martes, 7 de abril de 2009

La educación de la virtud, desde los griegos al siglo XXI


Qué es la virtud, se preguntan los máximos representantes de la Paideia griega, ¿puede ser enseñable? Si esto es posible, ¿cuál ha de ser el mejor método para lograr hacerse y hacer virtuosos a los demás?



¿Cuál ha de ser el arte, le pregunta Sócrates a Protágoras, en el cual habrá de hacerse virtuoso Hipócrates a cada nuevo día, si es que él decide tomarlo como maestro, Protágoras contesta que el arte en el que habrá de volverse virtuoso no sólo Hipócrates, sino todo aquel que sea su discípulo, ese arte es el arte de la política: el conocimiento y manejo adecuado de los asuntos personales, así como el correcto manejo y cumplimiento de las obligaciones que guarda con la Polis y con todos sus conciudadanos, esto es lo que se considera, por parte del sofista, como la virtud suprema, la virtud política que posibilita a todo hombre poder defenderse con destreza en los tribunales y en las esferas del poder del Estado, además de permitirle ser, un ciudadano de comportamiento correcto y con destreza para salir beneficiado en los asuntos económicos. Sócrates, por su parte, y sin dejar de reconocer que la destreza para salir bien librado en los tribunales, es sólo eso y nada más, una destreza, afirma que no puede ser la esfera política la única capaz de ser nombrada como virtud, porque como lo irá haciendo notar Platón, con suma claridad en el trayecto del diálogo, existen otras ideas en las que también se acuerdan que son virtudes.
La virtud política es por lo tanto, concluye en primera instancia Sócrates, una virtud, sí, pero una entre otras tantas virtudes, ya que como se hará notar, el virtuoso en el arte de la política llega a rechazar o renunciar a virtudes como la justicia y la prudencia, para poder parecer más virtuoso políticamente.
Una vez acordado que la virtud es una exaltación humana por la cual el espíritu se manifiesta haciendo mejor al hombre que la posea, Sócrates cuestionará a Protágoras, y con él a toda la democracia ateniense y al movimiento sofístico por igual, el hecho de privilegiar lo verosímil por sobre lo verdadero, de la misma manera en que le cuestionará al sofista de Abderra, el hecho de privilegiar la memoria de los grandes discursos, por sobre la indagación mayéutica del diálogo socrático, así también, Sócrates cuestionará, en el ámbito pedagógico, el privilegio que se tiene por fomentar e impulsar a la memoria que ha de atrapar a los grandes discursos sofísticos tan llenos de recetas para vivir sin penurias, por sobre la indagación analítica del método socrático de filosofar en todo momento y ante toda realidad, logrando con esto tener un alto grado de racionalidad y verdad, en cada decisión por tomar. Sócrates opondrá ante la verosimilitud sofística de Protágoras, la verdad de la cosa que se atrapa en la idea que de la cosa se tiene; la verdad de las cosas está en esa idea que las nombra y que nombra su esencia, lo que ella es.
Por esta razón la verdad socrática no puede existir en un mundo donde el hombre es la medida de todas las cosas, como lo sostiene Protágoras. En Sócrates está, en oposición a esta postura de relatividad gnoseológica de la sofística, una clara decisión por encontrar la verdad de lo que ha de ser la cosa que se quiere conocer. Sócrates también sostendrá, en consonancia con su firme búsqueda de la verdad, y del bien que de ella se desprende, que respecto al conocimiento: es mejor la humildad de la cosecha personal que la abundancia que puede llegar con el conocimiento prestado. El discurso memorizado, método privilegiado por los sofistas, era para Sócrates, como una pieza de museo que estaba ahí, para que cualquier pudiera dar su sentir o su interpretación sobre ella o a propósito de ella; pero con todo y lo hermoso y grandilocuente que el discurso pudiera ser, no dejaba éste de ser una pieza estática, un todo que se sostiene en una inmovilidad perpetua, que sólo se cambia en el momento en que el interés del discursante decide darle otro giro u otra interpretación al mismo discurso. Para Sócrates el dialogo interrogatorio era, para él, el método por privilegiado. El ateniense pensaba que la precisión de los conceptos con los que cada uno de nosotros se ha de ir topando o con los que uno ya debe de contar para emprender la búsqueda de la verdad, además, era fundamental e indispensable, que en cada diálogo indagatorio en pos de la verdad, ambos dialogantes tuvieran una precisión conceptual que les permitiera, a ambos, manejar el mismo discurso y las mismas codificaciones conceptuales.
