privados de razón como líneas irracionales [638] .
-No, en efecto -dijo.
-¿Les prescribirás, pues, que se apliquen particularmente a aquella enseñanza que les haga capaces de preguntar y responder con la máxima competencia posible?
-Se lo prescribiré -dijo-, pero de acuerdo contigo.
-¿Y no crees -dije yo- que tenemos la dialéctica en lo más alto, como una especie de remate de las demás enseñanzas, y que no hay ninguna otra disciplina que pueda ser justamente colocada por encima de ella, y que ha terminado ya lo referente a las enseñanzas?
-Sí que lo creo -dijo.

XV -Pues bien -dije yo-, ahora te falta designara quiénes hemos de dar estas enseñanzas y de qué manera.
-Evidente -dijo.
-¿Te acuerdas de la primera elección de gobernantes y de cuáles eran los que elegimos [639] ?
-¿Cómo no? -dijo.
-Entonces -dije- considera que son aquéllas las naturalezas que deben ser elegidas también en otros aspectos. En efecto, hay que preferir a los más firmes y a los más valientes, y, en cuanto sea posible, a los más hermosos. Además hay que buscarlos tales que no sólo sean generosos y viriles [640] en sus caracteres, sino que tengan también las.prendas naturales adecuadas a esta educación.
¿Y cuáles dispones que sean?
-Es necesario, ¡oh, bendito amigo! -dije-, que haya en ellos vivacidad para los estudios y que no les sea dificil aprender. Porque las almas flaquean mucho más en los estudios arduos que en los ejercicios gimnásticos, pues les afecta más una fatiga que les es propia y que no comparten con el cuerpo.
Cierto -dijo.
-Y hay que buscar personas memoriosas, infatigables [641] y amantes de toda clase de trabajos. Y si no, ¿cómo crees que iba nadie a consentir en realizar, además de los trabajos corporales, un semejante aprendizaje y ejercicio?
-Nadie lo haría -dijo- ano ser que gozase de todo género de buenas dotes.
-En efecto, el error que ahora se comete -dije yo- y el descrédito le han sobrevenido a la filosofía, como antes decíamos [642] , porque los que se le acercan no son dignos de ella, pues no se le deberían acercar los bastardos, sino los bien nacidos.
-¿Cómo? -dijo.
-En primer lugar -dije yo-, quien se vaya a acercar a ella no debe ser cojo en cuanto a su amor al trabajo, es decir, amante del trabajo en la mitad de las cosas y no amante en la otra mitad [643] . Esto sucede cuando uno ama la gimnasia y la caza y gusta de realizar toda clase de trabajos corporales sin ser, en cambio, amigo de aprender ni de escuchar ni de investigar, sino odiador de todos los trabajos de esta especie [644] . Y es cojo también aquel cuyo amor del trabajo se comporta de modo enteramente opuesto.
-Gran verdad es la que dices -contestó.
-Pues bien -dije yo-, ¿no consideraremos igualmente como un alma lisiada con respecto a la verdad a aquella que, odiando la mentira voluntaria y soportándola con dificultad en sí misma e indignándose sobremanera cuando otros mienten, sin embargo acepta tranquilamente la involuntaria y no se disgusta si alguna vez es sorprendida en delito de ignorancia, antes bien, se revuelca a gusto en ella como una bestia porcina?
-Desde luego -dijo.
-También con respecto a la templanza -dije yo- y al valor y a la magnanimidad y a todas las partes de la virtud hay que vigilar no menos para distinguir el bastardo del bien nacido. Porque cuando un particular o una ciudad no saben discernir este punto y se ven en el caso de utilizar a alguien con miras a cualquiera de las virtudes citadas, en calidad de amigo el primero o de gobernante ] asegunda, son cojos ybastardos aquellos de que inconscientemente se sirven.
Efectivamente -dijo-, tal sucede.
-Así, pues, hemos de tener -dije yo- gran cuidado con todo eso. Porque, si son hombres bien dispuestos en cuerpo y alma los que eduquemos aplicándoles a tan importantes enseñanzas y ejercicios, la justicia misma no podrá echarnos nada en cara y salvaremos la ciudad y el sistema político; pero, si los aplicados a ello son de otra índole, nos ocurrirá todo lo contrario y cubriremos a la filosofia de un ridículo todavía mayor.
-Sería verdaderamente vergonzoso -dijo.
-Por completo -dije-. Pero me parece que también a mí me está ocurriendo ahora algo risible.
-¿Qué? -dijo.
-Me olvidé -dije- de que estábamos jugando y hablé con alguna mayor vehemencia. Pero es que, mientras hablaba, miré a la filosofia, y creo que fue al verla tan indignamente afrentada cuando me indigné y, encolerizado contra los culpables, puse demasiada seriedad en lo que dije.
-No, ¡por Zeus! -exclamó-, no es esa la opinión de quien te escucha.
-Pero sí la de quien habla -dije-. Mas no olvidemos esto: que, si bien en la primera elección escogíamos a ancianos, en esta segunda no será posible hacerlo. Pues no creamos a Solón [645] cuando dice que uno es capaz de aprender muchas cosas mientras envejece; antes podrá un viejo correr que aprender y propios son de jóvenes todos los trabajos grandes y múltiples.
-Por fuerza -dijo.

XVI. -De modo que lo concerniente a los números y ala geometría y a toda la instrucción preliminar que debe preceder a la dialéctica hay que ponérselo por delante cuando sean niños, pero no dando a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.
-¿Por qué?
-Porque no hay ninguna disciplina -dije yo- que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. En efecto, si los trabajos corporales no deterioran más el cuerpo por el hecho de haber sido realizados obligadamente, el alma no conserva ningún conocimiento que haya penetrado en ella por la fuerza.
-Cierto -dijo.
-No emplees, pues, la fuerza, mi buen amigo -dije-, para instruir a los niños; que se eduquen jugando [646] y así podrás también conocer mejor para qué está dotado cada uno de ellos.
-Es natural lo que dices -respondió.
-Pues bien ¿te acuerdas -pregunté- de que dijimos [647] que los niños habían de ser también llevados a la guerra en calidad de espectadores montados a caballo y que era menester acercarlos a ella, siempre que no hubiese peligro, y hacer que, como los cachorros, probasen la sangre?
-Me acuerdo -dijo.
-Pues bien -dije-, al que demuestre siempre una mayor agilidad en todos estos trabajos, estudios y peligros, a ése hay que incluirlo en un grupo selecto.
-¿A qué edad? -dijo.
-Cuando haya terminado -dije- ese período de gimnasia obligatoria que, ya sean dos o tres los años que dure, les impide dedicarse a ninguna otra cosa; pues el cansancio y el sueño son enemigos del estudio. Además una de las pruebas, y no la menos importante, será esta de cómo demuestre ser cada cual en los ejercicios gimnásticos [648] .
-¿Cómo no? -dijo.
-Y después de este período -dije yo- los elegidos de erre los veintenarios obtendrán mayores honras que los demás y los conocimientos adquiridos separadamente por éstos durante su educación infantil habrá que dárselosreunidos en una visión general de las relaciones que existen entre unas y otras disciplinas y entre cada de ellas yla naturaleza del ser.
-Ciertamente -dijo-, es el único conocimiento que se mantiene firme en aquellos en que penetra.
- -Además -dije yo- es el que mejor prueba si una naturaleza es dialéctica o no. Porque el que tiene visión de conjunto es dialéctico; pero el que no, ése no lo es.
-Lo mismo pienso -dijo.
-Será, pues, necesario -dije yo- que consideres estoy que a quienes, además de aventajar a los otros en ello, se muestren también firmes en el aprendizaje y firmes en la guerra y en las demás actividades, a éstos los separes nuevamente de entre los ya elegidos, tan pronto como hayan rebasado los treinta años, para hacerles objeto de honores aún más grandes e investigar, probándoles por medio del poder dialéctico, quién es capaz de encaminarse hacia el ser mismo en compañía de la verdad y sin ayuda de la vista ni de los demás sentidos. Pero he aquí una labor que requiere grandes precauciones, ¡oh, amigo mío!
-¿Por qué? -preguntó.
-¿No observas -dije yo- cuán grande se hace el mal que ahora afecta a la dialéctica?
¿Cuál? -dijo.
-Creo -dije- que se ve contaminada por la iniquidad.
-En efecto -dijo.
-¿Consideras, pues, sorprendente lo que les ocurre -dije- y no les disculpas [649] ?
-¿Porqué razón? -dijo.
-Esto es -dije- como si un hijo putativo se hubiese criado entre grandes riquezas, en una familia numerosa e importante y rodeado de multitud de aduladores y, al llegar a hombre, se diese cuenta de que no era hijo de aquellos que decían ser sus padres, pero no pudiese hallar a quienes realmente le habían engendrado. ¿Puedes adivinar en qué disposición se hallaría con respecto a los aduladores y a sus supuestos padres en aquel tiempo en que no supiera lo de la impostura y en aquel otro en que, por el contrario, la conociera ya? ¿O prefieres escuchar lo que yo imagino?
-Lo prefiero -dijo.

XVII. -Pues bien, supongo -dije- que honraría más al padre y a la madre y a los demás supuestos parientes que a los aduladores, y toleraría menos que estuviesen privados de nada, y les haría o diría menos cosas con que pudiera faltarles, y en lo esencial desobedecería menos a aquéllos que a los aduladores durante el tiempo en que no conociese la verdad.
-Es natural -dijo.
-Ahora bien, una vez se hubiese enterado de lo que ocurría, me imagino que sus lazos de respeto y atención se relajarían para con aquéllos y se estrecharían para con los aduladores; que obedecería a éstos de manera más señalada que antes y acomodaría su vida futura a la conducta de ellos, con los cuales conviviría abiertamente; y, a no estar dotado de un natural muy bueno, no se preocuparía en absoluto de aquel su padre ni de los demás parientes supositicios.
-Sí; sucedería todo lo que dices -respondió-. Pero ¿en qué se relaciona esta imagen con los que se aplican a la dialéctica?
-En lo siguiente. Tenemos desde niños, según creo, unos principios sobre lo justo y lo honroso dentro de los cuales nos hemos educado obedeciéndoles y respetándoles a fuer de padres.
-Así es.
-Pero hay también, en contraposición con éstos, otros principios prometedores de placer que adulan a nuestra alma e intentan atraerla hacia sí sin convencer, no obstante, a quienes tengan la más mínima mesura; pues éstos honran y obedecen a aquellos otros principios paternos.
-Así es.
-¿Y qué? -dije yo-. Si al hombre así dispuesto viene una interrogación [650] y le pregunta qué es lo honroso, y al responder él lo que ha oído decir al legislador le refuta la argumentación y, confutándole mil veces y de mil maneras, le lleva a pensar que aquello no es más honroso que deshonroso y que ocurre lo mismo con lo justo y lo bueno y todas las cosas por las que sentía la mayor estimación, ¿qué crees que, después de esto, hará él con ellas en lo tocante a honrarles y obedecerlas?
-Es forzoso -dijo- que no las honre ya ni les obedezca del mismo modo.
-Pues bien -dije yo-, cuando ya no crea, como antes, que son preciosas ni afines a su alma, pero tampoco haya encontrado todavía la verdad, ¿existe alguna otra vida a que naturalmente haya de volverse sino aquella que le adula?
-No existe -dijo.

-Entonces se advertirá, creo yo, que de obediente para con las leyes se ha vuelto rebelde a ellas.
-Por fuerza.
-¿No es, pues, natural -dije- lo que les sucede a quienes de tal modo se dan a la dialéctica y no son como antes decía yo, muy dignos de que se les disculpe?
-Y de que se les compadezca -dijo.
-Pues bien, para que no merezcan esa compasión tus treintañales, ¿no hay que proceder con la máxima precaución en su contacto con la dialéctica?
-Efectivamente -dijo.
-¿Y no es una gran precaución la de que no gusten de la dialéctica mientras sean todavía jóvenes? Porque creo que no habrás dejado de observar que, cuando los adolescentes han gustado por primera vez de los argumentos, se sirven de ellos como de un juego, los emplean siempre para contradecir y, a imitación de quienes les confunden, ellos a su vez refutan a otros y gozan como cachorros dando tirones y mordiscos verbales a todo el que se acerque a ellos [651]
-Sí, gozan extraordinariamente -dijo.
-Y una vez que han refutado a muchos y sufrido también muchas refutaciones, caen rápidamente en la incredulidad con respecto a todo aquello en que antes creían y como consecuencia de esto desacreditan ante los demás no sólo a sí mismos, sino también a todo lo tocante a la filosofia.
-Muy cierto -dijo.
-En cambio -dije yo-, el adulto no querrá acompañarles en semejante manía e imitará más bien a quien quiera discutir para investigar la verdad que a quien por divertirse haga un juego de la contradicción; y así no sólo se comportará él con mayor mesura, sino que convertirá la profesión de deshonrosa en respetable.
-Exactamente -dijo.
-¿Y no es por precaución por lo que ha sido dicho todo cuanto precedió, a esto, lo de que sean disciplinados y firmes en sus naturalezas aquellos a quienes se vaya a hacer partícipes de la dialéctica de modo que no pueda aplicarse a ella, como ahora, el primer recién llegado que carezca de aptitud?
-Es cierto -dijo.

XVIII. -¿Será, pues, suficiente que cada uno se dedique al estudio de la dialéctica de manera asidua e intensa, sin hacer ninguna otra cosa, sino practicando con el mismo ahínco que en los ejercicios corporales durante un número de años doble que antes?
-¿Son seis -dijo- o cuatro los que dices?
-No te preocupes -dije-: pon cinco. Porque después de esto les tendrás que hacer bajar de nuevo a la caverna aquella y habrán de ser obligados a ocupar los cargos atañederos a la guerra y todos cuantos sean propios de jóvenes para que tampoco en cuanto a experiencia queden por bajo de los demás. Y habrán de ser también probados en estos cargos para ver si se van a mantener firmes cuando se intente arrastrarles en todas direcciones o si se moverán algo.
-¿Y cuánto tiempo fijas para esto? -dijo.
-Quince años -contesté-. Y una vez hayan llegado a cincuentenarios [652] , a los que hayan sobrevivido y descollado siempre y por todos conceptos en la práctica y en el estudio hay que conducirlos ya hasta el fin y obligarles a que, elevando el ojo de su alma, miren de frente a lo que proporciona luz a todos; y, cuando hayan visto el bien en sí, se servirán de él como modelo durante el resto de su vida, en que gobernarán, cada cual en su día, tanto a la ciudad y a los particulares como a sí mismos; pues, aunque dediquen la mayor parte del tiempo a la filosofía, tendrán que cargar, cuando les llegue su vez, con el peso de los asuntos políticos y gobernar uno tras otro por el bien de la ciudad y teniendo esta tarea no tanto por honrosa como por ineludible. Y así, después de haber formado cada generación a otros hombres como ellos a quienes dejen como sucesores suyos en la guarda de la ciudad, se irán a morar en las islas de los bienaventurados y la ciudad les dedicará monumentos y sacrificios públicos honrándoles como a demones si lo aprueba así la pitonisa [653] , y si no, como seres beatos y divinos.
-¡Qué hermosos son, oh, Sócrates -exclamó-, los gobernantes que, como un escultor, has modelado [654] !
-Y las gobernantas, Glaucón -dije yo-. Pues no creas que en cuanto he dicho me refería más a los hombres que a aquellas de entre las mujeres que resulten estar suficientemente dotadas.
-Nada más justo -dijo-, si, como dejamos sentado [655] , todo ha de ser igual y común entre ellas y los hombres.
-¿Y qué? -dije-. ¿Reconocéis que no son vanas quimeras lo que hemos dicho sobre la ciudad y su gobierno, sino cosas que, aunque difíciles, son en cierto modo realizables, pero no de ninguna otra manera que como se ha expuesto, es decir, cuando haya en la ciudad uno y varios [656] gobernantes que, siendo verdaderos filósofos, desprecien las honras de ahora, por considerarlas innobles e indignas del menor aprecio, y tengan, por el contrario, en la mayor estima lo recto, con las honras que de ello dimanan, y, por ser la cosa más grande y necesaria, lo justo, a lo cual servirán y lo cual fomentarán cuando se pongan a organizar su ciudad?
-¿Cómo? -dijo.
-Enviarán al campo -dije- a todos cuantos mayores de diez años haya en la ciudad y se harán cargo de los hijos de éstos, sustrayéndolos a las costumbres actuales y practicadas también por los padres de ellos, para educarlos de acuerdo con sus propias costumbres y leyes, que serán las que antes hemos descrito. ¿No es este el procedimiento más rápido y simple para establecer el sistema que exponíamos de modo que, siendo feliz el Estado, sea también causa de los más grandes beneficios para el pueblo en el cual se dé?
-Sí, y con mucho -dijo-. Me parece, Sócrates, que has hablado muy bien de cómo se realizará, si es que alguna vez llega a realizarse.
-¿Y no hemos dicho ya -pregunté yo- demasiadas palabras acerca de esta comunidad y del hombre similar a ella? Pues también está claro, según yo creo, cómo diremos que debe ser ese hombre.
-Está claro -dijo-. Y con respecto a lo que preguntas, me parece que esto se ha terminado.





Platón - La República

Platón - La República





VIII

I. -Muy bien. Hemos convenido, ¡oh, Glaucón!, en lo siguiente. En la ciudad que aspire al más excelente sistema de gobierno deben ser comunes las mujeres, comunes los hijos y la educación entera e igualmente comunes las ocupaciones de la paz y la guerra; y serán reyes [657] los que, tanto en la filosofía como en lo tocante a la milicia, resulten ser los mejores de entre ellos.
-Convenido -dijo.
-También reconocimos [658] esta otra cosa: que, una vez hayan sido designados los gobernantes, se llevarán a los guerreros para asentarles en viviendas como las antes descritas, que no tengan nada exclusivo para nadie, sino sean comunes para todos. Y además de estas viviendas dejamos arreglada, silo recuerdas, la cuestión de qué clase de bienes poseerán.
-Sí que me acuerdo -dijo- de que consideramos necesario que nadie poseyera nada de lo que poseen ahora los otros [659] , sino, en su calidad de atletas de guerra [660] y guardianes, recibirían anualmente de los demás, como salario por su guarda, la alimentación necesaria para ello [661] estando, en cambio, obligados a cuidarse tanto de sí mismos como del resto de la ciudad [662] .
-Dices bien -respondí-. Pero, ¡ea!, ya que hemos terminado con esto, acordémonos de dónde estábamos cuando nos desviamos hacia acá para que podamos seguir de nuevo por el mismo camino.
-No es difícil -dijo-. En efecto, empleabas [663] , como si ya hubieses expuesto todo lo referente a la ciudad, poco más o menos los mismos términos que ahora [664] , diciendo que considerabas como buenos a la ciudad tal como la que entonces habías descrito y al hombre semejante a ella, y eso que, según parece, podías hablar de otra ciudad y otro hombre todavía más hermosos. En todo caso, decías que, si ésta era buena, las demás habían de ser por fuerza deficientes. Y, en cuanto a las restantes formas de gobierno, afirmabas [665] , según recuerdo, que existían cuatro especies de ellas y que valía la pena que las tomáramos en cuenta y contempláramos en sus defectos, así como a los hombres semejantes a cada una de ellas, para que, habiendo visto a todos éstos y convenido en cuál es el mejor y cuál el peor de ellos, investigáramos si el mejor es el más feliz y el peor el más desgraciado o si es otra cosa lo que ocurre [666] . Y, cuando te preguntaba yo [667] que cuáles son esos cuatro gobiernos de que hablabas, en esto te interrumpieron Polemarco y Adimanto y entonces tomaste tú la palabra en una digresión que te ha llevado hasta aquí.
-Me lo has recordado -dije- con gran exactitud.
-Pues ahora permite, como si fueras un luchador, que te vuelva a coger en la misma presa y, cuando yo te pregunte lo mismo, intenta decir lo que antes ibas a contestar [668] .
-Si puedo -dije.
-Pues bien -dijo-, por mi parte estoy deseando oír cuáles son los cuatro gobiernos de que hablabas.
-Nada cuesta decírtelo -respondí-, pues aquellos de que hablo son los que tienen también su nombre: el tan ensalzado por el vulgo, ése de los cretenses y lacedemonio [669] ; el segundo en orden y segundo también en cuanto a popularidad, la llamada oligarquía, régimen lleno de innumerables vicios; sigue a éste su contrario, la democracia, y luego la gloriosa [670] tiranía, que aventaja a todos los demás en calidad de cuarta y última enfermedad del Estado. ¿O conoces alguna otra forma de gobierno que deba ser situada en una especie claramente distinta de éstas? Porque las dinastías [671] y reinos venales y otros gobiernos semejantes no son, según creo, más que formas intermedias entre unas y otras como las que pueden hallarse en no menor cantidad entre los bárbaros que entre los griegos.
-Sí, son muchas y extrañas las que se mencionan -dijo.