El grito socrático era a favor de la verdad, del análisis mayéutico y de la virtud como una unidad de lo múltiple. Por lo que respecta a Protágoras, la verosimilitud, la memorización retórica y la multiplicidad sin unidad, eran los sustentos de su discusión.
En este momento del discurso me permito introducir un señalamiento histórico que más adelante retomaremos con mayor detalle. El señalamiento consiste en el debate sostenido, al tiempo en que se realizaba el de Sócrates y Protágoras en el campo de la ética, y de la filosofía de la educación, entre la democracia y la aristocracia por la hegemonía política de la ciudad más importante del Mediterráneo del siglo Va. C. Atenas. El partido demócrata estaba comprendido por todos los integrantes de las comunidades pesqueras, por su parte, el partido aristocrático se constituía con los antiguos terratenientes a los que hace alusión Hesíodo en sus consejos a los campesinos. Luego del doble triunfo ante los persas, Atenas quedó al amparo de dos personalidades de una alta, pero muy alta estima, para cada uno de sus seguidores: Temístocles el General que condujo a los atenienses al triunfo en Salamina y Arístides el “Justo” al que le concedieron la confianza para cuidar el tesoro del triunfo, un equivalente a varios cientos de miles de euros en la actualidad, y que además murió en la pobreza. Al primero lo apoyaba y lo inspiraba la democracia, al segundo su formación aristócrata lo caracterizaba y lo sostenía. Valga decir, para concluir con el señalamiento, que la destreza y la valentía militar, eran las características que distinguían al General demócrata, mientras que era el alto sentido de la justicia y del bienestar de la comunidad, lo que le daba al “Justo”, su alta distinción histórica.
Concluida la anotación histórica, digamos que el diálogo del Protágoras es, sin lugar a dudas, la obra maestra de los llamados diálogos de la juventud platónica. En él, Platón revisará lo que fuera el problema central del siglo V en Atenas, la virtud y la viabilidad de ser enseñable: “…la virtud y su posibilidad de ser enseñable, son para Grecia, desde Homero hasta los estoicos, motivo de gran preocupación y de intensa y muy brillante ocupación, así mismo, estos temas son, para toda la obra de Platón, y en especial para el Protágoras, el eje y la sustancia de su existencia como lo que es: una verdadera obra de arte, de profundo sustento filosófico.”
Qué es la virtud, se preguntan los máximos representantes de la Paideia griega, ¿puede ser enseñable? Si esto es posible, ¿cuál ha de ser el mejor método para lograr hacerse y hacer virtuosos a los demás? Es importante en este momento hacer un nuevo alto, para recorrer, en esta ocasión, en la brevedad, la importancia histórica y pedagógica del encuentro del que nos da cuenta Platón.
Cuando Protágoras llega a Atenas, alrededor de la cuarta o quinta década del siglo V, invitado por Pericles, esta ciudad, Atenas, ya ha visto nacer entre su pueblo gran parte de lo que hasta nuestros días conocemos como cultura clásica, la cual es el sustento y ejemplo de lo que actualmente conocemos como el mundo Occidental. Sin contar a Homero, a Hesíodo y a Píndaro, que remontan a siglos su existencia con la fecha que nos interesa, podemos citar los trabajos de Esquilo y los de Sófocles, así como lo hecho por Heródoto, o lo realizado por Fidias en el arte de la escultura. Mención aparte requieren las creaciones, que sin ser de nacidos en Atenas, vivían y creaban en esta ciudad y para sus ciudadanos, el caso de algunos de los llamados filósofos presocráticos, es el ejemplo de mayor distinción.