II. -¿Y sabes -dije yo- que es forzoso que existan también tantas especies de caracteres humanos como formas de gobierno? ¿O crees que los gobiernos nacen acaso de alguna encina o de alguna piedra [672] y no de los caracteres que se dan en las ciudades, los cuales, al inclinarse, por así decirlo, en una dirección arrastran tras de sí a todo lo demás?
-No creo en modo alguno -dijo- que vengan de otra parte sino de ahí.
-Entonces, si en las ciudades son cinco, también serán cinco los modos en que estén dispuestas las almas individuales.
-¿Cómo no?
-Ya hemos descrito al hombre correspondiente a la aristocracia, del que decimos con razón [673] que es bueno y justo.
-Ya lo hemos descrito.
-Después de esto, ¿no tenemos acaso que pasar revista a los caracteres inferiores, ante todo al que, de acuerdo con el sistema establecido en Laconia, ansía victorias y honores, y luego al oligárquico y al democrático y por último al tiránico, para que, después de haber visto quién es el más injusto, podamos contraponerle al más justo completando así nuestra investigación acerca de la relación en que se hallan la justicia pura y la injusticia pura en cuanto a la felicidad o infelicidad de quien las posee y seguir luego a la injusticia o a la justicia según que obedezcamos a Trasímaco o a las razones que ahora se nos manifiestan?
-Perfectamente -dijo-; tal debemos hacer.
-Y del mismo modo que comenzarnos [674] por estudiar los caracteres en los gobiernos antes que en los particulares, porque así estaba más claro, ¿acaso no debemos también ahora comenzar igualmente por el estudio del gobierno basado en la ambición, al cual, como no conozco ningún otro nombre con que se le designe, habrá que llamarle timocracia o timarquía? ¿Estudiaremos, comparándolo con ella, al hombre que se le asemeje, pasaremos luego a la oligarquía y al hombre oligárquico, dirigiremos después nuestras miradas a la democracia para contemplar al hombre democrático y, una vez hayamos visitado y visto en cuarto lugar la ciudad tiranizada, en la que se presentará a su vez ante nuestros ojos el alma tiránica, intentaremos comportarnos como jueces competentes en la cuestión que nos hemos planteado?
-Sí -dijo-; así se harán de modo racional ese examen y juicio.

III. -¡Ea, pues! -dije yo-. Intentemos exponer cómo podrá nacer la timocracia de la aristocracia. ¿O no está claro el hecho de que ningún gobierno cambia sino cuando se produce una disensión en el seno mismo de aquella parte que ocupa los cargos, y, por muy pequeña que sea esta parte, es imposible que se produzca ningún movimiento mientras ella permanezca acorde [675] ?
-Tal sucede, en efecto.
-¿Pues cómo -dije- podrá darse un movimiento [676] en nuestra ciudad, oh, Glaucón, y por dónde comenzarán a estar en desacuerdo los auxiliares con los gobernantes y los de cada una de estas clases con sus propios compañeros? ¿O quieres que, como Homero [677] , roguemos a las Musas que nos digan "cómo surgió en un principio" la discordia y que nos las imaginemos empleando, cual si hablaran seriamente, el lenguaje elevado de la tragedia cuando lo que hacen es jugar y divertirse con nosotros como con niños [678] ?
-¿Cómo?
-Del modo siguiente. "Es difícil que haya movimientos en una ciudad así constituida; pero, como todo lo que nace está sujeto a corrupción, tampoco ese sistema perdurará eternamente, sino que se destruirá. Y se destruirá de esta manera [679] * [680] * [681] : no sólo a las plantas que crecen en la tierra, sino también a todos los seres vivos que se mueven sobre ella les sobreviene la fertilidad o esterilidad de almas y cuerpos cada vez que las revoluciones periódicas cierran las circunferencias de los ciclos de cada especie, circunferencias que son cortas para los seres de vida breve y al contrario para sus contrarios. Ahora bien, por lo que toca a vuestra raza, aquellos a quienes educasteis para ser gobernantes de la ciudad no podrán, por muy sabios que sean y por mucho que se valgan del razonamiento y los sentidos, acertar con los momentos de fecundidad o esterilidad, sino que se les escapará la ocasión y engendrarán hijos cuando no deberían hacerlo. Pues para las criaturas divinas existe un período comprendido por un número perfecto; y para las humanas, otro número, que es el primero en que, habiendo recibido tres distancias y cuatro límites los incrementos dominantes y dominados de lo que iguala y desiguala y acrece y aminora, estos incrementos hacen aparecer todas las cosas como acordadas y racionales entre sí. De aquello, la base epítrita, acoplada con la péntada y tres veces acrecida, proporciona dos armonías: la una, igual en todas sus partes, siendo éstas varias veces mayores que cien; y la otra, equilátera en un sentido, pero oblonga, comprende cien números de la diagonal racional de la péntada, disminuido cada uno en una unidad, o de la irracional, disminuidos en dos, y cien cubos de la tríada. He aquí el número geométrico que de tal modo impera todo él sobre los mejores o peores nacimientos; y cuando por ignorancia de esto, emparejen extemporáneamente vuestros guardianes a las novias con los novios, sus hijos no se verán favorecidos ni por la naturaleza ni por la fortuna. De entre ellos los mejores serán designados por sus predecesores; pero, tan pronto como hayan ocupado a su vez los cargos de sus padres, comenzarán, como indignos que serán de ellos, por desatendernos ante todo a nosotras, a pesar de ser guardianes, y tener en menos estima de la debida a la música en primer lugar y luego a la gimnástica, como consecuencia de lo cual se apartarán de nosotras vuestros jóvenes. De resultas de ello serán designadas como gobernantes personas no muy aptas para ser guardianes ni para aquilatar las razas hesiodeas que se darán entre vosotros [682] : la de oro, la de plata, la de bronce y la de hierro. Y, al mezclarse la férrea con la argéntea y la broncínea con la áurea, se producirá una cierta diversidad y desigualdad inarmónica, cosas todas que, cuando se producen, engendran siempre guerra y enemistad en el lugar en que se produzcan. He aquí la raza [683] de la que hay que decir que nace la discordia dondequiera que se presente."
-Y reconoceremos -dijo- que tienen razón en su respuesta.
-Nada más natural -dije-, puesto que son Musas.
-¿Y qué dicen las Musas después de esto? -preguntó.
-Una vez producida la disensión -dije yo-, cada uno de los dos bandos tiró en distinta dirección: lo férreo y broncíneo, hacia la crematística y posesión de tierras y casas, de oro y plata; en cambio, las otras dos razas, la áurea y la argéntea, que no eran pobres, sino ricas por naturaleza, intentaban llevar a las almas hacia la virtud y la antigua constitución. Hubo violencias y luchas entre unos y otros y por fin un convenio en que acordaron repartirse como cosa propia la tierra y las casas y seguirse ocupando de la guerra y de la vigilancia de aquellos que, protegidos y mantenidos antes por ellos en calidad de amigos libres, iban desde entonces a ser, esclavizados, sus colonos y siervos.
-También yo creo -dijo- que es por ahí por donde empieza ese cambio.
-¿Y esa forma de gobierno -pregunté- no será un término medio entre la aristocracia y la oligarquía?
-En efecto.

IV -Así se hará, pues, el cambio. Pero ¿cómo será el régimen que le siga? ¿No es evidente que, por ser un término medio, imitará en algunas cosas al anterior sistema y en otras a la oligarquía, pero teniendo algo que le sea peculiar [684] ?
-Así es -dijo.
-En el respeto de los gobernantes y la aversión de la clase defensora de la ciudad hacia la agricultura, oficios manuales y negocios y en la organización de comidas colectivas y la práctica de la gimnástica y los ejercicios militares, ¿en todo esto imitará al régimen anterior?
-Sí.
-Y en lo de no atreverse a llevar sabios a las magistraturas por no poseer ya personas de esa clase que sean sencillas y firmes, sino más mezcladas en su carácter, e inclinarse hacia otros seres fogosos y más simples, más aptos para la guerra que para la paz [685] , y tener en gran aprecio los engaños y ardides propios de aquélla y hallarse durante todo el tiempo en pie de guerra... ¿No serán peculiares del sistema muchos de los rasgos semejantes a éstos?
-Sí.
-Codiciadores de riquezas -dije yo- serán, pues, los tales, como los de las oligarquías, y adoradores feroces y clandestinos del oro y la plata, pues tendrán almacenes y tesoros privados en que mantengan ocultas las riquezas que hayan depositado en ellos y también viviendas muradas, verdaderos nidos particulares [686] en que derrocharán mucho dinero gastándolo para las mujeres o para quien a ellos se les antoje.
-Muy cierto -dijo.
-Serán también ahorradores de su dinero, como quien lo venera y no lo posee abiertamente, y amigos de gastar lo ajeno para satisfacer sus pasiones; y se proporcionarán los placeres a hurtadillas, ocultándose de la ley como los niños de sus padres, y eso por haber sido educados no con la persuasión, sino con la fuerza, y por haber desatendido a la verdadera Musa, la que va unida al discurso y a la filosofía, honrando en más alto grado a la gimnástica que a la música.
-Es ciertamente una mezcla de bien y mal -dijo- ese sistema de que hablas.
-Sí que es una mezcla -dije-. Pero hay en él un solo rasgo sumamente distintivo y debido a la preponderancia del elemento fogoso: la ambición y el ansia de honores.
-En gran manera -dijo.
-Tales serán, pues -dije yo-, el origen y carácter de este sistema político, del que con mis palabras he trazado un simple esbozo no completo en sus pormenores, porque basta este esbozo para darnos a conocer al hombre más justo y al más injusto y sería una tarea de inacabable duración la de recorrer, sin dejarse ni uno solo, todos los sistemas y todos los caracteres.
-Tiene razón -dijo.

V -¿Cuál será, pues, el hombre correspondiente a ese sistema? ¿Cómo se formará y qué clase de persona será?
-Por mi parte -dijo Adimanto- creo que, por lo menos en punto a ambición, se parecerá bastante a nuestro Glaucón.
-Quizá sea así -dije-. Pero a mí me parece que en los rasgos siguientes no se le puede comparar con él.
-¿En cuáles?
-Debe ser más obstinado -dije yo- y un poco más ajeno a las Musas, aunque sea amigo de ellas; y aficionado a escuchar, pero en modo alguno a hablar. Y será el tal duro para los esclavos, en vez de despreciarlos como quienes están suficientemente educados [687] ; pero amable con los hombres libres. Muy obediente para con los gobernantes, y amigo de los cargos y honras [688] , aunque no base su aspiración al mando en su elocuencia ni en nada semejante, sino en sus hazañas guerreras y relacionadas con la guerra; y amante, en fin, de la gimnasia y la caza.
-En efecto -dijo-, tal es el carácter que responde a tal sistema.
-Y en cuanto a las riquezas -dije yo-, las despreciará mientras sea joven, pero ¿no las amará tanto más cuanto más viejo se vaya haciendo como quien posee un carácter partícipe de la avaricia y no puro en cuanto a virtud por hallarse privado del más excelente guardián?
-¿De quién? -dijo Adimanto.
-Del razonamiento combinado con la música -dije yo-, que es el único que, cuando se da en una persona, reside en ella durante toda su vida como conservador de la virtud.
-Dices bien -asintió.
-Así es -dije yo- el muchacho timocrático, semejante a la ciudad que es como él.
-Exacto.
-Y esa persona se forma -dije- poco más o menos de este modo. Aveces, siendo hijo todavía joven de un padre honesto que vive en una ciudad no bien regida y huye de las honras, cargos, procesos y todos los engorros semejantes y prefiere perder de su derecho antes que sufrir molestias...
-Pero ¿cómo se forma? -dijo.
-Cuando, en primer lugar -dije yo-, oye a su madre que está disgustada porque su marido no forma parte de los gobernantes, por lo cual se encuentra rebajada ante las otras mujeres; y además ella ve que él no se ocupa activamente en negocios ni pelea con invectivas en los procesos privados ni en público, sino que se muestra indiferente para con todo ello; y, dándose cuenta [689] de que él no hace caso nunca sino de sí mismo y de que a ella ni la estima mucho ni tampoco deja de estimarla, se queja de todo esto y dice al hijo que su padre no es hombre y es excesivamente dejado y todo lo demás que, a este respecto, suelen repetir una y otra vez las mujeres.
-Ciertamente -dijo Adimanto- dicen muchas cosas y muy propias de ellas.
-Y ya sabes -dije yo- que frecuentemente son también aquellos criados de estas personas que pasan por ser adictos a ellas los que a escondidas les dicen a los hijos algo semejante; y, si ven que el padre no persigue a cualquiera que le deba dinero o le haya perjudicado en alguna otra cosa, entonces exhortan al hijo para que, una vez llegado a mayor, se vengue de todos ésos y sea más hombre que su padre. Y, al salir de su casa, oye y ve otras cosas parecidas: aquellos de entre los ciudadanos que sólo se ocupan de lo suyo son tenidos por necios y gozan de poca consideración, mientras son honrados y ensalzados quienes se ocupan de lo que no les incumbe. Entonces el joven, que por una parte oye y ve todo esto, pero por otra escucha también las palabras de su padre y ve de cerca su comportamiento y lo compara con el de los demás, se encuentra solicitado a un tiempo por estas dos fuerzas: su padre riega y desarrolla la parte razonadora de su alma, y los otros, la apasionada y fogosa. Y, como en su naturaleza no es hombre perverso, sino que está influido por las malas compañías de los demás, al verse solicitado por estas dos fuerzas se pone en un término medio y entrega el gobierno de sí mismo a la parte intermedia, ambiciosa y fogosa, con lo cual se convierte en un hombre altanero y ansioso de honores.
-Perfectamente -dijo- me parece que has descrito la evolución de éste.
-Ya tenemos, pues -dije yo-, el segundo gobierno y el segundo hombre.
-Lo tenemos -dijo.

VI. -¿Y después de esto no hablaremos, como Esquilo, de "otro que está formado de cara a otra ciudad [690] " o, mejor dicho, no veremos ante todo la ciudad de acuerdo con nuestro plan?
-Ciertamente -dijo.
-El que sigue a aquel sistema es, según creo, la oligarquía [691] .
-Pero ¿a qué clase de constitución -dijo- llamas oligarquía?
-Al gobierno basado en el censo -dije yo-, en el cual mandan los ricos sin que el pobre tenga acceso al gobierno.
-Ya comprendo -dijo.
-¿Y no habrá que decir cómo se empieza a pasar de la timarquía a la oligarquía?
-Sí.
-Pues bien -dije yo-, hasta para un ciego está claro cómo se hace el cambio.
-¿Cómo?
-Aquel almacén -dije yo- que tenía cada cual lleno de riquezas [692] , ése es el que pierde al tal gobierno, porque comienzan por inventarse nuevos modos de gastar dinero y para ello violentan las leyes y las desobedecen tanto ellos como sus mujeres.
-Natural -dijo.
-Luego cada cual empieza, me imagino yo, a contemplar a su vecino y a quererle emular y así hacen que la mayoría se asemeje a ellos.
-Es natural.
-Y a partir de entonces -dije yo- avanzan cada vez más por el camino de la riqueza y, cuanto mayor sea la estima en que tienen a ésta, tanto menor será su aprecio de la virtud. ¿O no difiere la virtud de la riqueza tanto como si, puestas una y otra en los platillos de una balanza, se movieran siempre en contrarias direcciones [693] ?
-En efecto -dijo.
-De modo que cuando en una ciudad son honrados la riqueza y los ricos, se aprecia menos a la virtud y a los virtuosos.
-Evidente.
-Ahora bien, se practica siempre lo que es apreciado y se descuida lo que es menospreciado.
-Tal sucede.
-Y así aquellas personas ambiciosas y amigas de honores pasan por fin a ser amantes del negocio y la riqueza; y al rico le alaban y admiran y le llevan a los cargos, mientras al pobre le desprecian.
-Completamente.
-Y entonces establecen una ley, verdadero mojón de la política oligárquica, en que determinan una cantidad de dinero, mayor donde la oligarquía es más fuerte y menor donde es más débil, y prohíben que tenga acceso a los cargos aquel cuya fortuna no llegue al censo fijado; y esto lo logran o por la fuerza y con las armas o bien, sin llegar a tanto, imponiendo por medio de la intimidación ese sistema político [694] . ¿No es así?
-Así ciertamente.
-He aquí el modo en que por lo regular se instaura. -Sí -dijo-. Pero ¿cuál es el carácter de ese sistema? ¿Y cuáles son los defectos que le atribuíamos [695] ?

VII. -Ante todo -dije- la propia naturaleza de su marca distintiva. Considera, en efecto: si a los pilotos de las naves se les eligiera del mismo modo, conforme a censo, y al pobre, aunque fuese mejor piloto, no se le confiara... -¡Mala sería -dijo- la navegación que llevasen!
-¿Y no ocurre también lo mismo con el mando de cualquier otra cosa?
-Creo que sí.
-¿Excepto con el de la ciudad? -pregunté-. ¿O también con el de la ciudad?
-Mucho más que con ninguno -dijo-, porque es un mando sumamente importante y difícil.
-Pues bien, he aquí un primer defecto capital que puede atribuirse a la oligarquía.
-Tal parece.
-¿Y qué? ¿Acaso es este otro menor que aquél?
-¿Cuál?
-El de que una tal ciudad tenga necesariamente que ser no una sola, sino dos, una de los pobres y otra de los ricos, que conviven en un mismo lugar y conspiran incesantemente la una contra la otra.
-No es nada menor, ¡por Zeus! -exclamó.
-Pues tampoco es precisamente una ventaja el ser tal vez incapaces de hacer una guerra por verse reducidos, o a servirse de la plebe armada y temerla entonces más que a los enemigos [696] , o bien a no servirse de ella, caso en el cual se verá en la batalla misma que merecen bien su nombre de oligarcas [697] ; aparte de que, por ser amantes del dinero, no estarán dispuestos a contribuir con él [698] .
-No, no es ninguna ventaja.
-¿Y qué? Aquello que hace rato censurábamos, lo de que en una tal ciudad se ocupen las mismas personas de muchas cosas distintas, como la labranza, por ejemplo, y los negocios y la guerra, ¿acaso te parece que eso está bien?
-En modo alguno.
-Pues considera si el siguiente no es el mayor de todos esos males y el que este régimen es el primero en sufrir.
-¿Cuál?
-El de que sea lícito al uno vender todo lo suyo y al otro comprárselo [699] y el que lo haya vendido pueda vivir en la ciudad sin pertenecer a ninguna de sus clases ni ser negociante ni artesano ni caballero ni hoplita, sino pobre y mendigo por todo título.
-Sí que es el primero -dijo.
-En efecto, en las ciudades regidas oligárquicamente no hay nada que lo impida. Pues en otro caso no serían los unos demasiadamente ricos y los otros completamente pobres.
-Justo.
-Ahora mira lo siguiente: cuando, siendo rico, dilapidaba el tal su fortuna, ¿acaso le resultaba entonces algo más útil a la ciudad con respecto a lo que ahora decidamos? ¿O tal vez, aunque pareciera ser de los gobernantes, no era en realidad ni gobernante ni servidor de la ciudad, sino solamente un derrochador de su hacienda?
-Así es -dijo-. Parecía otra cosa, pero no era más que un derrochador.
-¿Quieres, pues -dije yo-, que digamos de él que, del mismo modo que nace en su celdilla el zángano, azote del enjambre, igualmente nace ése en su casa como otro zángano, azote de la ciudad [700] ?
-Ciertamente, ¡oh, Sócrates! -dijo.
-¿Y no será, Adimanto, que, mientras la divinidad ha hecho nacer sin aguijón a todos los zánganos alados, en cambio entre esos pedestres los hay que no lo tienen, pero hay otros que están dotados de aguijones terribles? ¿Y que de los carentes de aguijón salen quienes a la vejez terminan siendo mendigos, y de los provistos de él, todos aquellos a los que se llama malhechores?
-Muy cierto -dijo.
-Es evidente, pues -dije yo-, que, en una ciudad donde veas mendigos, en ese mismo lugar estarán sin duda ocultos otros ladrones, cortabolsas, saqueadores de templos y artífices de todos los males semejantes [701] .
-Evidente -dijo.
-¿Y qué? ¿No ves mendigos en las ciudades regidas oligárquicamente?
-Casi todos lo son -dijo- excepto los gobernantes [702] .
-¿No pensaremos, pues -dije yo-, que también hay en ellas muchos malhechores dotados de aguijones a quienes el gobierno se preocupa de contener por la fuerza?
-Así lo pensamos -dijo.
-¿Y no diremos que es por ignorancia y mala educación y mala organización política por lo que se da allí esa clase de gentes?
-Lo diremos.
-Tal será, pues, la ciudad regida oligárquicamente y tantos, o quizá más todavía, los vicios que contiene.
-Quizá -dijo.
-Dejemos, pues, completamente descrito también este sistema -dije yo- que es llamado oligarquía y tiene aquellos gobernantes que determine el censo. Y después de esto, examinemos al hombre semejante a ella: veamos cómo nace y cómo es una vez nacido.
-Ciertamente -dijo.