Al llegar Protágoras a una ciudad como Atenas, que tiene una enorme inquietud por parte de muchos de sus ciudadanos, por saber cada vez más, era obvio que esa ciudad se le presentara como una tierra fértil para sembrar; estos mismos atenienses interesados en el conocimiento, suelen, en el momento en que Protágoras los contacta, estar acostumbrados a tener contacto y trato con mentalidades mucho muy lúcidas y creativas; visto así, podemos entender que estos atenienses representaban para Protágoras, por un lado, un mercado mucho muy amplio para impartir sus clases y con ello alcanzar altos logros económicos, pero por otro lado, también representaba una dura prueba para sostener su identidad intelectual, y para persuadir que su diagnóstico y medicación de los problemas del mundo es el más apropiado.
El debate del Protágoras, valga decir, sin tener existencia histórica, ha representado, a partir del momento en que Platón lo plasma con sus personajes, uno de los debates medulares de toda la cultura Occidental, con la que todos los asistentes, me atrevo a afirmar, tenemos más o menos ancladas las raíces de nuestra concepción del mundo. Todos los debates que a partir de esta obra se han venido dando en la ética y en la Filosofía de la Educación, tienen más o menos relación temática y valorativa con la obra de Platón.
Qué es la virtud y cómo debe ser el hombre virtuoso, así como también, cuál es la paideia que nos ayudará a formar verdaderos hombres virtuosos, son sin lugar a dudas las preguntas en que se fundamenta y discurre el Protágoras, y son también las preguntas, que hoy en día, y sin dejar también lugar a dudas, nos deben de ocupar, con singular interés y con un inquebrantable ánimo.
Quizás pueda parecer lo anterior, una afirmación fuera de tono o de lugar, pero es precisamente la segunda parte de este trabajo, que en no más de tres renglones comenzará, la que se encargará de mostrar algunos elementos por los que afirmo que hoy más que nunca nos urge ocuparnos de la formación ética de los hombres, al igual que debemos hacerlo de los fines educativos que perseguimos con nuestras políticas educativas.
Iniciemos por decir que en el calendario cristiano, este VII simposium sobre liderazgo que organiza nuestra Universidad, se lleva a cabo en el sexto año del siglo XXI de la era cristiana; en lo que respecta al calendario de una mucho muy vasta cantidad de pensadores de las más variadas formaciones, este simposium estaría llevándose a cabo en el décimo sexto año de la globalización. La explicación de lo anterior me permitirá entrar de lleno al sustento de mi afirmación a propósito de la necesaria urgencia que tenemos de multiplicar, intensificar, redirigir y sustentar presupuestariamente nuestros esfuerzos a favor de la educación, apreciada y valorada no sólo como un medio, sino también como un fin en sí misma, como el más apreciado de todos los fines humanos.
En el año 1989, la caída de “Muro de Berlín”, representó para una gran cantidad y diversidad de pensadores, como ya lo hemos dicho, el fin de una época. Algunos pensadores de formación marxista como Octavio Ianni y Samir Amin, establecieron esta fecha como el fin del poderío norteamericano de la posguerra y de la guerra fría; otros como Wallerstein, afirmaron por su parte que el fin marcado con la reunión de los Estados alemanes, especificaba el fin de una época que había iniciado con el triunfo de la revolución francesa. Ya sea el fin del poderío político de los Estados Unidos o el fin de la filosofía liberal, una y otra, a su modo, guardan una muy íntima relación con el capitalismo y con el propósito de nuestra participación en esta mesa.