VIII. -¿Acaso no es sobretodo del modo siguiente como se cambia en oligárquico aquel hombre timocrático?
-¿Cómo?
-Cuando el hijo nacido de un timócrata [703] imita en un principio a su padre y sigue las huellas de aquél; pero luego le ve chocar súbitamente contra la ciudad, como contra un escollo [704] , y zozobrar en su persona y sus bienes cuando, por ejemplo, después de haber sido estratego o haber ocupado algún otro importante cargo, tuvo que comparecer ante un tribunal y, perjudicado por los sicofantas, fue ejecutado o desterrado o sometido a interdicción yperdió toda su fortuna.
-Es natural -dijo.
-Y, cuando el hijo ha visto y sufrido todo esto, ¡oh, querido amigo!, y al encontrarse privado de su patrimonio, se echa a temblar, me figuro yo, y en seguida arroja cabeza abajo, del trono que ocupaban en su alma, a aquella ambición y fogosidad de antes; y, humillado por la pobreza, se dedica a los negocios y, a fuerza de trabajo y de pequeños y mezquinos ahorros, se hace con dinero. Pues bien, ¿no crees que el tal instalará entonces en el trono aquel al elemento codicioso y amante de la riqueza, de quien hará un gran rey de su alma revestido de tiara, collar y cimitarra?
-Ciertamente -dijo.
-En cuanto al elemento razonador y al fogoso, creo yo que les hará sentarse en tierra y permanecer, uno a cada lado, a los pies de aquél [705] ; y los mantendrá esclavizados, pues al uno no le dejará pensar ni examinar nada más sino la manera de que el poco dinero se convierta en mucho y el otro no podrá tampoco admirar ni estimar nada más que la riqueza y los ricos ni poner su amor propio en ninguna otra cosa sino en la adquisición de bienes o en todo aquello que conduzca a este fin.
-No hay nada -dijo- que tan rápida y seguramente pueda cambiar a un joven de ambicioso en codicioso.
-¿Y este no es acaso el hombre oligárquico? -dije yo.
-Por lo menos el cambio se produce a partir de un hombre semejante al sistema de que nació la oligarquía.
-Examinemos, pues, si es igual a ella.
-Examinémoslo.

IX. -Ante todo, ¿no se le parece por el gran aprecio en que tiene a las riquezas?
-¿Cómo no?
-Y también por ser hombre ahorrador e industrioso, que se limita a satisfacer en su persona los deseos más necesarios, pero no se permite ningún otro dispendio, sino que mantiene sometidos, por ociosos, a los demás apetitos.
-Exactamente.
-Porque es un hombre sórdido -dije yo- que en todo busca la ganancia; un amontonador de tesoros de aquellos a los que, por cierto, ensalza el vulgo. ¿No será así el hombre semejante a un tal sistema?
-Por mi parte -dijo- así lo creo; en todo caso, no hay nada más precioso que las riquezas ni para esa ciudad ni tampoco para esa clase de hombre.
-Es que, según creo -dije yo-, el tal no ha atendido jamás a educarse.
-Me parece que no -dijo-, pues en otro caso no habría elegido a un ciego [706] como director de su coro y objeto de su mayor estima.
-Bien -dije-. Ahora considera lo siguiente. ¿No diremos que, por falta de educación, hay en él apetitos zanganiles, propios los unos de un mendigo, los otros de un malhechor, y que a todos ellos los contiene por la fuerza su interés dirigido hacia otras cosas?
-Efectivamente -dijo.
-¿Sabes, pues -dije-, adónde has de mirar para ver sus malas tendencias?
-¿Adónde? -dijo.
-A las tutorías de los huérfanos o a cualquier otra cosa semejante en que les acontezca el gozar de gran libertad para ser malos.
-Cierto.
-¿Y acaso no resulta con ello evidente que lo que hace el tal en los demás negocios, en los que goza de buena reputación por su apariencia de hombre justo, es contener, por una especie de prudente violencia con que se domina a sí mismo, otras malas pasiones que hay en él, a las cuales no las convence de que ello no está bien ni las amansa con razones, sino que las reprime por la fuerza y gracias al temor que le hace temblar por el resto de su fortuna?
-Ciertamente -dijo.
-Ahora bien, mi querido amigo -dije yo-, será, ¡por Zeus!, siempre que se trate de gastarlo ajeno cuando descubras que en la mayoría de ellos existen esos apetitos propios del zángano.
-Así es -dijo-, indudablemente.
-No dejará, pues, de haber disensiones en la propia alma de un tal hombre; y, no habiendo ya unidad en ella, sino dualidad, prevalecerán por regla general los mejores deseos contra los peores.
-Así es.
-Y por eso es, creo yo, por lo que el tal presentará una apariencia más decorosa que muchos otros; pero habrá volado muy lejos de él la genuina virtud de un alma concertada y armónica.
-Tal me parece.
-Y será, por su tacañería, un competidor de poco cuidado para los particulares que en la ciudad se disputen alguna victoria o cualquier otra distinción honrosa, porque no querrá gastar dinero para conseguir gloria en esa clase de certámenes, ya que no se atreve a despertar los apetitos pródigos ni a pedirles que le ayuden como aliados en su lucha; combate, pues, solamente con una parte de sus fuerzas, a la manera oligárquica, y así es derrotado las más de las veces, pero sigue siendo rico.
-Efectivamente -dijo.
-¿Dudamos, pues, todavía -dije yo- de que, en cuanto a similitud, a ese avariento negociante hay que situarlo frente a la ciudad regida oligárquicamente?
-De ninguna manera -dijo.

X. -Es la democracia, según parece, lo que hemos de examinar a continuación: veamos de qué modo nace y qué carácter tiene una vez nacida para que, habiendo conocido el modo de ser del hombre semejante a ella, lo pongamos en línea para ser juzgado.
-Así seguiríamos -dijo- por el mismo camino que siempre.
-Pues bien -dije yo-, ¿no es de la manera siguiente como se produce el cambio de la oligarquía a la democracia por causa de la insaciabilidad con que se proponen como un bien, el hacerse cada cual lo más rico posible?
-¿De qué modo?
-Como los gobernantes de esta ciudad lo son, creo yo, por el hecho de poseer grandes riquezas, por eso no están dispuestos a reprimir a aquellos de los jóvenes que se hagan disolutos con una ley que les prohiba gastar y dilapidar su hacienda; y así, comprando los bienes de tales personas y prestándoles mediante garantía, se hacen aún más opulentos e influyentes.
-Nada más cierto.
-Pero ¿no es ya evidente en una ciudad que les es imposible a los ciudadanos el estimar el dinero y adquirir al mismo tiempo una suficiente templanza, sino que es forzoso que desatiendan una cosa u otra?
-Es bastante evidente -dijo.
-Se inhiben, pues, en las oligarquías, toleran la licencia y así obligan frecuentemente a personas no innobles a convertirse en mendigos.
-Ciertamente.
-Andan, pues, ociosos por la ciudad, según yo creo, estos hombres provistos de aguijón y bien armados, de los que unos deben dinero, otros han perdido sus derechos, y algunos, las dos cosas. Y así odian a los que han adquirido sus bienes y a los demás, conspiran tanto contra unos como contra otros y ansían vivamente un cambio [707] .
-Así es.
-En cambio, los negociantes van con la cabeza baja, fingiendo no verles; hieren, hincándoles el aguijón de su dinero, a cualquiera de los otros que se ponga a su alcance, se llevan multiplicados los intereses, hijos de su capital, y con todo ello crean en la ciudad una multitud de zánganos y pordioseros.
-¿Cómo no van a ser multitud? -dijo.
-Y el fuego ardiente de ese mal -dije yo- no quieren apagarlo ni por aquel procedimiento, esto es, impidiendo que cada cual haga de lo suyo lo que se le antoje, ni por este otro con el que se resolvería tal situación por medio de otra ley.
-¿Por medio de cuál?
-De una que sería la mejor después de aquélla y que obligaría a los ciudadanos a preocuparse de la virtud. Porque, si se prescribiese que fuera a cuenta y riesgo suyo como tuviese uno que hacer la mayor parte de las transacciones voluntarias [708] , ni se enriquecerían de manera tan desvergonzada los de la ciudad ni abundarían de tal modo en ella los males semejantes a cuantos hace poco describíamos.
-Muy cierto -dijo.
-Pero, tal como están las cosas -dije yo-, queda expuesto el estado en que, por todas esas razones, mantienen a sus súbditos los gobernantes de la ciudad. Y, en cuanto a ellos y a los suyos, ¿no hacen lujuriosos a los jóvenes e incapaces de trabajar con el cuerpo ni con el alma y perezosos y demasiado blandos para resistir el placero soportar el dolor?
-¿Cómo no?
-¿Y los padres se desentienden de todo lo que no sea el negocio y no se preocupan de la virtud más que los pobres?
-No, en efecto.
-Pues bien, siendo esta su disposición, cuando gobernantes y gobernados coincidan unos con otros er un viaje por tierra o en alguna otra ocasión de encuentro, por ejemplo, en una teoría o expedición en que naveguen y guerreen juntos; o cuando, al contemplarse mutuamente en un momento de peligro, no sean en modo alguno despreciados los pobres por los ricos, sino que muchas veces sea un pobre, seco y tostado por el sol, quien, al formar en la batalla junto a un rico criado a la sombra y cargado de muchas carnes superfluas [709] , le vea jadeante y agobiado, ¿crees acaso que no juzgará el pobre que es sólo por lo cobardes que son ellos mismos por lo que los otros son ricos, y que, cuando se encuentre con los suyos en privado, no se dirán, como una consigna, los unos a los otros: "Nuestros son los hombres, pues no valen nada"?
-Por mi parte -dijo- sé muy bien que eso es lo que hacen.
-Pues bien, así como a un cuerpo valetudinario le basta con recibir un pequeño impulso de fuera para inclinarse hacia la enfermedad [710] , y como a veces nace la disensión en su propio seno incluso sin causa exterior, ¿no le ocurre otro tanto a la ciudad que está lo mismo que aquél, pues basta el menor pretexto para que, llamando unos u otros en su auxilio a aliados exteriores procedentes de ciudades oligárquicas o democráticas [711] , enferme ella y se debata en lucha consigo misma, mientras que a veces se produce la disensión incluso sin necesidad de los de fuera?
-En efecto.
-Nace, pues, la democracia, creo yo, cuando, habiendo vencido los pobres, matan a algunos de sus contrarios, a otros los destierran y a los demás les hacen igualmente partícipes del gobierno y de los cargos, que, por lo regular, suelen cubrirse en este sistema mediante sorteo [712] .
-Sí -dijo-, así es como se establece la democracia, ya por medio de las armas, ya gracias al miedo que hace retirarse a los otros.

XI. -Ahora bien -dije yo-, ¿de qué modo se administran éstos? ¿Qué clase de sistema es ése? Porque es evidente que el hombre que se parezca a él resultará ser democrático.
-Evidente -dijo.
-¿No serán, ante todo, hombres libres y no se llenará la ciudad de libertad y de franqueza y no habrá licencia para hacer lo que a cada uno se le antoje?
-Por lo menos eso dicen -contestó.
-Y, donde hay licencia, es evidente que allí podrá cada cual organizar su particular género de vida en la ciudad del modo que más le agrade.
-Evidente.
-Por tanto este régimen será, creo yo, aquel en que de más clases distintas sean los hombres.
-¿Cómo no?
-Es, pues, posible -dije yo- que sea también el más bello de los sistemas. Del mismo modo que un abigarrado manto en que se combinan todos los colores, así también este régimen, en que se dan toda clase de caracteres, puede parecer el más hermoso. Y tal vez -seguí diciendo-habrá, en efecto, muchos que, al igual de las mujeres y niños que se extasían ante lo abigarrado, juzguen también que no hay régimen más bello.
-En efecto -dijo.
-He aquí -dije yo- una ciudad muy apropiada, ¡oh, mi bendito amigo!, para buscar en ella sistemas políticos.
-¿Por qué?
-Porque, gracias a la licencia reinante, reúne en sí toda clase de constituciones y al que quiera organizar una ciudad, como ahora mismo hacíamos nosotros, es probable que le sea imprescindible dirigirse a un Estado regido democráticamente para elegir en él, como si hubiese llegado a un bazar de sistemas políticos, el género de vida que más le agrade y, una vez elegido, vivir conforme a él.
-Tal vez no sean ejemplos lo que le falte -dijo.
-Y el hecho -dije- de que en esa ciudad no sea obligatorio el gobernar, ni aun para quien sea capaz de hacerlo, ni tampoco el obedecer si uno no quiere, ni guerrear cuando los demás guerrean [713] , ni estar en paz, si no quieres paz, cuando los demás lo están, ni abstenerte de gobernar ni de juzgar, si se te antoja hacerlo, aunque haya una ley que te prohiba gobernar y juzgar, ¿no es esa una práctica maravillosamente agradable a primera vista?
-Quizá lo sea a primera vista -dijo.
-¿Y qué? ¿No es algo admirable la tranquilidad con que lo toman algunas personas juzgadas [714] ? ¿O no has visto nunca en este régimen a hombres que, habiendo sido condenados a muerte o destierro, no por ello dejan de quedarse en la ciudad ni de circular, paseando y haciendo el héroe [715] , por entre la gente, que, fingiendo no verles, hace caso omiso de ellos?
-A muchos -dijo.
-¿Y su espíritu indulgente y nada escrupuloso, sino al contrario, lleno de desprecio hacia aquello tan importante que decíamos nosotros [716] cuando fundamos la ciudad, que, a no estar dotado de una naturaleza excepcional, no podría ser jamás hombre de bien el que no hubiese empezado por jugar de niño entre cosas hermosas para seguir aplicándose más tarde a todo lo semejante a ellas, y la indiferencia magnífica con que, pisoteando todos estos principios, no atiende en modo alguno al género de vida de que proceden los que se ocupan de política, antes bien, le basta para honrar a cualquiera con que éste afirme ser amigo del pueblo?
-Muy generosa ciertamente -dijo.
-Estos, pues -dije-, y otros como éstos son los rasgos que presentará la democracia; y será, según se ve, un régimen placentero, anárquico y vario que concederá indistintamente una especie de igualdad tanto a los que son iguales como a los que no lo son.
-Es muy conocido lo que dices -respondió.

XII. -Considera, pues -dije yo-, qué clase de hombre será el tal en su vida privada. ¿O habrá que investigar primero, del mismo modo que hemos hecho con el gobierno, la manera en que se forma?
-Sí -dijo.
-¿Y no será acaso de esta manera? ¿No habrá, creo yo, un hijo de aquel avaro oligárquico que haya sido educado por su padre en las costumbres de éste?
-¿Cómo no?
-Siendo, pues, también éste dominador por la fuerza de aquellos de entre sus apetitos de placer que acarreen dispendio y no ganancia, es decir, de los que son llamados innecesarios...
-Evidente -dijo.
-Pero ¿quieres -dije yo- que, para no andar a tientas, definamos ante todo qué apetitos son necesarios y cuáles no [717] ?
-Sí que quiero -dijo.
-Pues bien, ¿no se llamaría justamente necesarios a aquellos de que no podemos prescindir, y a cuantos al satisfacerlos nos aprovechan? Porque a estas dos clases de objetos es forzoso que aspire nuestra naturaleza. ¿No es así?
-En efecto.
-Con razón, pues, aplicaremos a éstos la calificación de necesarios.
-Con razón.
-¿Y qué? Aquellos de que puede uno librarse si empieza a procurarlo desde joven y además a la persona en que se dan no le hacen ningún bien, sino a veces lo contrario, de todos esos si dijéramos que eran innecesarios, ¿no lo diríamos acaso con razón?
-Con razón ciertamente.
-¿Tomamos, pues, un ejemplo de cómo son unos y otros para tener una idea general de ellos?
-Sí, es preciso.
-¿No es acaso necesario el deseo de comer alimento y companage en la medida indispensable para la salud y el bienestar?
-Así lo creo.
-Ahora bien, el deseo de alimento es necesario, me parece a mí, por dos razones: porque aprovecha y porque es capaz de poner fin a la vida [718] .
-Sí.
-Y el de companage, en el grado en que resulte de algún provecho para el bienestar corporal.
-Exactamente.
-¿Y el deseo que va más allá que éstos, el de manjares de otra índole que los citados, deseo que puede extinguirse en los más de los hombres cuando ha sido reprimido y educado en la juventud y es nocivo para el cuerpo y nocivo para el alma en lo que toca a la cordura y templanza? ¿No lo consideraríamos con razón como no necesario?
-Con mucha razón.
-¿No llamaremos, pues, dispendiosos a estos deseos y productivos a aquellos otros que son útiles para la producción?
-¿Qué otra cosa llamarlos?
-¿Y diremos lo mismo de los deseos amorosos y de los demás?
-Lo mismo.
-Y aquel a quien hace poco [719] llamábamos zángano, ¿no decíamos acaso que es el hombre entregado a tales placeres y apetitos y gobernado por los deseos innecesarios, mientras que el regido por los necesarios es el hombre ahorrativo y oligárquico?
-¿Cómo no?

XIII. -Pues bien, digamos ahora -seguí- cómo del hombre oligárquico sale el democrático: en mi opinión, en la mayor parte de los casos es del siguiente modo [720] .
-¿Cómo?
-Cuando en su juventud, después de criarse como íbamos diciendo [721] , en la ineducación y la codicia, llega a gustar de la miel de los zánganos y convive con estos ardientes y terribles animales [722] capaces de procurar toda cíase de placeres con variedad de color y de especie, entonces date a pensar que empieza la oligarquía que hay en él a convertirse en democracia.
-Por fuerza -dijo.
-Y así como la ciudad se transformaba [723] al venir un aliado exterior en socorro de uno de los partidos de ella siendo de la misma índole que éste, ¿no ocurre que el adolescente se transforma también si a uno de los géneros de deseos que en él hay le llega de fuera la ayuda de una clase de ellos emparentada y semejante a aquél?
-En un todo.
-Y, a mi ver, si al elemento oligárquico que en él hay le socorre a su vez algún otro aliado, ya sea por parte de su padre, ya de otros deudos que le reprenden y afean la cosa, entonces surgen en él la revolución y la contrarrevolución y la lucha consigo mismo.
-¿Cómo no?
-Y alguna vez, supongo yo, lo democrático cede a lo oligárquico y, de determinados deseos, los unos sucumben y los otros van fuera por haber nacido un cierto pudor en el alma del joven y éste entra de nuevo en regla.
-Así en efecto sucede en ciertas ocasiones -dijo.
-Y a su vez, creo yo, otros deseos de la misma estirpe, nacidos bajo aquellos que fueron ya expulsados, se multiplican y hacen fuertes por la insipiencia de la educación paterna [724] .
-Al menos tal suele ocurrir -replicó.
-Y de ese modo le arrastran a las antiguas compañías y, uniéndose todos los deseos de unos y otros, engendran numerosa descendencia.
-¿Cómo no?
-Y al fin, según pienso, se apoderan de la fortaleza del alma juvenil, dándose cuenta de que está vacía de buenas doctrinas y hábitos y de máximas de verdad, que son los mejores vigilantes y guardianes de la razón en las mentes de los hombres amados por los dioses.
-Los mejores con mucho -dijo.
-Y otras máximas y opiniones falsas, creo yo, y presuntuosas dan el asalto y ocupan, en el alma del tal, el mismo lugar que ocupaban aquéllas.
-Sin ninguna duda -dijo.
-¿Y no es el caso que entonces, retornando a aquellos lotófagos [725] , convive abiertamente con ellos y, si de parte de los deudos viene algún refuerzo al elemento de parquedad que hay en su alma, aquellas máximas arrogantes cierran en él las puertas del alcázar real [726] y ni dejan pasar aquel auxilio ni acogen los consejos que, como embajadores, envían otras personas de más edad, sino que ellas triunfan en la lucha y echan fuera el pudor, desterrándolo ignominiosamente y dándole nombre de simplicidad, arrojan con escarnio la templanza, llamándola falta de hombría, y proscriben la moderación y la medida en los gastos como si fuesen rustiquez y vileza, todo ello con la ayuda de una multitud de superfluos deseos [727] ?
-Bien de cierto.
-Vaciando, pues, de todo aquello el alma de su prisionero y purgándole como a iniciado en grandes misterios, entonces es cuando introducen en él una brillante y gran comitiva en que figuran coronados la insolencia, la indisciplina, el desenfreno y el impudor; y elogian y adulan a éstos, llamando a la insolencia buena educación; a la indisciplina, libertad; al desenfreno, grandeza de ánimo, y al impudor, hombría [728] . ¿No es así -dije- cómo, en su juventud, se torna de su crianza dentro de los deseos necesarios a la libertad y al desate de los placeres innecesarios y sin provecho?
-A la vista está -dijo él.
-Después de esto, según yo creo, el tal sujeto vive gastando tanto en los placeres innecesarios como en los necesarios, ya sea su gasto de dinero, de trabajo o de tiempo; y, si es afortunado y no sigue adelante en su delirio, sino, al hacerse mayor, acoge, pasado lo más fuerte del torbellino, a unos grupos de desterrados [729] y no se entrega del todo a los invasores, entonces vive poniendo igualdad en sus placeres y dando, como al azar, el mando de sí mismo al primero que cae hasta que se sacia y lo da a otro sin desestimar a ninguno, sino nutriéndolos por igual a todos [730]
-Bien seguro.
-Y no da acogida -dije yo- a máxima alguna de verdad ni la deja entrar en su reducto si alguien le dice que son distintos los placeres que traen los deseos justos y dignos y los que responden a los deseos perversos, y que hay que cultivar y estimar los primeros y refrenar y dominar los segundos, sino que a todo esto vuelve la cabeza y dice que todos son iguales y que hay que estimarlos igualmente.
-De cierto -dijo- que eso es lo que hace el que se encuentra en tal situación.
-Y así pasa su vida día por día -dije yo-, condescendiendo con el deseo que le sale al paso, ya embriagado y tocando la flauta, ya bebiendo agua [731] y adelgazando; otras veces haciendo gimnasia; otras, ocioso y despreocupado de todo, y en alguna ocasión, como si dedicara su tiempo a la filosofía. Con frecuencia se da a la política y, saltando a la tribuna, dice y hace lo que le viene a las mientes; y, si en algún caso le dan envidia unos militares, a la milicia va, y si unos banqueros, a la banca. Y no hay orden ni sujeción alguna en su vida, sino que, llamando agradable, libre y feliz a la que lleva, sigue con ella por encima de todo.
-Has recorrido de punta a cabo -dijo- la vida de un hombre igualitario.
-Y pienso -proseguí- que este hombre es muy vario y está repleto de índoles distintas y que él es el lindo y abigarrado semejante a la ciudad de que hablábamos [732] . Y muchos hombres y mujeres envidiarían su vida, que tiene en sí muchos modelos de regímenes políticos y modos de ser.
-Ese es, de cierto -dijo.
-¿Y qué? ¿Quedará el tal varón catalogado al lado de la democracia en la idea de que hay razón para llamarle democrático?
-Quede, en efecto -dijo.