El inicio de la década de los noventas, trajo consigo, la transformación topográfica de la política entre los Estados Nación. Las relaciones de poder y los esquemas geopolíticos que el fin de la segunda guerra mundial había engendrado, y de cuya maduración era producto la guerra fría y sus miles y miles y miles de millones de dólares aplicados al terror nuclear, al terminar la década de los ochentas se habían transformado por completo, con el derrumbamiento del imperio soviético y con la pulverización del “Muro de Berlín”. Con el desmantelamiento de la fingida fortaleza económica del bloque socialista, los teóricos del capitalismo tuvieron motivos y tiempo, para sentarse a escribir el fin de la historia. Es necesario citar, una vez más, a Fukuyama y la sospechosa victoria de la “burguesía liberal” que él tuvo a bien en pregonar; a decir de este ex funcionario de la Casa Blanca, las pretensiones del liberalismo burgués se habían consumado al quedar de manifiesto que la economía capitalista era la única capaz de generarle el mayor y mejor bienestar social a los hombres.
Es evidente, a veinte años de su publicación, que lo dicho por Fukuyama, está muy lejos de tener un sustento y una consonancia con la realidad del setenta y cinco por ciento de la población mundial. Fukuyama asegurará que el llamado de la nueva época es el de la mundialización de la economía, consiguiéndose así, alcanzar el ideal liberal burgués sustentado en la mayor ganancia y libertad para el individuo, por sobre el interés del Estado. En un mundo sin barreras económicas, ni contrincantes políticos o militares de por medio, el imperio capitalista de la ganancia no tendría, pareciera que eso quiso decirnos Fukuyama, más que extender sus manos para adueñarse de lo que ya le era propio: el mundo. Valga decir como epíteto de esta afirmación, que en la aventurada ligeres de su entusiasmo profético, se esconde el olvido criminal, de la extrema miseria e ignorancia de por lo menos la mitad del mundo, hecho que, de paso sea dicho, no podemos dejar de tener presente si queremos interpretar correctamente la afirmación del ex funcionario norteamericano Francis Fukuyama.
Al terminar la segunda guerra, en el reacomodo Occidental del mundo, los centros de poder económico, militar, productivos y de política exterior pasaron de Inglaterra, a los Estados Unidos.. La ONU y la OTAN, desde la diplomacia y desde las guerras respectivamente, pasaron a ser los nuevos instrumentos de control y sometimiento con el que contaba el nuevo eje del poder. Con un consejo de seguridad permanente muy sospechoso, la ONU, reglamentó e instituyó los nuevos criterios de justicia, y con ello instrumentó las nuevas relaciones de poder en el concierto mundial.
Luego de treinta y cinco años de hegemonía mundial, alternada, los cambios ejecutados en la política de la Unión Soviética al inicio de la década de los ochentas, trajo consigo el desnudamiento de la frágil e incapaz economía de los Estados socialistas, para poder cumplir con el fundamento de todo Estado: el bienestar social. La dictadura partidista del Kremlin, desde Estanlin, se alejó de las conclusiones marxistas a propósito del valor y del papel de la dictadura proletaria, en el tránsito hacia el Estado Socialista. Contrario a ese sentido de tránsito que Marx le había concedido, la dictadura del partido soviético, se anquilosó en el poder, y del sentido de tránsito que se le asignaba, pasó a dominar el escenario por más de tres décadas en las cuales encausó sus políticas económicas tomando como prioridad: el atrincheramiento y la demencial carrera militar, con el discurso de la defensa de la Revolución y de las fronteras; otra de sus prioridades fue el conocimiento del espacio, sustentado esto en el impulso a la ciencia y a la tecnología; otra prioridad sustantiva en la política económica del poder soviético fue el impulso y la exportación de la revolución, bajo la premisa de salvar a los proletarios del mundo.
En este combate sostenido bajo el discurso del temor, del espionaje, de la impenetrabilidad y la amenaza nuclear, al Estado soviético se le olvidó invertir en y a favor del bienestar social de todos los individuos y no en sólo unos cuantos; la intromisión absoluta en todos los procesos y en todas las estructuras de la realidad, por parte del Estado, trajo consigo un monopolio de todas las actividades productivas y con ello la miseria crónica puesta al desnudo por la Perestroika, marcando con ello el inicio del fin de la Guerra Fría, hecho consumado con la caída del Muro de Berlín.