XIV -Nos falta, pues, que tratar -dije yo- del más hermoso régimen político y del hombre más bello [733] , que son la tiranía y el tirano.
-De entero acuerdo -dijo.
-Veamos entonces, mi querido amigo, ¿con qué carácter nace la tiranía? Porque, por lo demás, parece evidente que nace de la transformación de la democracia.
-Evidente.
-¿Y acaso no nacen de un mismo modo la democracia de la oligarquía y la tiranía de la democracia?
-¿Cómo?
-El bien propuesto -dije yo- y por el que fue establecida la oligarquía era la riqueza, ¿no es así?
-Sí.
-Ahora bien, fue el ansia insaciable de esa riqueza y el abandono por ella de todo lo demás lo que perdió a la oligarquía [734] .
-Es verdad-dijo.
-¿Y no es también el ansia de aquello que la democracia define como su propio bien lo que disuelve a ésta?
-¿Y qué es eso que dices que define como tal?
-La libertad -repliqué-. En un Estado gobernado democráticamente oirás decir, creo yo, que ella es lo más hermoso de todo y que, por tanto, sólo allí vale la pena de vivir a quien sea libre por naturaleza.
-En efecto -observó-, estas palabras se repiten con frecuencia.
-¿Pero acaso -y esto es lo que iba a decir ahora- el ansia de esa libertad y la incuria de todo lo demás no hace cambiar a este régimen político y no lo pone en situación de necesitar de la tiranía? -dije yo.
-¿Cómo? -preguntó.
-Pienso que, cuando una ciudad gobernada democráticamente y sedienta de libertad tiene al frente a unos malos escanciadores y se emborracha más allá de lo conveniente con ese licor sin mezcla, entonces castiga a sus gobernantes, si no son totalmente blandos y si no le procuran aquélla en abundancia, tachándolos de malvados y oligárquicos [735] .
-Efectivamente, eso es lo que hacen-dijo.
-Y a quienes se someten a los gobernantes -dije- les injuria como a esclavos voluntarios y hombres de nada; y a los gobernantes que se asemejan a los gobernados y a los gobernados que parecen gobernantes los encomia y honra así en público como en privado. ¿No es, pues, forzoso que en una tal ciudad la libertad se extienda a todo?
-¿Cómo no?
-Y que se filtre la indisciplina, ¡oh, querido amigo!, en los domicilios privados -dije- y que termine por imbuirse hasta en las bestias [736] .
-¿Cómo ha de entenderse eso que dices? -preguntó.
-Pues que el padre -dije- se acostumbra a hacerse igual al hijo y a temer a los hijos, y el hijo a hacerse igual al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores a fin de ser enteramente libre; y el meteco se iguala al ciudadano y el ciudadano al meteco y el forastero ni más ni menos.
-Sí, eso ocurre -dijo.
-Eso y otras pequeñeces por el estilo -dije-: allí el maestro teme a sus discípulos y les adula; los alumnos menosprecian a sus maestros y del mismo modo a sus ayos; y, en general, los jóvenes se equiparan a los mayores y rivalizan con ellos de palabra y de obra, y los ancianos, condescendiendo con los jóvenes, se hinchen de buen humor y de jocosidad, imitando a los muchachos, para no parecerles agrios ni despóticos.
-Así es en un todo -dijo.
-Y el colmo, amigo, de este exceso de libertad en la democracia -dije yo- ocurre en tal ciudad cuando los que han sido comprados con dinero no son menos libres que quienes los han comprado [737] . Y a poco nos olvidamos de decir cuánta igualdad y libertad hay en las mujeres respecto de los hombres y en los hombres respecto de las mujeres.
-Así, pues, según aquello de Esquilo, ¿"diremos cuanto nos vino ahora a la boca [738] "? -preguntó.
-Sin dudarlo -contesté-, y lo que digo es esto: que, por lo que se refiere a las bestias que sirven a los hombres, nadie que no lo haya visto podría creer cuánto más libres son allí que en ninguna otra parte, pues, conforme al refrán [739] , las perras se hacen sencillamente como sus dueñas, y lo mismo los caballos y asnos, que llegan allí a acostumbrarse a andar con toda libertad y empaque, empellando por los caminos a quienquiera que encuentren si no se les cede el paso [740] ; y todo lo demás resulta igualmente henchido de libertad.
-Me estás contando -dijo- mi propio sueño [741] , pues a mí me ha ocurrido eso más de una vez cuando salgo para el campo.
-¿Y conoces -dije- el resultado de todas estas cosas juntas, por causa de las cuales se hace tan delicada el alma de los ciudadanos que, cuando alguien trata de imponerles la más mínima sujeción, se enojan y no la resisten? Y ya sabes, creo yo, que terminan no preocupándose siquiera de las leyes, sean escritas o no, para no tener en modo alguno ningún señor.
-Muy bien que lo sé -contestó.

XV -He aquí, ¡oh, amigo! -dije-, el principio, tan bello y hechicero, de donde, a mi parecer, nace la tiranía.
-Hechicero, en efecto -replicó-; pero ¿qué es lo que viene después?
-Que la misma enfermedad -dije- que, produciéndose en la oligarquía, acabó con ella, esa misma se hace aquí aún más grave y poderosa, a causa de la licencia que hay, y esclaviza a la democracia. Pues en realidad todo exceso en el obrar suele dar un gran cambio en su contrario lo mismo en las estaciones que en las plantas que en los cuerpos y no menos en los regímenes políticos.
-Es natural -dijo.
-La demasiada libertad parece, pues, que no termina en otra cosa sino en un exceso de esclavitud lo mismo para el particular que para la ciudad.
-Así parece, ciertamente.
-Y por lo tanto -proseguí- es natural que la tiranía no pueda establecerse sino arrancando de la democracia; o sea que, a mi parecer, de la extrema libertad sale la mayor y más ruda esclavitud [742]
-Eso es lo natural, en efecto -replicó.
-Pero no era esto lo que preguntabas, según creo -dije-, sino cuál era esa enfermedad que nace en la oligarquía y que es la misma que esclaviza a la democracia.
-Dices verdad -observó.
-Pues bien -dije yo-, me refería al linaje de hombres holgazanes y pródigos: una parte de ellos más varonil, que es la que guía, y otra más cobarde, que le sigue; y los comparábamos con zánganos, los unos provistos de aguijón, los otros sin él.
-Y muy justamente -observó.
-Ésos, pues, al aparecer en cualquier régimen, lo perturban como la mucosidad y la bilis [743] perturban al cuerpo -proseguí-; y es necesario que el buen médico y legislador de la ciudad, no menos que el entendido apicultor, se prevenga de ellos muy de antemano, en primer lugar para que no nazcan y, si llegan a nacer, para arrancarlos lo más pronto posible juntamente con sus panales.
-Sí, ¡por Zeus! -dijo él-, desde luego.
-Vamos ahora -dije- a considerarlo en otro aspecto para que veamos más distintamente lo que queremos ver.
-¿Cómo?
-Dividamos con el pensamiento la ciudad democrática en tres partes, de las que efectivamente está formada en la realidad [744] . Una es, creo yo, el linaje que nace en ella por la misma licencia que allí hay, no menos numeroso que en la ciudad oligárquica.
-Así es.
-Pero resulta mucho más corrosivo que en aquélla.
-¿Cómo así?
-Allá, por no recibir honras, sino más bien ser apartado de los mandos, resulta inexperto y sin poder, pero en la democracia, en cambio, es él quien manda, con pocas excepciones, y su parte más corrosiva es la que habla y obra; el resto, sentado en torno de las tribunas, runfla y no aguanta a quien exponga opinión distinta, de modo que en semejante régimen todo se administra por esta clase de hombres salvo un corto número de los otros [745] .
-Muy de cierto -dijo.
-Pero hay otro grupo que siempre se distingue de la multitud.
-¿Cuáles?
-Buscando todos la ganancia, los que por su índole son más ordenados se hacen generalmente los más ricos.
-Es natural.
-Y de ahí es, si no me equivoco, de donde los zánganos sacan más miel y con mayor facilidad.
-En efecto -dijo-, ¿cómo habrían de sacársela a los que tienen poco?
-Y tales ricos son, a mi ver, los que se llaman hierba de zánganos [746] .
-Eso parece -contestó.