La mano secreta de la que había hecho mención Smith como organizadora y armonizadora del mercado, había mostrado ser mucho más eficiente para conservar y consolidar la economía, que lo que lo pudo ser el Estado omnipotente del socialismo. Bajo esta circunstancia que se miró venir desde el inicio mismo de la década de los ochentas, los gobiernos norteamericano e inglés, lanzaron la consigna de globalizar economizar al mundo a partir de integrar una economía mundial que pudiera derribar las restricciones arancelarias que hacían incosteable la exportación, y por ende, de la apropiación de nuevos mercados. La propuesta de la globalización, propuesta económica, requería de condiciones que le permitieran la existencia y la expansión, de aquí se desprende la invasión de la globalización, en los campos jurídicos, políticos y culturales de cada Estado en el que se hace presente.
En esta nueva propuesta de relación productiva y de consumo sin fronteras, el mundo necesitaba una nueva estructura jurídica y territorial que permitiera el desplante y el traslado de los grandes capitales de los otrora colonizadores, hacia esos otros centros de producción y consumo, en donde pudiera fertilizar y reproducirse la ganancia sin medida y sin restricción alguna.
La comunicación jugó, y juega, un papel determinante en esta consecución del nuevo fin del capitalismo de la globalización. Extender el conocimiento y el control que sobre todo un pueblo se puede tener, ha sido siempre el ideal a seguir por parte de los pueblos colonizadores, de la misma forma en que lo es para todas las dictaduras fascistas.
El desmedido desenfreno bélico de la guerra fría, trajo consigo, y gracias a una enorme presupuesto otorgado por durante varias décadas, un cúmulo de avances en el ámbito de las telecomunicaciones y el ciberespacio, así como también, en el mundo de la genética y sus correlaciones en la generación de poder. Con un mundo conectado a través de redes de comunicación, en donde el tiempo del contacto se iguala con el tiempo real, la propuesta globalizadora, encontró tierra fértil para sembrar, a través y por medio de estas redes, un prototipo de hombre cuyas características biosociales y cuyas finalidades existenciales, cumplían a la perfección con los requisitos que el libre mercado y la ganancia, necesitaban para mantenerse como los ejes hegemónicos de la dirección económica y cultural del nuevo milenio, la nueva “mitología económica” de la tecnocracia, como la llama Ralston, se apropiaba del mundo. “La tecnocracia ha desarrollado una tesis, que ahora domina nuestra sociedad, según la cual administrar equivale a hacer, en el mismo sentido en que hacer es equivalente a realizar. Han basado esta argumentación en una nueva mitología económica. Que, a su vez, depende de cosas tales como la glorificación de la economía de servicios, una legitimación de la especulación financiera y la canonización de la nueva tecnología de las comunicaciones.”
Llegó entonces el hombre del GYM, el de la terapia y el de la consulta astrológica por minuto; el hombre de la prisa y el del amor en línea, el de sexo y comida rápida, el constructor en serie, el consumidor internacionalista, el técnico especializado, el lector de los nuevos oráculos.
En el ámbito de los medios, la era satelital impuso su hegemonía mostrándose como la tecnología de punta que posibilitó las grandes redes de espionaje y de rastreo de riquezas a nivel planetario; con las redes satelitales, gran parte de los individuos del mundo, pudieron entretenerse globalmente, al tiempo en que el mundo en sí, pudo ser conocido como jamás nadie lo había y no lo ha conocido, fuera de las fronteras de Europa y el Norte de América. Las mujeres y los varones globalizaron y vieron globalizar sus comportamientos y sus conductas, sus fervores y sus añoranzas, todos se vieron así mismo como copia perfecta de otra realidad fuera de la propia.