XVI. -El tercer linaje será el del pueblo, esto es, el de aquellos que, viviendo por sus manos o apartados de las actividades públicas, tienen escaso caudal. Y es el linaje más extenso y el más poderoso en la democracia cuando se reúne en asamblea.
-Así es, de cierto -dijo-; pero con frecuencia no quiere hacerlo si no recibe una parte de miel [747] .
-Y la recibe siempre -dije- en la medida en que les es posible a los que mandan el quitar su hacienda a los ricos y repartir algo al pueblo, aunque quedándose ellos con la mayor parte [748] .
-Así es como la recibe, en efecto -dijo.
-Y entonces, creo yo, los que han sufrido el despojo se ven forzados a defenderse hablando ante el pueblo y haciendo cuanto cabe en sus fuerzas.
-¿Cómo no?
-Y, aunque en realidad no quieran cambiar nada, son inculpados por los otros de que traman asechanzas contra el pueblo y de que son oligárquicos [749] .
-¿Qué otra cosa cabe?
-Y así, cuando ven al fin que el pueblo, no por su voluntad, sino por ser ignorante y porque le engañan los calumniadores, trata de hacerles daño, entonces, quiéranlo o no, se hacen de veras oligárquicos y no espontáneamente; antes bien, es el mismo zángano el que, picándoles, produce este mal [750] .
-Así es en un todo.
-Y surgen denuncias, procesos y luchas entre unos y otros.
-En efecto.
-¿Y así el pueblo suele siempre escoger a un determinado individuo y ponerlo al frente de sí mismo [751] mantenerlo y hacer que medre en grandeza?
-Eso suele hacer, en efecto.
-Resulta, pues, evidente -proseguí- que, dondequiera que surge un tirano, es de esta raíz de la jefatura y no de otro lado [752] de donde brota.
-Bien evidente.
-¿Y cuál es el principio de la transformación del jefe en tirano? ¿No es claro que empieza cuando comienza el jefe a hacer aquello de la fábula que se cuenta acerca del templo de Zeus Liceo en Arcadia?
-¿Qué fábula? -preguntó.
-La de que el que gusta de una entraña humana desmenuzada entre otras de otras víctimas, ése fatalmente ha de convertirse en lobo. ¿No has oído ese relato [753] ?
-Sí.
-¿Y así, cuando el jefe del pueblo, contando con una multitud totalmente dócil, no perdona la sangre de su raza, sino que acusando injustamente, como suele ocurrir, lleva a los hombres a los tribunales y se mancha, destruyendo sus vidas y gustando de la sangre de sus hermanos con su boca y lengua impuras, y destierra y mata mientras hace al mismo tiempo insinuaciones sobre rebajas de deudas y repartos de tierras [754] , no es fuerza y fatal destino para tal sujeto el perecer a manos de sus enemigos o hacerse tirano y convertirse de hombre en lobo [755] ?
-Es de toda necesidad -dijo.
-Así viene a resultar -dije- el que se levanta en sedición contra las gentes acaudaladas.
-Así.
-Y cuando, habiendo sido desterrado, vuelve a la patria a pesar de sus enemigos, ¿no llega entonces como tirano consumado [756] ?
-Claro está.
-Y, si son impotentes para echarlo o matarlo poniendo a la ciudad contra él, en ese caso conspiran para darle a escondidas muerte violenta.
-Al menos tal suele ocurrir -dijo.
-Y este es el punto en que todos los que han llegado a esta situación recurren a aquella famosa súplica de los tiranos [757] en que piden al pueblo algunos guardias de corps para que aquél conserve su defensor.
-Muy de cierto -dijo.
-Y los del pueblo se los dan, creo yo, temiendo por él, pero enteramente seguros por lo que toca a ellos mismos.
-Muy de cierto también.
-Y, cuando ve esto el hombre que tiene riquezas y que, por tenerlas, se siente inculpado de ser enemigo del pueblo, entonces es, ¡oh, camarada!, cuando éste, ajustándose al oráculo dado a Creso,

escapa a lo largo del Hermo
pedregoso sin miedo a que alguno le llame cobarde [758] .

-No, en efecto -dijo-, porque no tendría tiempo de avergonzarse segunda vez.
-Y al que es cogido -dijo- bien seguro que se le entrega a la muerte.
-Sin remedio.
-Y es manifiesto que aquel jefe no yace "grande, ocupando un espacio infinito [759] ", sino que, echando abajo a otros muchos, se sienta en el carro de la ciudad consumando su transformación de jefe en tirano.
-¿Cómo podría no ser así? -dijo.

XVII. -¿Repasamos ahora -seguí- la felicidad del hombre y la de la ciudad en que surge un mortal de esa especie?
-Conforme. Hagámoslo así -dijo.
-¿No es cierto -dije- que, en los primeros días y en el primer tiempo, aquél sonríe y saluda a todo el que encuentra a su paso, niega ser tirano, promete muchas cosas en público y en privado, libra de deudas y reparte tierras al pueblo y a los que le rodean y se finge benévolo y manso para con todos?
-Es de rigor -contestó.
-Y pienso que, cuando en sus relaciones con los enemigos de fuera se ha avenido con los unos y ha destruido a los otros yhay tranquilidad por parte de ellos, entonces suscita indefectiblemente algunas guerras para que el pueblo tenga necesidad de un conductor [760] .
-Es natural.
-¿Y para que, pagando impuestos, se hagan pobres y, por verse forzados a atender a sus necesidades cotidianas, conspiren menos contra él [761] ?
-Evidente.
-¿Y también, creo yo, para que, si sospecha de algunos que tienen temple de libertad y no han de dejarle mandar, tenga un pretexto para acabar con ellos entregándoles a los enemigos? ¿No es por todo eso por lo que le es necesario siempre al tirano promover guerras?
-Necesario, en efecto.
-Pero, al obrar así, ¿no se expone a hacerse más y más odioso a los ciudadanos?
-¿Cómo no?
-¿Y no sucede que algunos de los que han ayudado a encumbrarle y cuentan con influencia se atrevan a franquearse ya con él, ya entre sí unos y otros, censurando las cosas que ocurren, por lo menos aquellos que sean más valerosos?
-Es natural.
-Y así el tirano, si es que ha de gobernar, tiene que quitar de en medio a todos éstos hasta que no deje persona alguna de provecho ni entre los amigos ni entre los enemigos.
-Está claro.
-Debe, por tanto, mirar perspicazmente quién es valeroso, quién alentado, quién inteligente y quién rico, y es tal su dicha que por fuerza, quiéralo o no, ha de ser enemigo de todos éstos y conspirar en su contra hasta que depure la ciudad.
-¡Hermosa depuración! -dijo.
-Sí -repliqué-, la opuesta a la que hacen los médicos en el cuerpo: pues éstos, quitando lo peor, dejan lo mejor y aquél hace todo lo contrario [762] .
-Y según parece -dijo- resulta para él una necesidad si es que ha de gobernar.

XVIII. -¡Pues sí que es envidiable -dije- la necesidad a que está sujeto, que le impone el vivir con la muchedumbre de los hombres ruines, siendo además odiado por ellos, o dejar de vivir!
-Tal es ella -dijo.
-¿Y no es cierto que, mientras más odioso se haga a los ciudadanos al obrar así, mayor y más segura será la guardia de hombres armados que necesite?
-¿Cómo no?
-¿Y quiénes serán esos leales? ¿De dónde los sacará?
-Volando -dijo- vendrán por sí mismos en multitud si les da sueldo.
-Me parece, ¡por vida del perro! -exclamé-, que te refieres a otros zánganos, pero extranjeros éstos y procedentes de todas partes [763] .
-Y es verdad lo que te parece -dijo.
-¿Y qué? ¿No querría acaso a los del país...?
-¿Cómo [764] ?
-Quitando los siervos a los ciudadanos y dándoles libertad, hacerlos de su guardia.
-Bien seguro -dijo-, puesto que éstos resultan los más fieles para él.
-¡Pues buena cosa -dije- es la que, según tú, le ocurre al tirano si ha de utilizar a tales personas como amigos y leales servidores después de haber hecho perecer a aquellos otros!
-Y, sin embargo -dijo-, de ellos se sirve.
-¿Y así estos tales compañeros le admiran -dije- y los nuevos ciudadanos [765] forman su sociedad mientras que los que son como deben serle odian yle esquivan?
-¿Cómo no han de hacerlo?
-No sin razón -dije- se tiene a la tragedia en general como algo lleno de sabiduría y, dentro de ella, principalmente a Eurípides [766] .
-¿Por qué así?
-Porque él es quien dejó oír aquel dicho propio de una mente sagaz de que "son sabios los tiranos porque a otros sabios tratan [767] ". Y es claro que, en su entender, los sabios con quienes aquél convive no son otros que los ya mencionados.
-Y elogia a la tiranía -agregó él- como cosa que iguala a los dioses con otras muchas alabanzas [768] ; y esto no sólo él, sino los otros poetas.
-Ahora bien -seguí-, como también son sabios los poetas trágicos, seguro que nos perdonan, a nosotros y a los que siguen una política allegada de la nuestra, el que no les acojamos en nuestra república por ser cantores de la tiranía.
-Pienso -dijo- que nos han de perdonar, por lo menos los que entre ellos sean discretos.
-No obstante ellos van, creo yo, dando vueltas por las otras ciudades, congregando a las multitudes y alquilando voces hermosas, sonoras y persuasivas [769] ; y con ello arrastran los regímenes políticos hacia la tiranía o la democracia.
-Muy de cierto.
-Y además reciben sueldo y honras sobre todo, como es natural, de los tiranos, y en segundo lugar, de la democracia; pero, cuanto más suben hacia la cima de los regímenes políticos, tanto más desfallece su honor como imposibilitado de andar por falta de aliento [770] .
-Así es en un todo.

XIX. -Pero con esto -dije- nos hemos desviado de nuestro camino. Volvamos a hablar del ejército del tirano, de aquel ejército hermoso, grande, multicolor y siempre cambiante, y digamos de dónde sacará para mantenerlo.
-Está claro -dijo- que, si hay tesoros sagrados en la ciudad, los gastará; y mientras le baste el precio de su venta, serán menores los tributos que imponga al pueblo.
-¿Y qué hará cuando falten aquellos recursos?
-Pues no hay duda -contestó-; vivirá de los bienes paternos, así él como sus comensales, sus amigos y sus cortesanas.
-Entendido -dije-: el pueblo que ha engendrado al tirano mantendrá a éste y a sus socios.
-No le quedará más remedio -afirmó.
-¿Cómo lo entiendes? -pregunté-. ¿Y si el pueblo se irrita y dice que no procede que un hijo, en el vigor de su juventud, sea alimentado por su padre, sino al contrario, el padre por el hijo, y que no lo engendró y lo puso en su puesto para que, al hacerse grande, él, el padre, tuviera, esclavo de sus propios esclavos, que mantenerlo, así como a los esclavos mismos y a otros advenedizos, sino para quedar libre, bajo su jefatura, de los ricos y de los que se llaman en la ciudad hombres de pro [771] , y si, en vista de ello, les manda salir de la ciudad a él y a su cohorte como el padre que echa de su casa a un hijo suyo en compañía de sus turbulentos invitados?
-Entonces, ¡por Zeus! -exclamó él-, vendrá a darse cuenta el pueblo de cómo obró y de qué clase de criatura engendró, cuidó e hizo medrar; y de cómo, siendo el más débil, pretende expulsar a otros más fuertes que él.
-¿Cómo lo entiendes? -pregunté-. ¿Se atreverá el tirano a violentar a su padre y aun a pegarle si no se le somete?
-Sí -dijo-, una vez que le haya quitado las armas. -Así -dije yo- llamas parricida al tirano y perverso sustentador de la vejez; y a lo que parece, esto es lo que se conoce universalmente como tiranía. Y el pueblo, huyendo, como suele decirse [772] , del humo de la servidumbre bajo hombres libres, habrá caído en el fuego del poder de los siervos; y en lugar de aquella grande y destemplada libertad viene a dar en la más dura y amarga esclavitud: la esclavitud bajo esclavos.
-Muy de cierto -dijo-; eso es lo que ocurre.
-¿Y qué? -dije-. ¿Nos saldremos de tono si decimos que hemos expuesto convenientemente cómo sale la tiranía de la democracia y cómo es aquélla una vez que nace?
-Bien en un todo lo hemos expuesto -replicó.


Platón - La República


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