En lo que respecta a la Educación, que es nuestro centro de problematización, el problema se condujo por los caminos trazados por la producción. Un mundo con alcances de consumo mundial, exigía un mundo educado para producir a escala mundial; pero el traslado de la tecnología de punta a los puntos periféricos, exigía capacitación y suficientes técnicos y servidores bien adiestrados, para cumplir la función honorífica de atender a la invasión del capital. Esta invasión llegó con sus fuentes de empleo, con la uniformidad de su imagen corporativa, con el eco repetitivo, y en muchas veces chillante, en la moda, en el habla, en la diversión y hasta en las formas de morir; la globalización también llegó con su gesto imperialista de intolerancia y abuso, y con su criminal pretensión de sembrar la ignorancia funcional que hace a la mano de obra mucho más eficiente y redituable.
El final de la década de los ochentas representó, para nuestro país, el espacio temporal en el que las propuestas transformadoras del fin de nuestra educación media superior y superior, se dieron a conocer en calidad de fines nobles, productivos y de primer mundo. Recordemos, en esa nuestra historia reciente, al movimiento estudiantil universitario dirigido y representado por el “CEU” –Consejo Estudiantil Universitario-; este movimiento si bien surgió a partir de las propuestas de reforma que el Rector Jorge Carpizo había hecho para lo correspondiente a las cuotas de pago y el pase automático; también es cierto y se debe hacer notar, que ese movimiento, tomó como de su competencia y de su atención, las primeras declaraciones neoliberalistas a propósito de la educación, emitidas por el entonces Presidente de la República Miguel de la Madrid, bástenos revisar las declaraciones sobre la conveniencia de crear centros educativos que contuvieran las nuevas carreras que exigía la nueva condición, por venir, de nuestro país y del mundo: la de ser parte de un mundo económica y culturalmente globalizado.
El CEU fue una respuesta abierta y contundente ante la arrogancia de los tecnócratas, que miraban y contabilizaban el futuro de las universidades y de la educación en general, bajo una premisa casi elemental: bien educar para adiestrar con calidad a la nueva mano de obra de la globalización; el diálogo sostenido por diez representantes del CEU, ante diez representantes de las autoridades, así como las constantes declaraciones de los funcionarios universitarios a favor del adelgazamiento presupuestal de las universidades públicas, evidenció las pretensiones políticas que desde la presidencia, como portavoz del discurso neoliberal, se decretaban para el futuro de las universidades públicas; estas políticas se caracterizaban por reducir el ya de por sí paupérrimo presupuesto a las universidades, al tiempo en que se contemplaba la idea de crear centros tecnológicos universitarios y fortalecer, aún más, la carga tecnológica en los bachilleratos a expensas de reducírselo a la parte humanística. Comentario aparte merece el señalar que dentro de esa reducción presupuestal, dentro de las coordinaciones o los departamentos de cada una de las universidades, se contemplaba una máxima reducción para los presupuestos a las humanidades en especial.
A veinte años de lo sucedido en el movimiento universitario, hoy estamos siendo la realidad que dijeron que no iban a hacer, y somos los ciudadanos que por mucho tiempo dijeron que no iban a construir. A veinte años del surgimiento del llamado neoliberalismo, hoy podemos decir, que nuestra educación es, primordialmente, una educación pensada en términos sofísticos, de ser un medio posibilitador de un ingreso económico que nos permita un poder de adquisición, de estatus y político.
Hoy en día podemos comprobar, con el más mínimo de los sondeos, que nuestra educación, con sus logros tecnológicos, no es vista más que como un instrumento o como una herramienta; en consonancia con lo que sucede con nuestra educación básica oficial, en el ámbito universitario la situación no parece variar mucho, respecto al sentido utilitario que se le concede al proceso educativo; de nadie que esté medianamente enterado del tema, le es ajeno ni sorprendente el hecho de que el crecimiento de las universidades siempre tiene como eje directriz, las necesidades de la producción de la ciudad donde se asienta.
Es importante hacer notar que no se pretende contemplar lo anterior, lo referente a la educación tecnológica, desde el idealismo que sólo encuentra en el espíritu el único fin de toda valoración humana y que en consecuencia encuentra a la educación tecnológica como un mero adiestramiento para la producción; también es importante dejar en claro, aparte de lo antes dicho y con base en ello, que se conoce y se estima en su justa medida el aporte valorativo de la educación básica, sin dejar de considerar que en los términos de la realidad no numérica, los resultados no dejan de ser alarmantes y peligrosos; de esta misma forma, se valora el crecimiento de la matrícula de los bachilleratos y el afán por darle a los jóvenes un valor para la producción, todo esto, sin dejar de lado, el señalamiento que nos debe de merecer, las carencias metodológicas, analíticas, escriturales, históricas y humanísticas con las que ingresan a la universidad, la gran mayoría de nuestros alumnos de bachillerato.
Nuestro interés y nuestro afán, está en el hecho de demostrar que la educación es un fin en sí mismo y no sólo un instrumento como lo enseñaron los sofistas, y que es a través de ese fin, por el que el hombre se va dando perfil y rumbo como humanidad. En consonancia con esto, nuestro interés está en resaltar la necesidad que tenemos de una educación que encuentre en la virtud socrática de la verdad y en el bien platónico su fin último, una virtud concebida como la unidad inquebrantable de esas otras virtudes que unidas construyen a la virtud.
Creemos que áreas de conocimiento como la historia, la filosofía, la literatura, la política y el derecho, deberían de tener un mayor peso específico dentro de la formación académica de todo estudiante, desde su bachillerato y durante toda su formación profesional y de postgrado, ya que estas áreas de conocimiento, son las posibilitadoras de unificar el sentido y el fin de todo el proceso educativo.
Hablar de una educación humanística en los tiempos en los que se ha globalizado la producción, y en los tiempos de la virtualidad de los valores humanos, es, bien lo sé, algo que puede parecer cansado, retrógrada e inútil para los intereses de aquellos que hoy en el país dictan las políticas educativas y que reducen los presupuestos a los departamentos de humanidades de todas las universidades del país, además de desalentar, también presupuestariamente, el interés por los proyectos de investigación en los campos de la ética, la gnoseología y la metafísica; esto es algo que bien sabemos, a partir de estarlo viviendo, sin embargo, seguimos en la convicción de que una educación que se proponga formar líderes, deberá proveerlos, a éstos, de una identidad muy sólida y de una finalidad muy bien definida. Si el propósito es hacer hombres que destaquen por los sustentos de su educación, debe ser necesario, entonces, para conseguir ese objetivo, incluir dentro de la carga académica de su formación, un conjunto mínimo de materias del ámbito humanístico, que le permitan al futuro líder, conocer el contexto histórico en el que se encuentra y desde el cual se descubre como una existencia social, así como también, le permitan descubrir el verdadero fin de su formación universitaria.
Sabemos también, para concluir, que además de todo lo dicho, existen una serie de cuestiones que dentro de la estructura y la funcionalidad de nuestra educación tendrían que modificarse para contribuir en el cambio que nos permita salir de este ya lastimoso mareo educativo al que nos han condenado en aras del desarrollo. La dimensión del problema aquí tratado, le da su justa dimensión a este discurrir, haciéndolo latente sólo como una propuesta para seguir adentrándonos con el mismo o con mucho más ánimo, en la temática de la educación y en el tipo de hombres que queremos formar.
Pese a todo este conocimiento, seguimos en el afán de demostrar que la virtud, como el conjunto de las cualidades humanas puestas en su más alta expresión, debe ser el fin último de nuestra educación; seguimos pensando que con la formación filosófica le daremos a los alumnos el sentido de trascendencia que desbordar la inmediatez de la educación adiestradora, también pensamos que con una formación literaria sólida, podremos nutrirlos metodológicamente, y con la contextualidad cultural que nos ofrece la historia, les daremos la dimensionalidad histórica del suceder de la humanidad.
Quizás quepa preguntarle al Estado, para finalizar de una buena vez, así como Sócrates lo hiciera con Protágoras: ¿cuál ha de ser el arte en el que los hombres se harán virtuosos si es que deciden convertirse en sus discípulos?


LICENCIADO MARTÍN LÓPEZ FLORES. CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD MUNDIAL CAMPUS LA PAZ


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